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Un gobierno a golpe de tropiezos Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
08/09/2019 | 04:00 AM

El candidato y su equipo de campaña de Morena estaban eufóricos, habían ganado la elección para la Presidencia Municipal de Mazatlán.

Ante el Consejo Municipal Electoral no había impugnaciones y eso significaba que la constancia de mayoría entregada era prácticamente definitiva.

No había que recurrir ante el Tribunal Electoral para interponer recursos, ni ir al voto por voto, casilla por casilla, el tsunami obradorista había dado un triunfo suficientemente holgado gracias al llamado a votar en línea.

Nuevamente la alternancia era una realidad en Mazatlán y si en 1989 fue el PAN, y en 2001 el PT, ahora Morena era la que rompía la hegemonía priista.

Había esperanza en los rostros de muchos patasaladas, se anunciaba con todas las letras mayúsculas el “cambio verdadero”, yo mismo di a conocer mis votos a favor en estas páginas.
Al día siguiente de la elección empezaba ese innecesario y largo periodo que va de la entrega de la constancia de mayoría a la toma de posesión del cargo electo.

Sin embargo, muchos confiábamos, que ese tiempo despejado serviría para trabajar al menos en un buen programa para los primeros cien días de gobierno y armar un verdadero trabuco en el equipo que realizaría el cambio.

Todos los días había efervescencia en el local de Morena en la calle Melchor Ocampo y el futuro Alcalde ofrecía ser el mejor en la larga historia del puerto y en medio de esa algarabía apareció el primer nombre para el gabinete: el juicioso Alejandro Camacho, quien había sido Alcalde bajo las siglas del PAN para luego sumarse a Morena y el propio Luis Guillermo Benítez, lo había avalado ante los medios para desempeñarse como Secretario de Gobierno, pero un día aquel sin explicar las causas simplemente dijo que siempre no sería el abogado del ayuntamiento.

El resto de los cargos municipales era un secreto a voces, iban y venían nombres, nada seguro, el Alcalde luego diría que probaba a los aspirantes pidiéndoles cosas y en función de ello decidía si servía o no. Eso fue lo que le ocurrió a Alejandro Camacho y a lo mejor a otros que teóricamente tenían seguro un cargo, sea por los años de picar piedra o por los servicios prestados en campaña.

Luego del portazo a Camacho se vivió una cierta incertidumbre en el primer círculo porque el ingreso al equipo dependía del humor del Alcalde electo que empezaba a envanecerse con el poder y hasta por ese sentimiento malsano en política de querer gobernar antes de asumir el cargo.

Exigía meter mano en las obras que el Gobierno del Estado estaba realizando en el puerto, siendo ignorado por Quirino Ordaz que no acusó de recibido y siguió con la remodelación del malecón y el Centro Histórico.

¡No le voy a recibir las obras!, amenazaba “El Químico” a través de cuanto micrófono se le acercaba buscando hacer política de contraste mediático, sólo los más cercanos o los del “equipo” le apoyaban, pero no se veía que la gente le molestara que su ciudad estuviera cambiando de imagen y estética sino todo lo contrario.

El Alcalde vivía el frenesí del triunfo, pero también el sentimiento de impotencia, fue entonces que empezó la crítica severa contra algunos de los funcionarios que estaban todavía en funciones y que a su juicio eran corruptos.

Uno de ellos fue Raúl Rico, director del Instituto de Cultura con una gran obra reconocida a lo largo de varios trienios, de quien dijo que no seguiría en el cargo porque durante su gestión en los distintos gobiernos priistas y panistas hubo “malos manejos” sin aportar prueba alguna hasta el día de hoy.

Óscar Blancarte, cuando llega desde la Ciudad de México para revelarlo en el cargo secundó la crítica sin soporte. Pero ¡oh! sorpresa, un día el Alcalde Benítez se planta frente a los medios y dijo que Blancarte se iba por razones de salud sin siquiera haberlo consultado con él, y este salió de la administración presentando su renuncia y argumentando que nunca se le permitió tomar realmente las riendas del instituto, pues las tenían funcionarios que respondían a otras órdenes, a él se sumarían ocho de los doce directores.

Luego llegaría Marsol Quiñonez al cargo, una chica lista con credencial de artista plástico, pero sin ninguna experiencia en un cargo de este nivel, que a los cuatro meses presenta su renuncia por las mismas razones que lo había hecho el cineasta Blancarte y ahora el Instituto está acéfalo, sin dirección, sin un programa medianamente consistente por la inestabilidad.

¿Dónde se perdió el alcalde? ¿Cómo lleva la carga de los fastos de un fracaso que va creciendo en este y otros ámbitos de la administración municipal? ¿Acaso ya se cansó cuando sólo han transcurrido escasos nueve meses, una cuarta parte del periodo de gobierno? ¿Cómo está mirando los siguientes veintisiete meses que están por delante? ¿Dónde quedó su oferta de que sería el mejor alcalde que haya tenido Mazatlán? ¿No le causa eso malestar personal y político?

No hay indicios que señalen que las cosas vayan a mejorar, sino a peor, la cantidad de despidos en el primer nivel provoca que más calificados duden aceptar una invitación para integrarse en el gobierno municipal. Así cada vez serán más los “busca chambas” los que pasen a formar parte de este gobierno donde todos los días se consumen trozos del capital político.

Tenemos un alcalde abrumado y por momentos ofuscado, que a la primera oportunidad sale del municipio con o sin el permiso de Cabildo para tomar aire y buscarle la cuadratura al círculo.

Y vuelve, pero a los días está en las mismas, administrando la inercia administrativa y política, tiene un Plan de Gobierno municipal pero como si no lo tuviera, no hay ruta de navegación que indique que va cumpliendo compromisos como lo hace el Presidente de la República o el Gobernador del Estado.

Mazatlán no se merece que se le trate así, son cientos de miles de habitantes que dependen de que haya buenas políticas públicas, estamos hablando de seguridad, empleos, negocios y mecanismos de atracción al destino turístico.

La oferta cultural ha sido un ingrediente fundamental en la promoción del puerto y viene a menos en una forma totalmente indolente.

Más aun, se han puesto los problemas sobre el escritorio del alcalde y éste en lugar de salir en defensa de su director o directora, lo ha hecho en favor del objeto de discordia en la administración de cultura. Esto lleva a sospechar que detrás de esa posición irracional debe haber un interés superior a la promoción de la actividad cultural.

En definitiva, en el proyecto cultural de campaña se decía que el Instituto de Cultura dejaría de ser elitista para llevarlo al “pueblo”, que los hijos de ese pueblo serían los beneficiarios de las escuelas y espectáculos, que esos espectáculos serían de primerísima calidad y que lo mismo se haría mucho más.

¿Cuándo empezamos?

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