Hay profesores que transmiten información. Y hay otros -escasos- que despiertan una pasión intelectual que acompaña a uno toda la vida. En agosto de 1996 llegué al ITAM para estudiar la Licenciatura en Derecho. Como tantos estudiantes de primer ingreso, venía lleno de expectativas, pero sin imaginar todavía la dimensión filosófica e intelectual que podía alcanzar el Derecho. Ese primer semestre tuve la fortuna de encontrarme con maestros extraordinarios.
La clase de Teoría del Derecho la impartía don Víctor Blanco Fornieles, uno de los grandes arquitectos académicos de aquella escuela. Como complemento a esa materia existían dos seminarios: uno impartido por Rodolfo Vázquez sobre Santo Tomás y otro, el célebre Seminario de Kelsen, impartido por Ulises Schmill Ordóñez. Este seminario me marcó profundamente.
Don Ulises tenía una inteligencia fuera de lo común. Explicaba la Teoría Pura del Derecho con una claridad deslumbrante. Lo que para muchos podía parecer abstracción inaccesible, él lo convertía en una aventura intelectual. Tenía rapidez mental, ironía fina y un sentido del humor muy peculiar (“el adulterio no es un delito, es un deleite”, dijo en alguna sesión). Se definía como agnóstico y a la vez transmitía una auténtica devoción racional por las ideas y por la coherencia lógica del pensamiento jurídico.
Para quienes apenas comenzábamos a familiarizarnos con el fenómeno de lo jurídico, aquello resultaba revelador. Uno descubría que el Derecho no era solamente expedientes, artículos o tribunales, sino también filosofía, lenguaje, estructura y teoría del conocimiento. Treinta años después, sigo apreciando profundamente haber recibido ese tipo de formación y entrenamiento intelectual. Con el paso del tiempo uno entiende que aprender a pensar jurídicamente con rigor quizá termina siendo más valioso que memorizar cualquier código o cualquier ley pasajera.
Don Ulises tenía además una capacidad extraordinaria para formular provocaciones intelectuales. Recuerdo alguna vez haberlo escuchado decir, medio en serio y medio en broma, que los pecados no necesariamente eran malos si se orientaban correctamente. Ponía como ejemplo la soberbia: “Yo fui soberbio”, decía. “No quería ser como muchos de mis pares en la Corte. Quería ser un ministro honrado, honesto y serio”. Aquella reflexión -pronunciada con su ironía característica- encerraba en realidad una idea mucho más profunda: la aspiración de mantener independencia intelectual y dignidad personal dentro del poder. Incluso sus provocaciones terminaban convirtiéndose en lecciones de teoría política, ética pública y carácter.
Con el paso de los años he entendido también que aquella extraordinaria generación de profesores no fue producto de la casualidad. Detrás de ella existió una visión académica muy clara impulsada por el entonces jefe del Departamento de Derecho del ITAM, el doctor José Ramón Cossío Díaz, quien además había sido secretario particular de don Ulises en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Los estudiantes de aquella época fuimos afortunados. Tuvimos acceso a profesores que no solamente dominaban técnicamente el Derecho, sino que representaban auténticas tradiciones intelectuales, escuelas de pensamiento. El propio doctor Cossío -años después Ministro de la Suprema Corte, maestro mío de Derecho Constitucional, director de mi tesis doctoral en la UNAM y generoso prologuista de varios de mis libros- logró reunir en el ITAM perfiles académicos y humanos verdaderamente excepcionales. Vista a la distancia, aquella combinación era irrepetible.
Terminé ese primer semestre muy entusiasmado. Y la verdad es que los siguientes semestres confirmaron aquella impresión inicial: tuve profesores que eran verdaderas estrellas de rock académicas. Con don Ulises no volví a coincidir en las aulas. Lo veía caminando en los pasillos del Departamento de Derecho y nos saludamos al pasar. El destino quiso reencontrarnos años después, en uno de los momentos más importantes de mi vida profesional.
