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El mundo está hambriento de paz; las múltiples guerras, revueltas, conflictos y desacuerdos lo reflejan con claridad meridiana. Para tratar de solucionar este desfase- lo dijimos en otra ocasión- hace falta pacificar el alma. Pero no basta con esa primaria actitud personal, también hace falta encontrar almas pacificadoras. De hecho, Jesús pronunció una bienaventuranza por los pacificadores: “Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios”, (Mateo 5,9).
Esta elemental tarea de pacificar el mundo se torna cada vez más difícil. Se podría pensar que con tantos adelantos tecnológicos y numerosas jornadas de desarme y concientización sobre el cambio climático sería más factible encontrar pacificadores; sin embargo, no basta contar con buenos instrumentos y utensilios adecuados, lo más importante es sanar y purificar el corazón del ser humano.
La tecnología ayuda a acercar a los distantes, pero desgraciadamente aleja a los próximos. En efecto, tenemos muchos amigos virtuales, pero muy pocos reales. Enviamos demasiados abrazos virtuales, pero no nutren ni apapachan como los quebrantacostillas. Es cierto que la pandemia nos condicionó a permanecer a la distancia, pero, tal vez, más de alguno encontró cómodas estas medidas y disposiciones, al grado que quisiera que la pandemia fuera perpetua.
José Luis Martín Descalzo, en su libro Razones para la alegría, escribió: “¡Qué pocas almas pacíficas y pacificadoras se encuentra uno en la vida cotidiana! Hablas con la gente, y a la segunda de cambio te sacan sus rencorcillos, sus miedos; te muestran su alma construida, si no de espadas, sí, al menos, de alfileres. ¡Qué gusto, en cambio, cuando te topas con ese tipo de personas que irradian serenidad; que conocen, sí, los males del mundo, pero no viven obsesionados por ellos; que respiran ganas de vivir y de construir!”
¿Tengo un alma pacífica y pacificadora?