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El confinamiento infantil
y sus efectos psíquicos

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    La inmensa mayoría de las personas adultas estamos hartos del confinamiento que nos impuso la pandemia de Covid-19. Nuestra existencia de vida se desmoronó de un golpe. Dejamos de trabajar, convivir con nuestras amistades, nuestros familiares, hijos y nietos, por el temor a que el letal virus nos contagie y/o lo transmitamos a todos ellos sin saberlo.

    Inmersos y agobiados por la pandemia, no prestamos atención a las señales del malestar psicológico de los infantes que, ingenuamente suponemos, son sólo berrinches a los que no hay que hacerles caso. No entendemos el por qué los niños quieren volver a dormir en nuestras camas; lloran y hacen rabietas; pelean continuamente con sus hermanos; son desobedientes, y, sobre todo, nos exigen que juguemos con ellos, día y noche, ya que no lo pueden hacer con sus compañeros en las guarderías, kínder o escuelas de primaria.

    No nos percatamos de que esas conductas son fruto del confinamiento y aislamiento en que viven. Hay incluso padres y madres que los regañan, les gritan y hasta les dan sus nalgadas, lo que les genera problemas psíquicos como el autismo, la timidez, el miedo.

    Por si fuera poco, en vez de ponerlos a pintar, leerles un cuento, platicar y jugar con ellos, los sentamos en un sillón o en el suelo, les prendemos la televisión, la tablet o el teléfono celular para que vean día y noche caricaturas de monstruos que se pelean, o de carros que vuelan, y animalitos que hablan, para que “se distraigan”.

    No entendemos que los dispositivos digitales dañan su desarrollo neuronal y coeficiente intelectual. Y eso no lo digo yo, sino uno de mis nietos de escasos 4 años, que dejó de ir a la guardería por el confinamiento. Le dijo molesto a mi hija, días atrás: “Mami, tú estas todo el día viendo el celular, mi hermano en la computadora y yo viendo televisión: ¡Ya se me está cansando el cerebro!”. Mi hija y su hermano de 13 años soltaron la carcajada.

    Cuando me contaron lo ocurrido, quedé perplejo. ¿Cómo es posible que un niño de esa edad diga que se le está cansando el cerebro? Pudo haber dicho, en todo caso, que le dolía la cabeza.

    A partir de ello, me puse a investigar. Me topé con un extraordinario artículo intitulado “Infancia y sociedad; la inteligencia en peligro”, de la psicóloga Andrea Bárcena, publicado en La Jornada el 27 de febrero, la cual señala que el director de Investigación del Instituto Nacional de Salud advierte que “no hay excusa para lo que estamos haciendo a nuestros hijos”; que los niños menores de 6 años no deben usar pantallas y que a partir de esa edad en adelante, acceda a esas pantallas en tiempos cortos, ya que -advierte el neurocientífico referido, “altera el sueño y retrasa la maduración anatómica y funcional del cerebro”.

    Mi nieto no se equivocó.

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