Hoy, lunes de 6 de abril, el escritor José Luis Franco habría cumplido 70 años de edad. Por cierto, muy grata coincidencia, la Universidad del Mar y la Sierra, ubicada en la atribulada Cruz de Elota, ha creado un premio de literatura para jóvenes con su nombre.
Ahí es su tierra natal, aunque pocos mazatlecos tan él y pocos sinaloenses tan compenetrados y críticos de nuestra identidad.
Franco llegó a ganar en 1986 un premio estatal de periodismo en la categoría de artículo de fondo. Y, aunque no tenía conflicto con el Gobierno estatal en turno, decidió no ir a recibirlo para no comprometer su pluma y, por cortesía, no lo declaró.
Este detalle siempre lo va a honrar y, en esta ocasión, quisiera recuperar algo de ese camino en la crítica social y cultural sinaloense. También, lamentablemente falleció en un mes de abril, doble motivo para recordarlo el día de hoy.
Durante su trayectoria periodística y literaria, José Luis Franco esgrimió una prosa vivaz, directa y confesional dentro de la broma o la burla.
Su escritura fue heredera de autores directos y vivenciales como Jorge Ibargüengoitia, Alfredo Bryce Echenique y Enrique Jardiel Poncela, por mencionar a la triada más intrínseca a su obra. Y todos ellos son autores que no imaginaríamos juntos en una antología editada, pero sí en una alegre mesa en cualquier rincón frente a la playa.
Más allá de las referencias librescas, la obra de José Luis Franco insistía en mantener una especial conversación con el lector, a partir del humor, la ironía y el sarcasmo, elementos que suelen confundirse y que eran el motor interno de sus motivaciones.
Como columnista, era lector y discípulo de Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco y Juan Villoro, de quien llegó a ser amigo especial.
A diferencia de otros autores, que reniegan y ocultan sus influencias literarias hasta llegar al paroxismo parricida, Franco reconocía su deuda permanente y continua con los autores mencionados; incluso como una forma de iniciar la conversación.
Hay otros escritores que mencionan sus influencias más que nada para lucirse o evitar confesar de dónde provienen sus fuegos secretos, mientras que Pepe te daba la referencia y te prestaba sus libros.
Por ejemplo, hablando de poses, aún no es hora que encontremos la influencia que García Márquez presumía por ser lector de Virginia Woolf, Daniel Defoe o Francisco Petrarca. En cambio don José Luis Franco es transparente como cualquiera de sus juegos de palabras.
Su sección cultural en un desaparecido diario mazatleco -“La página”- era el solitario espacio donde alguien no titulaba sus reseñas con la falaz cabeza de “Todo un éxito”.
En la trasnochada crítica local, alguien señalaba en su momento que él hacía siempre sus prosas en primera persona, algo de esperarse en un autor tan personalísimo y que podía ser él mismo el personaje, usando la máscara y la ventriloquía.
De hecho, en el suplemento de Mario Martini que se publicaba en Noroeste en los ya mencionados años 80, seguido publicaba con seudónimos que sólo los muy allegados identificaban, como Roque Latripa y Shiram de la Fontana, este último usado para destrozar las obras de teatro musicales que hacían los aficionados de la High Clase patasalada en el Teatro del IMSS, hoy Antonio Haas, otro de sus horizontes también ya mencionado.
Él respondió a esa crítica publicando un cuento magistral en segunda persona: “Todo en orden”, relato de prosa suave, ambientada en alcoba y con el diálogo de un matrimonio en rutina que decide experimentar algo nuevo.
Este cuento fue muy celebrado y una forma muy propia de decir que si él quería, podría hacerlo como los otros, pero no se sentía cómodo en ese tipo de prosa porque le parecía impostada. Lo suyo tenía que ser visceral e inmediato. Contundente.
Su primer libro, “¿Quién habita el Angela Peralta?”, fue provocador porque apareció cuando dicho teatro estaba en ruinas y existía una inquietud por revivirlo. Pepe Franco hizo una serie de críticas inventivas e invectivas a las que, para él, eran versiones snob de ese rescate, una historieta ibargüengoitiana tipo “Estas ruinas que ves”.
Esta última novela me consta que él no la había leído entonces, ya que yo se la presté más adelante, cuando la reeditó Joaquín Mortiz, y no era asequible la primera edición de Novaro.
Ya para 1987 publicaría su novela más compleja, “Las memorias desparpajadas de Roque Latripa”, retomando el seudónimo que usaba en una de sus columnas, donde jugaba con diversos tiempos y hasta se dio el lujo de poner un tablero de direcciones como el Cortázar de “Rayuela”.
Debo añadir una novela previa, inconclusa, que publicó por entregas en un diario local, medio en broma y medio en serio, titulada “Memorias de un dinosaurio mazatleco”.
Más adelante, su sentido autocrítico y la necesidad de ganarse la vida le hicieron enmudecer. Inició una novela fársica sobre los Juegos Florales de Carnaval que no concluyó y, según nos anunció, había perdido a mitad de los 90 en una apocalipsis cibernética de su computadora personal.
Destaco muy especialmente un libro secreto, que hizo en coautoría con el señor Jesús Ernesto Gomez Rubio, las memorias tituladas “Mi viejo Mazatlan”, larga entrevista que se convirtió en un interesante testimonio de una vida en la ciudad.
Sus crónicas fueron editadas por el Isic con el título “Mira esta gente sola”. Es su texto más disponible en librerías.