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El muerto y el homicida Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
09/09/2018 | 03:00 AM
‘La exhibición pública y la ‘caída de peces gordos’, no ha significado la disminución de la corrupción, sino todo lo contrario, pues cada día se vuelve más sofisticada, más ‘legal’...’
 
 
 
Mauricio Merino vino a Mazatlán a instalar el primero de once foros regionales del Programa Nacional Anticorrupción e invitó a la participación ciudadana en la lucha contra este flagelo de la vida pública y para ello animó a cambiar el actual paradigma institucional que domina nuestro imaginario colectivo.
 
Se trata, dijo, de ir más allá de la simple búsqueda del muerto para ir por el homicida. Claro, esta figura metafórica busca salir de la idea instalada por los medios de comunicación de que la lucha contra la corrupción significa la detención del “corrupto de la semana”, llámese César Duarte o Emilio Lozoya, para ir por el homicida que es la maquinaria que está provocando la corrupción permanente por encima y muy a pesar de emblemas partidarios.
 
No le falta razón a nuestro amigo y colega instalado en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), desde donde da una batalla junto con Jaime Hernández Colorado, para que el mundo académico ofrezca instrumentos eficaces en este combate y para ello impulsan paralelamente al debate sobre el Sistema Nacional Anticorrupción, el Programa de Investigación de Rendición de Cuentas (PIRC), que agrupa a académicos y grupos de investigación en las 32 entidades federativas.
 
En Sinaloa se nos invitó hace dos años al doctor Ezequiel Avilés, destacado investigador de la Universidad Autónoma de Durango y a quien esto escribe, al que se distinguió como parte del Comité Técnico del PIRC, que hoy es el programa de investigación nacional más ambicioso en el campo de las ciencias sociales y por ello es financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).  
 
Mauricio Merino es un académico de figuras literarias. Es una especie rara en el mundo de la ciencia política y esa cualidad le merece el reconocimiento de propios y extraños. Lo recuerdo cuando a principios de los años 90s coincidimos en el Doctorado en Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid y las tertulias inevitablemente nos remitía a los problemas del cambio político en nuestro país. 
 
Su pasión por la especialidad politológica en aquel entonces lo registró en un libro que lleva por título y que me tocaría presentarlo: Fuera del centro que había publicado la Universidad Veracruzana, donde analizaba los procesos de cambio político que se estaban llevando a cabo en la provincia mexicana y que habían cristalizado en las primeras alternancias locales. 
 
La distribución del poder había cambiado paulatinamente y sentaba las bases de lo que habría de ocurrir en el 2000 con el triunfo de Vicente Fox y en alguna medida lo que hoy mismo estamos viviendo con el desplazamiento del voto. 
 
Tuvimos la feliz coincidencia de que nos asesorara la tesis doctoral, quien en aquellos ayeres era considerado el ideólogo del PSOE, un sociólogo político singularmente generoso con todos los estudiantes mexicanos dedicados a la sociología y la ciencia política, Ludolfo Paramio, quien con su exigencia y rigor obligaba a hacer buenos trabajos de tesis.
 
Mauricio, a su regreso a México, continuó los estudios electorales iniciados en Madrid, lo que por su dedicación y visibilidad mediática lo llevó a ocupar un lugar en el Consejo General del IFE donde tuvo un desempeño destacado al lado de figuras como la de José Woldenberg, Jacqueline Peschard, Jesús Cantú, Jaime Cárdenas, Alonso Lujambio (QUEPD)... Cuando concluye su periodo en el instituto electoral fue considerado para presidir el máximo órgano electoral, sin embargo, los consensos se inclinaron a favor de Luis Carlos Ugalde, quien llegó gracias al apoyo que le brindó la entonces todopoderosa Elba Esther Gordillo con los resultados conocidos de 2006. 
 
Regresó al CIDE donde el tema de los órganos autónomos lo sedujeron, especialmente el relativo a la transparencia y la rendición de cuentas. La corrupción en la función pública lo adoptó como una suerte de apostolado académico que se tradujo en libros, decenas de artículos en el periódico El Universal y se volvió una referencia obligada en los medios de comunicación hoy en Televisa. Pocos académicos de la ciencia política han alcanzado esa visibilidad y es una voz autorizada para tratar los temas de fondo del hoy Sistema Nacional Anticorrupción.
 
Las prisas y la animosidad existente en nuestra vida pública sobre los sonados casos de corrupción en la función pública ha llevado a que cada Presidente tenga sus propios corruptos VIP. Que con Peña Nieto llevaron a la cárcel a Elba Esther Gordillo y a varios ex gobernadores como la constatación oficial de que en México la corrupción se castiga así sea entre miembros del partido gobernante.
 
Sin embargo, esto que alimenta la opinión pública y ha atizado el rencor social, es lo que Merino llama el muerto, y por necesidad todos los días, hay uno nuevo para responder a la demanda de castigo de los ciudadanos que el pasado 2 de julio escaló hasta dar finalmente el triunfo a López Obrador. 
 
O acaso, ¿el tsunami electoral no tiene su explicación en el hartazgo social que provocó la exhibición pública de casos notorios de corrupción política empezando por la Casa Blanca que mostró que el flagelo corrupto del tráfico de influencias había escalado hasta la familia presidencial?
 
Sin embargo, la exhibición pública y la “caída de peces gordos”, no ha significado la disminución de la corrupción, sino todo lo contrario, pues cada día se vuelve más sofisticada, más “legal”, y en el mejor de los casos, lo que tenemos es una contribución a lo que Vargas Llosa llama la “sociedad del espectáculo”.
 
Sí, claro, esa tendencia alimentada por los grandes medios de comunicación de convertir un vulgar robo al erario público en una narrativa espectacular donde lo que menos interesa es el fondo, el castigo del infractor, sino la recreación simple y llana del delito como sucede en los llamados “talk show”, donde se explota la intimidad de los participantes en un juego maniqueo donde hay ganadores y perdedores.
 
Entonces, si tenemos un sistema que no es eficaz a la hora de prever el delito en la esfera pública y procesar bien a los funcionarios a quienes delinquen y se llevan grandes fortunas públicas, algo debe estar fallando en perjuicio de las instituciones.
 
Y ese alguien es el homicida, es decir, el entramado que pasa por encima de todas las instituciones que tienen responsabilidad en la lucha contra la corrupción. Sean los ministerios públicos, las auditorías federal o estatales y un largo etcétera de instituciones públicas. Que hoy se hacen visibles en el Sistema Nacional Anticorrupción y están llamados a cumplir su función preventiva del delito en materia de bienes públicos.
 
Y es que, en la prédica académica de Merino y Hernández Colorado, la sociedad organizada estaría llamada a romper este paradigma del espectáculo para ir en busca de los instrumentos institucionales que frenen estas conductas que tiene un costo del 9 por ciento del PIB. 
 
Por eso, nos dicen los investigadores, hay que ir por el homicida antes de que este acabe con todo y acabe la esperanza de todos.
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