De Casa Haas a Héctor’s: José Ángel Pescador, educación y patriotismo

ANTE NOTARIO
09/06/2026 19:01
    ¿Qué nos pasa como sociedad cuando confundimos la crítica con la ofensa? ¿Por qué debatir sobre el rumbo del país se vuelve tan difícil? ¿Por qué señalar errores de gobierno, falta de resultados, deterioro institucional o ausencia de cultura de legalidad provoca reacciones tan viscerales?

    Acercarse al Centro Histórico de Mazatlán invita siempre a pensar. La de hace unos días fue una reflexión desde la calle Mariano Escobedo, frente a la antigua casa de don Antonio Haas. El Centro Histórico tiene diversas peculiaridades. Algunas son más propias que extrañas: vínculos familiares, recuerdos de mis primeros pasos, bicicleta, patineta y tabla de surfear.

    La noche del 2 de junio, después de asistir acompañado de mi hijo Ferran a la presentación del libro de José Ángel Pescador Osuna en la Casa Haas, por invitación de El Colegio de Sinaloa, cruzamos hacia Héctor’s Bistro para cenar. Era una de esas noches en las que el downtown parece recordarnos que la ciudad se conversa, se piensa y se hereda.

    Durante la presentación, el maestro JAPO refirió con soltura y abundancia -con la autoridad de quien ha estudiado por años la economía de la educación- temas que no pueden dejarnos indiferentes: las profundas desigualdades educativas del País, la insuficiencia de infraestructura, la obsolescencia de muchos espacios escolares y los efectos de decisiones presupuestales que no siempre responden a una visión de largo plazo.

    Mientras lo escuchaba, pensaba que hablar de educación en México es hablar también de ciudadanía. No puede construirse una democracia madura sobre una educación precaria. No basta con ampliar coberturas, repartir apoyos o administrar carencias. La educación pública no debería parecer una forma de caridad institucional, sino una auténtica política de igualdad, calidad y futuro. Algo así sostuve, coincidentemente, en mi tesis doctoral de la UNAM.

    Una educación de calidad forma ciudadanos capaces de pensar, preguntar, argumentar y disentir. Una educación reducida a asistencia o dádiva, en cambio, corre el riesgo de producir dependencia, conformismo y gratitud política. Tal vez por eso lo dicho en la Casa Haas conecta con la conversación que después sostuve con el chef Héctor Peniche.

    De manera sintética, como cuando se reduce un caldo de pescado, conversamos sobre la dificultad mexicana para debatir sin ofendernos, para criticar sin sentirnos traicionados, para distinguir entre el amor al país y la obediencia al relato del poder.

    De un lado, la Casa Haas: memoria crítica haasiana, literatura, arte, pensamiento y patrimonio urbano. Del otro, Héctor’s Bistro: cocina, hospitalidad, oficio y amistad. En medio, la calle Mariano Escobedo, que esa noche funcionó casi como un pequeño puente entre dos formas de cultura: la del libro y la de la mesa.

    Para mí, además, la Mariano Escobedo no es una calle cualquiera. Tiene una resonancia familiar muy profunda. Fue referencia próxima a la casa de mis abuelos maternos, don Ignacio Sais Heredia y doña Carmen Castelló de la Peña. Y fue también sobre esa calle, hacia la zona de Olas Altas, donde mi madre, María del Socorro Sais Castelló, y mi padre, el cardiólogo José Manuel García Habif, habitaron una parte esencial de su vida familiar.

    En esa casa, propiedad de doña Julieta Lavín de Färber, se fue formando buena parte de mi memoria afectiva de Mazatlán. Por eso, al estar sentado esa noche en Héctor’s Bistro no solo estaba en un punto del Centro Histórico: estaba también en una coordenada íntima de mi propia biografía.

    Nos recibió mi amigo el chef Héctor. Entre saludos, cena y conversación, apareció un tema que lleva tiempo rondando muchas mesas: ¿qué nos pasa como sociedad cuando confundimos la crítica con la ofensa? ¿Por qué debatir sobre el rumbo del país se vuelve tan difícil? ¿Por qué señalar errores de gobierno, falta de resultados, deterioro institucional o ausencia de cultura de legalidad provoca reacciones tan viscerales? Héctor lo dijo con una frase sencilla, pero potente: “En México nos falta ser más patriotas; somos demasiado nacionalistas”.

