¿Quién celebra el 10 de Mayo?

13/05/2026 04:01
    La narrativa que existe hoy en torno al 10 de Mayo debería hacernos cuestionar el tipo de sociedad que hemos construido y que seguimos reproduciendo, una donde el cuidado sigue descansando desproporcionadamente sobre las mujeres; en donde la maternidad continúa romantizándose mientras el trabajo cotidiano que implica permanece invisibilizado. Una sociedad donde las empresas ganan miles de millones alrededor de la fecha mientras millones de mujeres siguen sosteniendo, la mayor parte de las veces solas y sin reconocimiento real, buena parte de la vida económica y emocional de nuestras sociedades.

    Este año, de acuerdo con la Concanaco, el 10 de Mayo generaría en México una derrama económica estimada en más de 94 mil millones de pesos. Restaurantes llenos, flores, joyería, perfumes, ropa, electrodomésticos, promociones, campañas publicitarias, viajes y redes sociales inundadas de mensajes sobre el amor incondicional de las madres.

    La pregunta que es inevitable hacerse es: ¿cuánto de todo ese dinero transformó realmente la vida de las mujeres a las que se supone se festeja?

    Mientras millones de personas celebraban, en muchas casas mexicanas ocurrió una escena bastante conocida: la madre despertó temprano para organizar la comida familiar “en su honor”, acomodó la casa antes de que llegaran los invitados, coordinó horarios, resolvió pendientes y terminó limpiando después de la celebración. A veces alguien, en un gesto de educación y generosidad, llevó el pastel, alguien más flores y alguien le regaló una licuadora o un sartén.

    Esa escena, aparentemente inofensiva, dice mucho más sobre nuestra cultura de lo que estamos dispuestos a reconocer.

    El problema, por supuesto, no es la maternidad. Para muchas mujeres ser madres es una experiencia profundamente significativa y amorosa. El problema es la forma en que durante décadas las sociedades construyeron alrededor de ella una expectativa permanente de sacrificio, cuidado y postergación personal.

    El Día de las Madres moderno nació en Estados Unidos impulsado por Anna Jarvis a principios del Siglo 20 para honrar a su madre. Lo paradójico es que la propia Jarvis terminó rechazando la comercialización de la fecha al ver cómo florerías, restaurantes y grandes almacenes la transformaban en un enorme negocio. Hay que decirlo, el negocio funciona extraordinariamente bien.

    Mientras el 10 de Mayo mueve miles de millones de dólares y pesos, las mujeres siguen realizando la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado del mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres realizan alrededor de 76 por ciento de ese trabajo invisible sobre el que se sustenta la vida cotidiana: cuidar niñas y niños, acompañar personas enfermas, atender adultos mayores, encargarse de la parte no humana de la familia, cocinar, limpiar y resolver la logística emocional de quienes les rodean. En América Latina, además, las mujeres dedican entre dos y tres veces más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados que los hombres.

    La mayor parte de ese trabajo sigue sin pagarse, sin reconocerse y sin redistribuirse. Sigue siendo invisible e invisibilizado.

    A eso se suma otra idea igual de persistente: creer que una mujer que no tuvo hijos “no se realizó”, como si la experiencia femenina pudiera reducirse a una sola trayectoria legítima. Como si todas las mujeres debieran maternar de la misma forma, desear lo mismo o encontrar plenitud únicamente a través de la maternidad.

    La realidad es infinitamente más compleja. Para millones de mujeres, la maternidad no fue necesariamente una elección libre ni una experiencia luminosa. Cada año una de cada cinco niñas en el mundo es obligada a casarse antes de los 18 años, de acuerdo con Unicef.

    América Latina y el Caribe, además, sigue teniendo una de las tasas más altas de embarazo adolescente del mundo; cada año 1.6 millones de niñas y adolescentes dan a luz en la región. Las consecuencias socioeconómicas del embarazo en adolescentes y la maternidad temprana en 15 países de la región, tienen un costo estimado de USD 15.300 millones.

    A esta realidad hay que sumar a las madres que transformaron la maternidad en resistencia política. Las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, las madres de Bosnia, las madres de Colombia y las madres buscadoras en México nos hacen evidente una verdad lamentable y dolorosa en torno a la maternidad; muchas veces son las propias madres quienes terminan haciendo el trabajo que los Estados no hicieron: buscar desaparecidos, exigir justicia, mantener la memoria.

    Por eso el 10 de mayo es un día político.

    Esto me regresa a la pregunta inicial: el pasado 10 de Mayo movió más de 94 mil millones de pesos en México en regalos y gastos diversos. ¿Cómo cambió todo ese dinero la vida de las mujeres?

    ¿Cómo benefició a las madres que siguen criando a sus hijas e hijos solas? ¿A las mujeres que realizan jornadas dobles o triples de trabajo? ¿A las madres buscadoras que siguen excavando la tierra mientras el país celebra? ¿A las niñas obligadas a convertirse en madres y a quienes se les ha robado la posibilidad de un futuro propio? ¿A las mujeres que dejaron de estudiar, trabajar o construir autonomía económica porque alguien tenía que cuidar a los demás?

    La narrativa que existe hoy en torno al 10 de Mayo debería hacernos cuestionar el tipo de sociedad que hemos construido y que seguimos reproduciendo, una donde el cuidado sigue descansando desproporcionadamente sobre las mujeres; en donde la maternidad continúa romantizándose mientras el trabajo cotidiano que implica permanece invisibilizado. Una sociedad donde las empresas ganan miles de millones alrededor de la fecha mientras millones de mujeres siguen sosteniendo, la mayor parte de las veces solas y sin reconocimiento real, buena parte de la vida económica y emocional de nuestras sociedades.

    Quizá por eso el 10 de mayo resulta una fecha tan contradictoria. Claro que hay amor auténtico y gratitud hacia muchas madres y también existe felicidad genuina, pero también existe algo profundamente violento en celebrar durante unas horas a las mujeres sobre cuyos hombros seguimos descargando buena parte del cuidado, del desgaste y de las renuncias cotidianas que permiten que todo lo demás funcione.

    Esa realidad, nos guste o no llamarla así, es política.

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    La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.