Durante septiembre se nos recuerda la conveniencia de hacer testamento. La invitación suele presentarse en términos patrimoniales: decidir quién recibirá la casa, el terreno, las cuentas bancarias o algún otro bien. La publicidad oficial suele reducirse a lo patrimonial. Sin embargo, reducir el testamento a un reparto significa desaprovechar buena parte de sus posibilidades.
Para distribuir el patrimonio existen diversos instrumentos que pueden utilizarse en vida. Una persona puede donar, vender, reservarse el usufructo, constituir derechos de habitación, aportar bienes a una sociedad o diseñar otras formas de organización patrimonial. Hacerlo permite, además, explicar las decisiones, escuchar a la familia, corregir desequilibrios y procurar que el reparto no se convierta después en una fuente de resentimientos.
Esto no significa que siempre sea conveniente desprenderse anticipadamente de los bienes. Puede ocasionar pérdida de control o dejar a la persona sin recursos que después necesitará. La buena planeación no consiste necesariamente en elegir entre distribuir el patrimonio en vida o hacer testamento, sino en combinar prudentemente la planeación en vida con la testamentaria.
La verdadera singularidad del testamento aparece cuando dejamos de preguntar solamente “¿quién se quedará con mis bienes?” y comenzamos a plantearnos otras preguntas: ¿quién cuidará de mis hijos menores?, ¿pueden mis órganos y tejidos ser de utilidad a alguien?, ¿cómo puedo proteger a una persona dependiente?, ¿quiero asegurar la educación, los alimentos o la vivienda de alguien?, ¿qué ocurrirá con mi perro, mi gato o cualquier otro animal de compañía?, ¿existe alguna deuda que deseo perdonar?; y por último ¿hay alguna causa social a la que quisiera destinar parte de mi patrimonio?
La legislación permite la toma de decisiones que pocas veces se mencionan. En un testamento se puede reconocer a un hijo; nombrar tutor, tutores sustitutos y curador para los menores; establecer reglas para su protección; perdonar una deuda; constituir legados de educación, alimentos o habitación; imponer la obligación de cuidar a una persona vulnerable o a un animal de compañía; apoyar una causa de beneficencia y dejar constancia de determinadas decisiones sobre el propio cuerpo después de la muerte, sin perjuicio de formalizarlas también mediante los mecanismos sanitarios correspondientes.
Incluso puede rehabilitarse para heredar a quien, por haber cometido una conducta grave -como un delito contra el testador-, hubiera perdido ese derecho. Esto no equivale a perdonar penalmente el delito, pero sí permite que la reconciliación produzca consecuencias sucesorias.
Visto así, el testamento no es únicamente un inventario acompañado de nombres y porcentajes. Es un instrumento de autonomía, cuidado, responsabilidad y previsión.
Hace tiempo publiqué en estas páginas de Noroeste un artículo titulado “Morirse en octubre”. Su idea sigue vigente: concentrar la promoción del testamento en septiembre puede producir el incentivo equivocado de esperar hasta el año siguiente. La muerte, la enfermedad y la pérdida de capacidad no conocen el calendario de las campañas institucionales. Septiembre debe servir para recordarnos que podemos testar cualquier día del año, no para justificar que pospongamos la decisión.
El notariado también tiene una tarea pendiente. Las solemnidades del testamento y las graves sanciones que puede acarrear su incumplimiento -incluso la pérdida del oficio- pueden propiciar que algunos notarios adopten una práctica defensiva y prefieran no estar disponibles para recibir testamentos. El temor al error puede comprenderse, pero no debe convertirse en ausencia. La respuesta debe ser mayor preparación, asesoría cuidadosa y auténtica disponibilidad para las personas.
Durante este mes, la ciudadanía podría reflexionar no sólo sobre cuánto tiene y a quién desea dejárselo, sino sobre las personas, responsabilidades, relaciones y causas que quiere proteger. Y quienes ejercemos el notariado debemos explicar todas las posibilidades del testamento, formular mejores preguntas y acompañar esas decisiones.
Quizá construiremos una verdadera cultura testamentaria cuando dejemos de presentar el testamento como un trámite para después de la muerte y comencemos a entenderlo como un acto consciente de responsabilidad durante la vida.
Ante Notario
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El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.