En la columna anterior, no alcanzó el espacio para dedicar un poco más de introducción a la Segunda Sinfonía de Sibelius, que se interpretará este jueves y el domingo en el correspondiente concierto de la OSSLA, bajo la conducción del maestro Gordon Campbell.
Gracias a esta obra, Sibelius -quien ya había escrito un poema sinfónico a Finlandia, en 1899 y 1900- se convirtió en un héroe nacional al evadir la censura zarista con su segunda sinfonía (1901-1902), iniciada durante su estancia en Rapallo, Italia. El carácter nacionalista e íntimo de la obra se refleja en estas palabras de Sibelius: “Mi segunda sinfonía es una confesión del alma”.
La sinfonía le fue encargada por el Barón Axel Carpelan, quien lo exhortó a componer: “Has estado sentado en casa durante bastante tiempo, señor Sibelius, ya es hora de que viajes. Pasarás el final del otoño y el invierno en Italia, un país donde se aprende cantabile, equilibrio y armonía, plasticidad y simetría de las líneas, un país donde todo es bello, incluso lo feo. ¿Recuerdas lo que Italia significó para el desarrollo de Tchaikovsky y para Richard Strauss?”.
La mayoría de los finlandeses relacionaron esta obra con la independencia de su país, aunque muchos no alcanzan a descubrir ningún mensaje patriótico en el texto. Lo cierto es que el cuarto movimiento, que está ya prefigurado desde el primero a través de tres notas, es grandioso, sublime y romántico, al grado que quien la escucha percibe este glorioso momento como un éxtasis. Ese arrobador cuarto movimiento -sin demeritar la obra completa- vale con su heroísmo, romanticismo y dramatismo toda la segunda sinfonía, porque la obra alcanza su máximo clímax y uno no puede sustraerse a su belleza, cadencia, arrobamiento y embrujo.
¿Disfruto el carácter heroico, sublime y romántico?