Amante de los animales, recuerdan amigos y vecinos a Sara
Eran las 7:30 cuando mataron a Sara, “La Chinita”, cómo le decían en el barrio de la Hidalgo, muy cerca del mercadito.
La luz amarillenta del ocaso que bajaba desde el centro de Culiacán se iba apagando cuando un tirador experto se acercó a la guardería de perritos donde estaba sentada junto a Teresa, un hombre mediano, de estatura mediana y andar mediano: le disparó una bala a la cabeza de cada una.
Mientras tanto, Karely y su hija Itzel esperaban, al otro lado de la calle, en la camioneta blanca a su esposo, mientras éste instalaba una lavadora en el negocio de Sara; era el último trabajo de la tarde y hacerlo en familia antes de ir a casa era lo normal.
Testigos relatan que el tirador escuchó los gritos y llantos de las mujeres en la camioneta y disparó hacía ellas, luego se acercó a la camioneta y las asesinó a quemarropa.
Ya oscurecía cuando el tirador se fue, así como llegó, tranquilo, a paso normal y se perdió en el entramado de calles del Mercadito de la Juárez a la vista de los locatarios y poquísimos clientes que aún caminaban por la zona.
El dolor de la impunidad
Uno de los testigos se agarra la panza con molestia y reniega de lo que vio, dice que no pudo dormir esa noche al recordar a “La Chinita” y verla pedir auxilió llena de sangre y ojos suplicantes, mientras el tirador asesinaba a las mujeres en la camioneta.
“Todavía respiraba la muchacha, pero la ambulancia no quiso venir, y los soldados se fueron de paso y llegaron mucho después”, dijo.
Los que vieron el asesinato llamaron al 911, otros se asomaron al fondo de la calle, porque acababa de pasar un convoy del Ejército, pero nadie contestó ni volvió.
Sara murió minutos después, pidiendo ayuda, y el ambiente, lleno de pólvora, quedó en silencio por la masacre presenciada.
“La Chinita” y su amor por los perritos
Sara había materializado su gusto por los animales con una guardería de perritos, un oficio de esos que no te buscan enemigos.
Algunos locatarios vecinos de Sara hablan de ella con admiración y respeto: veían en ella bondad y trabajo y su asesinato dejó una sensación de duelo en todo el barrio.
“Tenía una perrita que se llama Emilia, le hablaba como a una niña... le encantaban los animales, eran su vida. Desde chiquita le gustaba mucho”, dijo una vecina.
Proveniente de una familia de comerciantes, Sara Elizabeth vivía de manera tranquila, relatan sus conocidos.
Fue amante de los animales, dicen que tenía al menos cinco perros rescatados en su casa y su trabajo cuidando de ellos se traducía en prosperidad en su naciente negocio.
En la fachada de la guardería de Sara se fueron acomodando algunas veladoras y un par de arreglos florales en las orillas, para honrar su memoria, apenas unas horas después del hecho violento.
Los comerciantes cercanos abrieron tarde y atienden con pesar; sus miradas se dirigen al altar de Sara cada cierto tiempo, como si buscaran a “La Chinita” en la banqueta, atendiendo a sus animales con amor y esa sonrisa que iluminaba ese tramo de la calle Miguel Hidalgo.