    La idea se me quedó dando vueltas. Tal vez el nacionalismo mexicano ha sido, durante mucho tiempo, una emoción fácil: cantar el himno, celebrar a la Selección, indignarnos frente al extranjero, defender símbolos, llenar estadios, presumir bandera, historia, cocina y paisaje. Todo eso tiene valor, desde luego. No se trata de despreciar los símbolos ni de burlarse de los afectos colectivos. La patria también se expresa en la música, en la comida, en el futbol, en los acentos regionales, en las fiestas y en la emoción compartida.

    Pero el patriotismo exige algo más difícil: pagar impuestos, respetar la ley, cuidar la ciudad, exigir buenos gobiernos, aceptar la crítica, defender instituciones, cumplir obligaciones y reconocer que amar a México no significa justificarlo todo.

    El nacionalista suele molestarse cuando alguien critica al País, o al gobierno que identifica con el País. El patriota, en cambio, entiende que la crítica puede ser una forma superior de amor. Criticar la corrupción no es odiar a México. Criticar la inseguridad no es traicionar a la patria. Criticar la falta de resultados no es despreciar al pueblo. Al contrario: puede ser una manera de tomarnos en serio.

    Quizá ahí está una de nuestras confusiones más profundas. Hemos aprendido a emocionarnos con México, pero no siempre a responsabilizarnos por México. Nos duele que pierda la Selección Nacional, pero no siempre nos duele igual que se viole la ley. Nos entusiasma una bandera en el Mundial, pero toleramos banquetas destruidas, trámites corruptos, evasión fiscal, abuso de poder o instituciones debilitadas. Nos preocupa cómo nos ven desde fuera, pero no siempre cómo nos tratamos entre nosotros.

    ¿Será que la política manipula esa emoción nacionalista y la convierte en identidad de grupo? Cuando eso ocurre, se evita discutir ideas, políticas públicas o resultados verificables. Así, quien critica “no es de los nuestros”; quien pregunta “está contra el pueblo”; quien exige cuentas “quiere que le vaya mal al País”. La conversación pública se empobrece, porque deja de importar si el argumento es cierto y empieza a importar quién lo dice. La discusión se desplaza del objeto al sujeto. Ya no se analiza si una política pública funcionó o no; se descalifica a quien se atreve a preguntar.

    Una sociedad democrática necesita justo lo contrario: ciudadanos capaces de disentir sin odiarse, de argumentar sin descalificarse, de exigir sin sentirse traidores. El patriotismo cívico no consiste en aplaudir al poder, sino en ponerle límites. No consiste en repetir consignas, sino en construir comunidad. No consiste en sentirse moralmente superior, sino en cumplir deberes concretos.

    Por eso la frase de Héctor me pareció tan certera. Nos sobra orgullo por lo mexicano y nos falta respeto por las reglas que hacen posible la convivencia. No se trata de elegir entre querer a México y criticarlo. Uno no quiere menos a su ciudad porque señala sus problemas. No quiere menos a su país porque exige mejores resultados. No quiere menos a su comunidad porque se niega a normalizar la mediocridad, la corrupción o la ilegalidad.

    Al contrario: hay críticas que nacen precisamente del deseo de que las cosas estén mejor. De la negativa a aceptar que el deterioro sea destino. De la convicción de que México merece algo más que relatos oficiales, consignas partidistas o adhesiones emocionales.

    Mientras cenábamos en esa esquina, pensé que Mazatlán ofrece una buena imagen de lo que podría ser ese patriotismo. Una ciudad que se quiere a sí misma no sólo cuando presume su malecón, su carnaval, su gastronomía o sus atardeceres, sino cuando cuida su memoria, su arquitectura, sus calles, sus negocios locales, sus conversaciones y sus espacios compartidos.

    La patria también está en esas cosas pequeñas: en una casa antigua que se conserva, en un libro que se presenta, en una cocina hecha con oficio, en una mesa donde padre e hijo conversan, en un amigo que recibe con hospitalidad, en una calle que guarda la memoria de una familia, en una ciudad que todavía permite caminar de la cultura a la cena cruzando una esquina.

    Menos nacionalismo de camiseta y más patriotismo de ciudadanía. Menos culto al poder y más respeto por la ley.

    Ante Notario

    El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.