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Precampañas, la gran simulación Ágora

Ronaldo González Valdés
07/02/2018 | 04:06 AM

@RonaldoGonVa

 

Chascarrillos, spots, tonadas pegajosas, ocurrencias, videos de candidatos con sus parejas o solos a la cante y cante, apariencia de tranquilidad primero e iracundia real después, candidatos que copian planas para decir correctamente una palabra, golpes antes y llamados a la concordia después, acusaciones de candidatos a intelectuales que-antes-fueron-socialistas-y-ahora-fingen-ser-liberales-pero-son-conservadores, de todo han tenido estas precampañas que no son ni “pre” ni, mucho menos, “campañas”. 

 

Lo de “pre”, de plano, no se justifica en ninguno de los casos de los presidenciables. ¿O habrá alguna casa de apuestas que esté convocando al juego para decidir quién ganará la postulación en el caso de las tres coaliciones que andan ya en estos enjuagues? Nada de eso: los candidatos de los frentes partidistas serán AMLO, Anaya y Meade, los mismos que desde hace rato están gastando una buena lana en sus recorridos por el País y a los que los mexicanos les estamos pagando esos onerosos y chabacanos spots con los que nos siguen atiborrando los sentidos y ofuscando la razón.

 

Lo que estamos padeciendo no tiene nada que ver con una precampaña dirigida a los afiliados y simpatizantes de los partidos, esas organizaciones que se aliaron en las extrañísimas coaliciones de cuyo nombre no quiero (ni puedo) acordarme. Al final de cada uno de los 59 millones de spots que nos están recetando, se escucha o lee la consabida advertencia de ley: “Esta publicidad está dirigida a los miembros y simpatizantes de los partidos en tiempos de precampaña y blablablá”; muy bien, igual podría decir “come frutas y verduras” y no pasaría nada. La publicidad de “precampaña” no se propone convencer a ningún militante ni simpatizante de nada para que elija a ningún candidato de nada, esos ya fueron elegidos o designados o señalados por el acuerdo de cúpula, el dedazo o el “aleatorio” y consagratorio sondeo.

 

Lo de (pre) “campañas” se justifica menos todavía. ¿Para qué es una (pre) campaña electoral? Durante todo este tiempo se ha banalizado, se han hecho rituales de purificación, se han lanzado denuestos, condenas o “perdones” y “amnistías”, y, si mucho, una que otra reiteración de algún lugar común (“pegarle a las finanzas de los grupos delincuenciales”, “formar una policía nacional”) o una propuesta genérica y en el vórtice de un debate todavía académico internacional (la renta básica universal). Si para esto es una (pre) “campaña”, entonces tenemos que estar muy satisfechos y animados con nuestros candidatos y sus coaliciones.

 

A las élites partidistas no les interesó tomar en cuenta a sus afiliados y simpatizantes para anunciar la decisión de renunciar a su financiamiento público cuando, a propósito de los sismos de septiembre, la presión social los obligó a ponerse en subasta mediática (y, como ya se sabe, de mediática no pasó). José Woldenberg advirtió en ese momento del riesgo que eso suponía: depender del financiamiento privado puede dar lugar a una mayor espiral de arreglos opacos e indeseables. Los “arreglos opacos e indeseables” ya están aquí en la negociación intra e interpartidista de las cúpulas y entre éstas y los poderes fácticos. Por eso, en efecto, se trataría sólo de una “mayor espiral” que agregaría turbiedad a este tipo de acuerdos oscuros ya existentes.

 

 

La conclusión de Esteban Illades en su artículo ayer (“Con peras y manzanas: el abuso de las precampañas”) es tan divertida como afortunada: “Desde mediados de diciembre lo único que se escucha es propaganda de precandidatos que no son tal, de campañas que graznan como pato, se ven como pato pero se quieren hacer pasar por ganso; con el añadido de que en teoría esto no estaba permitido por la ley pero el Tribunal Electoral dijo qué más da, que el pueblo coma spots” (http://sopit.as/2BZG87c)

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