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COLUMNA
Pierre Boulez, a un lustro de su partida
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Miguel Salmon Del Real
06/01/2021
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Foto: Cortesía

Ayer, 5 de enero de 2021, se cumplieron cinco años de la partida del gran Pierre Boulez, esa multifacética figura que tomó uno de los principales lugares en la historia de la música de nuestros tiempos. Compositor, director de orquesta, gestor e incansable divulgador cultural, fue a la vez uno de los personajes que más ejercieron influencia en mi formación. Tuve el privilegio de conocerlo en Suiza, durante los cursos de dirección que comenzó a impartir 11 años antes de fallecer. Toda su vida se había rehusado a dar clases y desdeñaba el sistema escolarizado tradicional. No en vano había sido expulsado del histórico Conservatorio de Paris tras objetar a un maestro en la clase de Fuga. Boulez afirmaba que el encuentro entre maestro y alumno debía ser breve e intenso, si acaso, de algunos días. En 2004, se hizo cargo de la Academia del Festival de Lucerna, uno de los mayores Festivales Culturales del mundo. En 2005 yo estudiaba en La Haya y Amsterdam. Al notar la convocatoria para su clase maestra no dudé en aplicar. Cada joven director elegido podría dirigir la Orquesta de la Academia del Festival, compuesta por jóvenes de 33 países y pertenecientes a las mejores instituciones educativas del mundo. Todo esto bajo la guía de Boulez mismo, quien en un gran momento, cumplía 80 años de edad. De entre un centenar de concursantes, 4 jóvenes fuimos elegidos: 2 alemanes, un norteamericano y yo. Cuando lo supe no pude sino sentirme eufórico y quise prepararme como nunca. Quise revisar durante meses previos, todas las bases de la música y la técnica de la dirección como tal. Yo provenía de una tradición de dirección de coros, un mundo ciertamente distinto, pero que resultó una invaluable herramienta: solfear voz por voz, cantarlo todo, era la mejor manera de internalizar la “imagen sonora”. Sin embargo debía prepararme con una perspectiva orquestal. Eché mano entonces de la mejor asesoría que podía pensar, consultando a tres enormes especialistas de la música nueva: Lucas Vis, quien sería posteriormente mi maestro formal en la Maestría en Dirección de Orquesta del Conservatorio de Ámsterdam; Ed Spanjaard, que amablemente me abrió las puertas de su casa en tres veranos; y Peter Eötvös, quien siempre mantuvo una intensa relación laboral en los Países Bajos.

Ya en Lucerna, durante la clase maestra, llegó mi turno de pasar al podio. Comenzamos con la Suite Lírica de Alban Berg. En todas las ocasiones, Boulez me permitió interpretar largos pasajes sin detener la orquesta para hacer alguna observación. Llegado el final de una sección suspendió con una señal el sonido de la orquesta. Se puso de pie y dirigió el fragmento. Era evidente que quería mostrarme algo que no podía ser verbalizado. No era algo técnico, sino metafísico: «interpretó» en todo el sentido de la palabra. Tras dirigir algunas páginas son semblante sobrio, cosechó el clímax que gradualmente había edificado, como si la partitura hubiese clamado por salir del papel. Con ambas manos, había moldeado una masa sonora que podía palparse ¡Eso debía ser dirigir! Al terminar volteó hacia mí, y me preguntó: ¿Viste cómo lo hice?” Ignoro que pensó al notar que no era yo capaz de articular palabra alguna. Tres reveladoras conclusiones me tenían abstraído: la primera: Boulez era un grande y ahora entendía en que dimensión; la segunda: la interpretación musical en un sentido puro, no puede ser enseñada con palabras; la tercera: ese nivel de vivencia estética, parecía ser un obsequio vivencial para unos cuantos. La naturaleza se limita a observar esos diálogos, mientras el talento, que marca su límite, intenta aprehenderlos. Mientras yo tomaba un par de segundos más para volver del trance, Boulez continuaba dándome indicaciones. Había sucedido «el momento pedagógico» y era el principio del curso.

Acabadas las lecciones y después de par de semanas más en el Festival regresé a Holanda. Me había graduado en composición en el Conservatorio Real de la Haya un mes antes y estaba por comenzar la maestría en dirección de orquesta en el Conservatorio de Ámsterdam. Fueron 7 años en el viejo continente. De entre todo ese período, la sencillez de Pierre Boulez en el trato, en combinación con su profunda identidad artística, constituyeron una de las lecciones de vida que más me han impactado. El, esa leyenda viva, tomaba el autobús rumbo a la sala de conciertos, hacía fila en la cafetería del teatro y disfrutaba platicar su más reciente logro profesional como un joven en crecimiento. No terminaba de aleccionarme. Parecía constituirse por regla: los más grandes artistas resultaban ser seres con una visión humana de largo alcance. Por supuesto, busqué seguirlo por cuatro años más en distintos proyectos hasta mi regreso a México en 2009.

Una frase que pronunció en esos días y que nunca olvidé: “Busquen la excelencia y la gente hablará de ustedes, bien y mal, es inevitable".

 IG: @miguel_delreal_conductor

TW. @migueldelreal

FB: miguelsalmondelrealofficial

 

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