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OPINIÓN
Las alas de Titika: Buenas nuevas
A Mariana le gusta contar historias y cada que puede escribe las cosas que va viviendo
María Julia Hidalgo
18/08/2019
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Hace tiempo que abandoné el estrés de la espera; ese que alguna vez tuve por estar pendiente de las respuestas; la angustia de saber si fulana o mangano habían respondido mi mensaje enviado apenas unos minutos antes.

La vanidad empezaba a traicionarme pensando que el mundo entero se olvidaba de mí; como si alguna vez alguien me hubiera pensado. Esa mañana, recuperé la felicidad de revisar mi buzón y saber que alguien escribió sin prisas para mí. Tremenda sorpresa.

Una carta de Mariana: “Estoy disfrutando del verano en un lugar que ni te imaginas. Te lo voy a describir y espero que adivines… Pronto regresaré a la escuela y ya iré a la secundaria”.

Resulta que a Mariana le gusta contar historias y cada que puede escribe las cosas que va viviendo. ¿Cuál era la magia? el gusto de saber que alguien se sentó en calma, pensó en lo que hace y que todo ese tiempo estuvo pensando en mí.

Saber que ese alguien es una niña de once años y que le pareció de lo más normal escribir una carta a lápiz en una hoja de su cuaderno; que su carta llegaría a mí sin prisa y que no hubo ningún satélite que se entrometiera en nuestra íntima comunicación es algo que me quebró la garganta.

Yo sé que Mariana es como cualquier niña de su edad; tiene su tableta, sueña con su recámara individual, hace sus tareas con regaños, se toma selfis y tiene su grupito de amigos; por fortuna, además, tiene la sensibilidad de tener momentos en calma. Sabe que hay algo que se llama Oficina Postal y que no importa la distancia, las cartas llegan a cualquier destino, sin prisas. Que también, antes, se utilizaba para enviar postales de los viajes; cuando la internet no existía.

En mi carta de respuesta le escribí que hace algunos años, cuando su madre y yo éramos unas chicuelas, en mi pueblo no había oficina de correos, pero las cartas —correspondencia, le decíamos—, llegaban a casa de una señora; la más chismosa del pueblo.

Casi como ahora, ella tenía el privilegio —y el descaro— de violar cuanta carta le daba la gana. De repente todos en el pueblo ya sabían que tenías un enamorado y, además, se burlaban de lo cursi que era y del apodo cariñoso con el que él te nombraba. La privacidad era de los valores más preciados; aunque a doña Chismosa eso la tenía sin cuidado.

Tú salías de su casa abrazando la carta y eligiendo el mejor momento para leerla. Eran días de espera para saber todo lo que tenían que contarte; una lectura, dos, tres, las veces que fuera necesario.

Hasta te hacías experta en caligrafía; sabías cuando habían tenido todo el esmero o cuando la habían escrito a toda prisa, estaban tristes o cuando el espacio no alcanzaba para hacerte saber todo lo que te querían.

Le conté a Mariana que ahora me asusta y me entristece la vulgaridad, la banalidad, el destino y el manejo que pueden dar a nuestras palabras.

La interpretación que personas ajenas —y menos ingenuas que la señora de mi pueblo— pueden alegar para enredarnos en cualquier situación peligrosa. Daños tan graves que a muchos les hace hasta pensar en quitarse la vida.

"Mariana, las palabras siempre han tenido un gran valor, y ahora debemos saber muy bien a quién y cómo se las decimos. Con tanto aparatejo, millones de personas, en cualquier parte del mundo, pueden saber el nombre de tu perro y hasta conocer tu perfil completo; ese que tienes con todos los candados en tus redes sociales. Tu carta ha sido un gran regalo. Espero recibir muchas más".

También deseo que me ayude a conservar la deliciosa virtud de la espera; que, en estos tiempos, me servirá para no enloquecer.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

 

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