La semana pasada, las redes sociales fueron escenario de un conflicto público entre líderes empresariales con fuerte presencia en Sinaloa. No voy a reproducir los detalles ni a señalar a nadie. Lo que sí quiero hacer es nombrar lo que ese episodio reveló: que en momentos de crisis, la fragmentación tiene un costo que no podemos seguir pagando.
Llevamos casi dos años navegando una tormenta que nadie eligió. Una crisis de seguridad que cambió la cotidianidad de miles de familias. Una crisis económica que se tradujo en más de 27 mil empleos perdidos, en 4 mil 704 patrones registrados menos, en comercios cerrados, en inversiones que se fueron y no han regresado. Dos años en que el pueblo sinaloense ha demostrado una resiliencia extraordinaria: saliendo a trabajar a pesar del miedo, reinventándose, buscando el sustento donde puede. Dos años en que el tejido productivo de la región ha resistido con un esfuerzo que merece todo el reconocimiento, pero también toda la claridad sobre lo que viene.
Y en ese contexto, ver a los líderes empresariales pelearse en público duele. No porque las diferencias sean ilegítimas, sino porque el momento exige exactamente lo contrario: una épica común.
Tomo prestada esa expresión de un libro que llegó a mis manos hace poco por medio de Ernesto López Portillo Vargas en un evento organizado por Noroeste y que me dejó pensando durante días. Se llama Cómo cultivar una épica común, de Leonardo Maldonado Figueroa, y es parte de una serie de cuadernos de colaboración extrema. Su tesis central es deceptivamente sencilla: los seres humanos somos animales que cuentan historias, y el futuro de cualquier comunidad depende, en buena medida, de las historias que sus actores se cuentan sobre sí mismos, sobre su presente y sobre el futuro que quieren construir juntos.
El libro lo ilustra con un ejemplo que no deja de resonar. Nelson Mandela, al llegar a la Presidencia de una Sudáfrica partida en dos por décadas de apartheid, tenía frente a sí un pasado que sólo ofrecía material para el odio y la revancha. Y sin embargo, encontró en el rugby, el deporte del enemigo, el símbolo que podía convertirse en el centro de un nuevo nosotros. No lo hizo con discursos, sino con gestos concretos, con prácticas, con una narrativa que convocó a personas que nunca habían estado en el mismo bando. Ganaron el Mundial. Ganó un país.
¿Qué tiene que ver eso con Sinaloa? Todo. Porque lo que Maldonado propone no es una teoría para estadios ni para grandes gestas históricas. Es una metodología para cualquier comunidad que enfrenta desafíos que ningún actor puede resolver solo. Y la épica, dice, tiene tres dimensiones: honrar el pasado que nos trajo hasta aquí, nombrar con honestidad el presente que estamos viviendo, y construir una visión de futuro que convoque a la mayor cantidad de personas posible a colaborar.
El pasado empresarial de Sinaloa es bueno. Generaciones de emprendedores que levantaron empresas en condiciones difíciles, que construyeron empleo, que aprendieron a adaptarse, que pusieron a Sinaloa en el mapa económico nacional. Ese linaje existe. Esa historia merece ser honrada y no dilapidada en disputas públicas que sólo alimentan la narrativa del caos.
El presente es doloroso, pero también está lleno de personas que no se han rendido. Empresarios que mantienen sus nóminas con sacrificio. Colaboradores que llegaron a trabajar cuando tenían miedo de salir a la calle. Emprendedores que abrieron un negocio mientras otros cerraban. Esos son los líderes del presente, los que encarnan lo que significa danzar en el presente que nos tocó, como diría el libro.
Y el futuro que vale la pena construir juntos tiene un contenido muy concreto: más empleos, mejor pagados, con mayor calidad de vida para las personas que trabajan en las empresas. No es un slogan. Es la condición básica para que Sinaloa pueda reconstruirse. Una empresa que crece, que paga bien, que trata con dignidad a sus colaboradores, no solo genera riqueza: genera el tejido social que hace posible una comunidad más resiliente, más cohesionada, más capaz de enfrentar lo que venga.
¿Puede haber diferencias entre los líderes empresariales? Por supuesto. Las diferencias son naturales y muchas veces productivas. Lo que no puede haber, en este momento, es el espectáculo de la fragmentación. Porque ese espectáculo no sólo debilita a quienes participan en él: envía a toda la sociedad sinaloense la señal de que los que deben liderar no tienen claro hacia dónde van.
La épica común no se construye borrando las diferencias. Se construye encontrando aquello que, más allá de las diferencias, convoca a todos hacia el mismo horizonte. En Sinaloa ese horizonte existe y es urgente: una economía que vuelva a crecer, empleos dignos, seguridad para trabajar y vivir, un estado donde valga la pena quedarse y al que valga la pena apostar.
Esa es la historia que necesitamos hacer realidad.