Leyendo la historia de la mafia italiana y conversando en pasillos con policías, así empezó mi carrera profesional; por tanto, jamás creí en aquello de que la delincuencia organizada florece donde el Estado está ausente. Esas conversaciones me traían relatos del norte, centro y sur del País porque convivía con aspirantes e integrantes de la Policía Judicial Federal, cuando se les formaba al lado del Instituto Nacional de Ciencias Penales. Descansar este tema en el argumento de la ausencia o presencia material del Estado es una lamentable simplificación que distrae del fondo del asunto. La presencia o ausencia de la infraestructura del Estado es en realidad el síntoma de una relación donde muchas de las decisiones políticas sobre qué hace el Estado, dónde y con qué recursos son parte de la regulación precisamente política del fenómeno criminal. Veamos la evidencia reciente.
“En comunidades de toda América Latina, las organizaciones criminales proporcionan orden y seguridad básicos. Si bien la investigación multidisciplinaria sobre la gobernanza criminal (GC) ha esclarecido su dinámica mediante cientos de estudios de casos específicos, su alcance sigue siendo poco estudiado. Utilizamos datos novedosos de encuestas representativas a nivel nacional -validados mediante un compendio de fuentes cualitativas- para estimar la prevalencia de la GC en 18 países y explorar sus correlatos en múltiples niveles”.
Sigue el texto: “En conjunto, el 14 por ciento de los encuestados indicó que los grupos criminales locales mantienen el orden o reducen la delincuencia, lo que equivale a entre 77 millones y 101 millones de latinoamericanos que experimentan la gobernanza criminal. Contra toda intuición, la GC presenta una correlación positiva tanto con la percepción de los encuestados sobre la calidad de la gobernanza estatal como con las medidas objetivas de la presencia del Estado a nivel local. Estos resultados descriptivos son compatibles con diversas vías causales, incluidos hallazgos específicos de casos que indican que la presencia del Estado -y no su ausencia- impulsa la gobernanza criminal”.
Estamos ante un “duopolio de la violencia”, donde la gobernanza estatal y criminal se superponen en una relación estable; los grupos criminales “no buscan derrocar o separarse del Estado”. Los duopolios de la violencia no son excepcionales, especialmente en núcleos urbanos; “las fuerzas del Estado usualmente pueden entrar en las áreas de gobernanza criminal a su voluntad, aunque no siempre sin violencia, pero el Estado típicamente no logra eliminar a estas organizaciones ni incorporarlas formalmente a su aparato coercitivo”.
La existencia de estos duopolios contradice la visión convencional de que las organizaciones criminales solo gobiernan para llenar vacíos dejados por la ausencia del Estado; por el contrario, los datos muestran que la gobernanza criminal suele concentrarse en lugares donde el Estado es relativamente fuerte; “el orden local y la seguridad dependen simultáneamente tanto del Estado como de los grupos armados criminales con los que el Estado nominalmente combate”.
México se analiza como uno de los casos más relevantes de gobernanza criminal en América Latina; el País muestra que estas organizaciones pueden prosperar en entornos con presencia estatal significativa.
En nuestro caso “el control de los carteles se entrelaza con la lógica política y electoral” y la gobernanza estatal y la criminal se superponen a través de la colusión. En resumen, los autores utilizan el caso de México para demostrar que la gobernanza criminal es un fenómeno complejo que no depende de la debilidad del Estado, sino que a menudo se integra en sus estructuras políticas y económicas locales.
Muy lejos está todo esto de ser un problema de seguridad; asistimos a la reconfiguración política estructural de la región y requerimos otra caja de herramientas para entenderla. El Estado y los grupos criminales coexisten en tensión, conflicto, colaboración, simbiosis, todo lo anterior y, si podemos hablar de un “duopolio de la violencia”, entonces, habría que preguntarse quién manda donde uno está parado.