Antes de que CNN publicara recientemente su nota “Who are the Stealthy Wealthy and How Do They Make Their Money”, en la que se analiza a una nueva élite económica que acumula riqueza sin visibilidad pública ni protagonismo institucional, ya había planteado una idea central en mi artículo “Currículo Invisible”: en nuestro País, el talento rara vez es el factor decisivo para el éxito económico o profesional; lo son las conexiones.
La publicación de CNN no contradice ese diagnóstico. Por el contrario, lo confirma, aunque desde un ángulo distinto. Lo que en economías desarrolladas aparece como una riqueza silenciosa ligada a la innovación, la eficiencia o la sofisticación financiera, en México adopta una forma mucho más problemática: una riqueza que se construye fuera de los canales meritocráticos, educativos e institucionales, y que no suele estar vinculada al desarrollo de capacidades colectivas.
México no carece de empresarios exitosos. Carece de un sistema que permita que el talento educativo se convierta, de manera sistemática, en emprendimiento, innovación y riqueza productiva. Aquí, quien se hace rico rara vez lo hace porque fue el mejor estudiante, el más creativo o el más preparado, sino porque supo leer el entorno relacional, insertarse en redes cerradas o aprovechar zonas grises del diseño institucional.
Esto no es una anomalía cultural; es una consecuencia estructural. Como explican Daron Acemoglu y James Robinson, las economías donde las instituciones son capturadas por élites terminan premiando el acceso y castigando la aportación. México, en ese sentido, no es un país pobre: es un país extractivo, donde el éxito depende de pertenecer más que de producir.
La nota de CNN describe a personas que acumulan riqueza sin buscar reconocimiento, poder político o visibilidad social. En México, ese perfil existe, pero con una diferencia sustantiva: la discreción no es una elección estética, sino una estrategia de supervivencia institucional. La riqueza silenciosa mexicana suele evitar la exposición porque no nace de un sistema con reglas claras (transparente) y replicable, sino de arreglos particulares, oportunidades no escalables y relaciones que no toleran escrutinio.
Una parte relevante de la acumulación de riqueza no se produce porque el sistema funcione bien, sino a pesar de que funcional mal... aprovechando sus grietas.
Esto explica una paradoja profunda: México tiene millonarios, pero no tiene suficientes empresarios transformadores; tiene universidades prestigiosas, pero no una movilidad social sostenida; tiene talento abundante, pero no mecanismos eficaces para convertirlo en palanca de desarrollo.
Aquí el vínculo con el currículo invisible es directo. Cuando la educación no se traduce en oportunidades reales, el talento deja de ser una ventaja competitiva y se convierte, incluso, en una desventaja. El estudiante brillante, sin redes ni apellido, no accede a capital, contratos, información ni protección. Aprende pronto que saber no basta. Y cuando el sistema enseña eso, lo racional no es innovar, sino adaptarse, imitar o salir.
Como advertía Amartya Sen, las capacidades sólo generan libertad cuando existen condiciones institucionales para ejercerlas. México produce capacidades educativas, pero bloquea su conversión en trayectorias económicas autónomas. Y así, la riqueza que emerge no eleva al conjunto de la sociedad, porque no proviene del talento que podría transformarla.
Por eso, la discusión no es moral, sino estratégica. Un país que no permite que el talento compita en igualdad de condiciones no sólo es injusto: es ineficiente, frágil y condenado a la mediocridad estructural. La riqueza silenciosa puede coexistir con el estancamiento nacional, pero nunca sacarlo de él.
Este artículo no busca condenar a quienes han sabido prosperar dentro de las reglas reales del sistema. Busca algo más urgente: preguntarnos qué tipo de instituciones estamos diseñando cuando el talento educado no es el camino más viable hacia el éxito económico.
En una siguiente entrega abordaré precisamente eso: qué reformas institucionales concretas -educativas, económicas y de gobernanza- serían necesarias para que el talento deje de ser una amenaza y se convierta, por fin, en la palanca del desarrollo mexicano. Porque mientras el mérito siga siendo ornamental y las conexiones sigan siendo decisivas, México seguirá produciendo riqueza silenciosa, pero no progreso compartido.
Ante Notario
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El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.