Vivir a plenitud

    La pandemia nos ha arrebatado a muchas personas queridas: padres, hermanos, hijos, abuelos, tíos, primos, sobrinos, amigos, compañeros y conocidos. Es una lástima perder a personas entrañables y valiosas, sobre todo cuando sentimos que su participación era importante y que les faltaba mucho trecho por recorrer.

    Resulta lamentable que innumerables familias hayan perdido el puntal de su mantenimiento (como se dice coloquialmente: “el horcón de en medio”) y que los hijos naufraguen en la orfandad. Aunque, últimamente, también han fallecido bastantes niños y jóvenes, que dejan un hueco difícil de llenar.

    Esta terrible enfermedad aceleró los índices de fallecimientos. En verdad, los números que manejan las autoridades se quedan cortos, las cifras son inmensamente mayores. Por desgracia, en ocasiones no se han tomado las medidas adecuadas y oportunas por parte de los responsables, así como no siempre la población ha observado rigurosamente los protocolos.

    Sin embargo, lo más preocupante no es la cifra de vidas que han terminado, sino reflexionar si se desarrollaron a plenitud. No importa el número de años, lo esencial es la forma en que se han vivido: si se han aquilatado o simplemente han transcurrido.

    Conocí a Eduardo Maytorena García muy joven, pues tuve la fortuna de convivir con sus padres y hermanos. Siempre fue sereno y responsable. Se casó con Laura Delia Hays Gallardo, otra gran amiga. Después de laborar en varias empresas adquirió amplio conocimiento de la organización de las mismas. Finalmente, decidió crear junto a su esposa su propia empresa para capacitar a las personas. De hecho, en su perfil de Linkedin dice: “Experto en elevar el nivel de conciencia de las personas”.

    En una charla que ofreció en TEDx, culminó con estas palabras: “No se permitan, por ningún motivo, no vivir una vida con plenitud”.

    ¿Vivo plenamente?

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