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Escuchar mi silencio Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
25/06/2019 | 04:00 AM

rfonseca@noroeste.com

@rodolfodiazf

 

El núcleo del ideal délfico y socrático fue el autoconocimiento. Para conocerse es necesario realizar una meticulosa introspección, dirigir la mirada hacia el reducto más íntimo de la propia personalidad. Lógicamente, este autoconocimiento exige reflexión, paz, tranquilidad, calma y profundidad.

 

El autoconocimiento requiere una comunicación íntima y prolongada. Para adentrarse en el propio yo se necesita soledad y silencio. No se puede uno conocer en el bullicio y el ruido externo. El mundo, con sus urgencias y quehaceres obstaculiza el pensamiento serio y profundo. El concierto del alma se interpreta con las cuerdas del corazón, que han sido templadas en el impresionante taller del desierto.

 

Heidegger expresó que la palabra necesita vitalmente del silencio. Si no hay silencio no se puede escuchar la propia intimidad ni entablar un diálogo consigo mismo: “Un resonar de la palabra auténtica puede surgir solamente del silencio”.

 

Un conocido cuento dice que un afamado empresario visitó un monasterio y se encontró con un monje que sacaba agua de un pozo. “¿Qué aprende usted en su vida de silencio?”, preguntó el ejecutivo.

 

El monje introdujo el balde en el pozo y le respondió: “Mire al fondo del pozo, ¿qué ve?” El hombre se asomó al brocal y contestó: “No veo nada”.

 

El monje se quedó inmóvil, en silencio, como pensativo. Dejó que el agua reposara y dijo al visitante: “¡Mire ahora! ¿Qué ve?” Ahora me veo a mí mismo, en el reflejo del agua”, respondió el empresario.

 

“Ya ve”, explicó el religioso, cuando arrojo el balde en el pozo, agito el agua y nos impide ver. Sin embargo, con el agua en calma, el hombre se descubre a sí mismo”.

 

¡Con cuánta razón expresó Quinto Curcio Rufo: “los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”!

 

¿Me conozco? ¿Escucho mi silencio?

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