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Culiacán en llamas y el Estado inerte OPINIÓN

Arturo Santamaría Gómez
19/10/2019 | 04:00 AM

santamar24@hotmail.com

 

Nuevamente Culiacán, el pesebre del narcotráfico mexicano, convertido desde hace varios años en el epicentro del narco global, muestra al mundo hasta dónde puede llegar el poder del crimen organizado.

Podemos aceptar que la estrategia que ha propuesto el Presidente López Obrador es equivocada, la cual nace de una interpretación del Estado que rompe con todo lo escrito y dicho por todos los clásicos y los grandes estadistas. Cuando Hobbes, el primer gran estudioso del Estado moderno, establece que el poder político, el Leviatán, debe ser la máxima expresión de fuerza, y eventualmente de violencia- legítima añadiría posteriormente Max Weber- de la sociedad, lo dice porque la historia ha demostrado fehacientemente que si no es así, entonces, “el hombre (se convierte) en el lobo del hombre”; es decir, los grupos humanos se devorarían entre sí. Los individuos y/o los grupos humanos sin árbitro, así se incline marcadamente a favor de una clase o de un sector de clase, como siempre ha sucedido en México y en la mayoría de las sociedades, la sociedad pasa al estado de barbarie.

El Estado, el poder político, para ser funcional a largo plazo debe gobernar por consenso, debe gozar de respaldo ciudadano mínimo y de una aceptación cultural básica de sus principios jurídicos, ideológicos y sociales por parte de la población. Pero cuando se debilita la acción política y jurídica, y se tiene legitimidad, debe recurrirse al uso de la violencia contra los grupos que lo desafían. Esto es elemental, es el abc del poder.

Andrés Manuel López Obrador prácticamente ha renunciado a eso. Y no es que él desaparezca las instituciones policiales y militares sino que simplemente les exige que no recurran a las armas para enfrentar a los delincuentes. El gran problema es que “los adversarios” sí hacen uso de las armas. Saben que la violencia no puede quedar en el vacío, que alguien, o sea, ellos, la tiene que poseer para defender sus intereses. Si el Estado renuncia al uso de la violencia ellos no. La delincuencia organizada sabe que no puede abdicar de la violencia porque esta es su principal vehículo de poder, y por eso la usa sistemáticamente. Y no tan solo no renuncia a ella sino que incrementa su uso tanto contra los grupos delictivos rivales como contra las fuerzas del Estado.

Esto significa que si el narco ya tenía un inmenso poder en vastas regiones del País, ante el repliegue del Estado lo está incrementando. El episodio del jueves 17 de octubre -una nueva fecha negra en la historia sinaloense- en Culiacán lo ha demostrado.

Ni siquiera cuando apresaron por última vez a “El Chapo” Guzmán, el Cártel de Sinaloa o por lo menos la división de los hijos del Capo, había reaccionado con tal lujo de violencia y movilización de fuerzas. ¿Qué sucedió? ¿Desplegaron sus tropas de tal manera porque ven a un Estado que no responde con fuerza, que está maniatado, débil? ¿Se dieron cuenta que otros cárteles, mucho más pequeños, tanto en Michoacán como en Guerrero pusieron a las fuerzas del Estado contra la pared; que lo pueden atacar sin que haya una respuesta mayor? ¿O todo fue una trampa, como ya se maneja mucho en las redes favorables a la 4T, de fuerzas políticas opositoras, para debilitar la presencia política y la estrategia de AMLO? ¿Hay toda una campaña para desestabilizar a la 4T donde los capítulos más visibles son hasta ahora Michoacán, Guerrero y Sinaloa?

¿Cuál es la realidad? Por lo pronto, el propio AMLO declaró que él ordenó que se liberara a Ovidio Guzmán López para evitar más violencia; es decir, el Presidente continuó con su estrategia de no enfrentar con el uso de la fuerza al crimen organizado. Lo cual dice él, sus críticos “conservadores” aun no terminan de entender.

En efecto, ni la declaración de guerra de Felipe Calderón contra el narco, ni la estrategia de detener a grandes capos de Peña Nieto, ni la estrategia de otros presidentes de llegar a acuerdos con un cártel, o de protegerlo, para combatir a otros han funcionado; nada ha funcionado para al menos disminuir el poderío colectivo del crimen organizado. Nada, porque el narco sigue creciendo y extendiéndose a todo el territorio nacional y a otras regiones del globo. Por lo tanto, AMLO, al margen de su muy particular visión cristiano-pacifista-desarrollista para enfrentar a la delincuencia, tampoco podrá impedir la acumulación de poder criminal.

Y no pueden detenerlo porque ningún Estado ha derrotado al crimen organizado. Sí lo han podido disminuir o acotar, como el colombiano lo hizo con Pablo Escobar, como los soviéticos lo hicieron con su mafia, aunque ahora en Rusia han crecido enormemente. Los italianos y los estadounidenses debilitaron a la mafia pero nunca la desaparecieron. Ni el gigantesco y opresivo poder chino ha extinguido a las organizaciones criminales de su territorio. Menos lo ha hecho el Estado mexicano que se corrompió hasta la médula y en muchos momentos y regiones se asoció con el crimen organizado.

¿No hay salida? Sí, aunque escandalice a muchos, y parezca cantaleta simplona: lo único realista es la legalización general de la producción, comercialización y consumo de drogas, regulados por el Estado. Mientras eso no suceda, al margen de cualquier política punitiva o no de gobierno que se adopte, el crimen organizado seguirá acrecentando su poder y, por lo tanto, la violencia no cesará.

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