Mi director de tesis había sido don Carlos de Silva Nava, quien también había sido Ministro de la SCJN y para entonces se desempeñaba ya como Ministro en retiro. Cuando terminé la carrera, en diciembre del año 2000, él se separó del Departamento de Derecho del ITAM por motivos personales. Mi examen profesional lo solicité y quedó programado para el viernes 16 de marzo de 2001, a las 10:00 de la mañana, en la Biblioteca Manuel Gómez Morín del ITAM. Fue entonces cuando don Carlos me sugirió buscar a don Ulises para preguntarle si aceptaría presidir el sínodo de mi examen profesional. Lo busqué. Y aceptó.
Recuerdo ese examen con enorme cariño. Mi tesis trataba sobre la declaración general de inconstitucionalidad en el amparo contra leyes y, paradójicamente, en aquel momento yo defendía el principio de relatividad de las sentencias de amparo, postura que hoy probablemente consideraría, desde otra perspectiva, un retroceso histórico. Pero más allá del tema central, don Ulises llevó el examen hacia los terrenos conceptuales que tanto disfrutaba. Me preguntó, por ejemplo, si podía explicar la “cláusula alternativa tácita” y otras categorías propias de la teoría jurídica que él enseñaba con brillantez.
Terminó siendo un examen teórico, divertido e intelectualmente estimulante. Recuerdo además un detalle que nunca olvidé. Don Ulises llevaba consigo un ejemplar impreso de mi tesis. Al terminar el examen me felicitó, me deseó suerte y, con ese estilo suyo tan peculiar, me comentó: “Lo que más me gustó fue el epígrafe”, el cual era una cita de Nietzsche -probablemente de Así habló Zaratustr- que decía aproximadamente: “El Estado es el más frío de los monstruos fríos, y ésta es la mentira que se desliza de su boca: ‘Yo, el Estado, soy el pueblo’”.
Siempre me impresionó que, entre discusiones sobre amparo, teoría jurídica y lógica normativa, don Ulises hubiera reparado precisamente en esa frase. Con los años he pensado que aquel comentario retrataba también algo de su enorme cultura filosófica y de su capacidad para mirar más allá del simple formalismo jurídico.
Al concluir, el sínodo me otorgó mención honorífica por la tesis, el examen y mi desempeño académico. Pero además de ese reconocimiento formal, yo me quedé con algo mucho más importante: la satisfacción de haber sido examinado por uno de esos maestros que realmente enseñaban a pensar.
Meses después volví a buscar a don Ulises para pedirle algo más: cartas de recomendación para universidades españolas como la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad Complutense de Madrid y la Universitat Pompeu Fabra. Accedió con enorme generosidad. Y todavía recuerdo una frase suya, dicha con ese humor inteligente que lo caracterizaba: “Usted va a regresar hecho todo un doctor y gurú del Derecho”.
Con el paso de los años uno entiende que las universidades no las hacen los edificios ni los rankings. Las hacen los grandes maestros. Y algunas generaciones tuvimos el privilegio de encontrarnos con profesores irrepetibles que nos enseñaron no solamente derecho, sino una forma rigurosa y apasionada de pensar. Don Ulises Schmill Ordóñez fue uno de ellos.
Todavía hoy, en las paredes de mi oficina, conservo enmarcada la constancia de mi examen profesional. Ahí aparece la firma de don Ulises. Todos los días, mientras preparo mi café antes de comenzar el trabajo, inevitablemente la veo. Y todos los días recuerdo con profundo cariño sus enseñanzas, su inteligencia extraordinaria, su sentido del humor y la enorme admiración que siempre le he tenido. Con los años uno descubre que los verdaderos maestros nunca se van del todo. Permanecen en las ideas que nos dejaron, en la forma en que aprendimos a pensar y en las aspiraciones que sembraron silenciosamente en nosotros.
A veces pienso que una parte importante de mi vida profesional ha consistido precisamente en eso: en intentar, modestamente, llegar algún día a ser un jurista serio, como aquellos maestros que tuve la fortuna de encontrar en el ITAM. Don Ulises fue, sin duda, uno de esos maestros. Y por eso, para quienes tuvimos la fortuna de escucharlo, nunca se irá del todo.
Ante Notario
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El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicosl