Hay sucesos y acontecimientos que marcan profundamente la epidermis del alma; trascendentales eventos que roturan incisivamente el antes y el después de toda existencia. Algunos hechos serán benéficos y afortunados, mientras otros se catalogarán como maléficos y despiadados, pero todos, indistintamente su tiempo, hechura y procedencia, fracturan existencialmente la vida de quienes los vivencian.
En alguna ocasión hicimos alusión al primer encuentro de los apóstoles Andrés (hermano de Simón Pedro) y Juan (de quien se reserva el nombre en el texto) con Jesús, en el cuarto evangelio (1,35-39).
Es un pasaje esencial porque narra un acontecimiento inédito, extraordinario y jubiloso, pues se trata del primer encuentro y llamado a los apóstoles por parte de Jesús. Es una reunión que transformará radicalmente la vida de aquellos toscos hombres, por eso se recuerda la hora: “eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39).
Sin embargo, otros eventos son dolorosos e imprimen hondas heridas y cicatrices en lo profundo del corazón, como recordó Vicente Quirarte (poeta recientemente fallecido) en su poema “Razones del samurai”, donde trató de digerir el suicidio de su padre y honrar el infausto acontecimiento:
“A las tres de la tarde de aquel trece de marzo”, escribió, me llamó por teléfono mi hermano Ignacio para comunicarme la infausta noticia. Así lo deglutió en su poema:
“Era, como en los Viernes Santos, la hora en que llegó la quinta herida, en aquel cuarto oscuro de Los Ángeles donde Ignacio quería decirme, dijo, me decía que a la tribu por ti capitaneada la diezmaban de tajo, que te ibas de plano, y nosotros contigo. Y mientras yo pensaba que la vida era para mi sed un mar pequeño, te tirabas -sereno- de aquel puente para dar comienzo a las preguntas”.
¿Digiero los acontecimientos?