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Nosotros los buenos y ellos los malos DESDE LA CALLE

Iliana del Rocío Padilla Reyes
09/11/2019 | 04:11 AM

iliana_pr@hotmail.com

 

Esta semana los estudiantes universitarios en Querétaro me preguntaron si era cierto que en Culiacán los habitantes pasaron ya el trago amargo tras el llamado Culiacanazo. Recordaron que días después AMLO, en su mañanera, había anunciado que el juego de los Tomateros transcurrió con calma y todo había vuelto a la normalidad. Además, los alumnos mencionaron la difusión que dieron los medios de comunicación a la fiesta de Halloween y los niños disfrazados de sicario y narco. Al parecer, desde el exterior, se percibe una sociedad que ha asimilado este tipo de sucesos violentos como parte de su cotidianidad.

Me permití contestar a los estudiantes que Culiacán no necesariamente es el mismo. Me atrevo a asegurarlo, aún desde lejos, porque escucho todavía el temor en la voz de familiares y amigos. Pero, sobre todo, porque percibo cambios en el discurso de muchos ciudadanos que se expresan a través de los medios de comunicación escrita, las redes sociales, y también en las manifestaciones sobre lo ocurrido el jueves negro, y percibo rabia, miedo, y un discurso que, aunque no es nuevo, refleja mayor polarización.

De acuerdo con las narraciones, los “malos”, los que “andan mal”, salieron a causar terror el jueves 17 pasado convocados por la red de la organización criminal que demostró que su estructura corporativa se puede extender, en dado momento, hasta integrar a simpatizantes (que parecen ser muchos) para actuar en eventos específicos. Los observamos en los videos; eran en su mayoría jóvenes entre los 15 y 30s, disparando, robando e incendiando vehículos, casi todos entusiasmados. De acuerdo con entrevistas que elaboraron amigos periodistas, algunos fueron reclutados y armados esa misma tarde. Después los vimos festejando con música de banda, del movimiento alterado, disfrutando de los corridos “perrones”, mientras la “gente de bien” se refugiaba en sus casas.

Días después, los que “somos más” salieron de nuevo a las calles. Dijeron que iban a recuperar los espacios; algunos bailaron con globos blancos, otros marcharon, unos fueron al estadio, los más jóvenes a los bares, y otros tantos sólo regresaron a sus trabajos, barrieron los casquillos, repararon los cristales y regresaron a la rutina. Pero nada volvió a ser igual; porque las imágenes siguen ahí, porque el agravio y la traición a la tranquilidad sigue ahí, y así apuntamos a los culpables: esos que vinieron desde las periferias, esos que escuchan banda, esos que visten a los niños de sicarios, esos que no llegan a los 40 años... esos fueron.

Desde estas narraciones los jóvenes, ciertos jóvenes, son los malos. Y es que los jóvenes en Sinaloa han sido los protagonistas en la guerra contra el narcotráfico. Entre el 2007 y el 2018 se contabilizan 7 mil 600 hombres y mujeres de entre 15 y 35 años que fueron asesinados, y 1 mil 682 desaparecidos en ese rango, por eso los identifican como víctimas y victimarios. El número de “plebes” asesinados equivale al 2 por ciento de la población en estas edades (¡El 2 por ciento de la población de jóvenes!); en lo mejor de nuestro bono demográfico. Algunos pudieron estar involucrados, otros no, pero todos dejaron deudos, y muchas familias heridas.

Los que andan bien, y “somos más”, piden tranquilidad y justicia. Alguien me escribió que estos jóvenes no tienen honra, y no tienen dignidad, que había que señalarlos y perseguirlos. Así, ante el miedo y con todas las alertas activadas, se preparan iniciativas para exigir políticas de Cero Tolerancia donde los ciudadanos de bien puedan asesinar en defensa propia sin ser amonestados, se pide que las fuerzas militares tomen las calles, y se celebra que Estados Unidos presione a las autoridades mexicanas para perseguir a estos monstruos.

En tiempos de miedo se exige no desarmar todavía la guerra, regresar a las balas. Aún cuando los especialistas gritan que la solución está en fortalecer las instituciones locales, avanzar en la justicia transicional, generar una cultura de paz y reconciliación, y trabajar en la reinserción social de infractores, en resumen: insisten en que hay otros caminos. Aun cuando los informes indican que en la guerra no hay ganadores (y la estamos perdiendo todos), exigimos balas más grandes contra un ejército de jóvenes, nuestros jóvenes, que parece no tener fin, porque entre más les disparamos más soldados se reclutan, y de edades menores.

Mientras que la red mantiene su presencia y seduce a los jóvenes con sueños de fama y gloria en una vida corta y emocionante, las familias “de bien” visten de blanco, se saludan, piden paz, y exigen se censure la narcocultura. Luego, los de bien, los que somos más, van a sus casas y negocios, desde donde algunos reciben inversiones con dinero del narco, aparecen en revistas de sociedad acompañados de los hijos de apellidos más buscados por la DEA, establecen tratos secretos con ellos, o permanecen indiferentes el resto del año, y dejan (dejamos) pasar los actos de corrupción. Otros tantos esperan pasivamente que funcione la estrategia de pacificación, la de los abrazos, que parece más un compendio de buenas intenciones por sus contradicciones, y la falta de claridad, instrumentos y recursos. Sólo una pequeña minoría de ciudadanos, la de siempre, sigue trabajando como todos los días en el activismo por la paz, con pocos recursos y muchos anhelos.

En Culiacán todo vuelve a ser más o menos igual, pero nada es lo mismo... eso les contesté a los estudiantes.

 

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