Cuando el mar dejó de ser aliado
LAS AGUAMITAS, Navolato._ Las Aguamitas nació mirando al mar.
Hace aproximadamente 60 años, los primeros habitantes llegaron desde poblados cercanos atraídos por la posibilidad de vivir de la pesca. La geografía parecía estar de su lado: una península rodeada por mar y esteros, con salida hacia el océano Pacífico a través de la bahía de Las Aguamitas y la Barra de La Tonina.
Los esteros eran la protección natural. El mar, el sustento.
Hasta el domingo.
Eran alrededor de las 8:00 horas del 27 de septiembre cuando el agua comenzó a entrar a las viviendas ubicadas en las zonas más bajas del campo pesquero.
No fue una lluvia intensa la que llenó las casas. Fue la marea.
Los habitantes cuentan que prácticamente no llovió en la comunidad. El agua llegó desde el mar, avanzó por los esteros y comenzó a ganar terreno hasta meterse en las viviendas.
Primero fueron los patios, después las calles, luego las casas.
El nivel siguió subiendo poco a poco hasta alcanzar las rodillas dentro de algunas viviendas. En los puntos más bajos llegó hasta la cadera.
Afuera, las calles desaparecieron bajo el agua y, para algunas familias, entrar o salir de sus casas dejó de ser una tarea sencilla.
Más de 24 horas después, todavía había viviendas a las que solamente se podía llegar atravesando estanques de agua salada.
El huracán Polo, desarrollado en el Pacífico mexicano, elevó el nivel del mar y llevó el agua hasta lugares donde los habitantes de Las Aguamitas no acostumbraban verla.
Para quienes viven de la pesca, la escena tiene una contradicción difícil de ignorar: el agua es su trabajo, y esta vez, la causa de sus pérdidas.
El capítulo de la marea que se lo llevó todo no puede leerse desde otro sentimiento que el de la traición. Un mar que lo reclamó todo.
El agua dentro de la casa
Santa Isabel Flores Inzunza tiene 49 años y toda su vida ha vivido en Las Aguamitas.
Conoce el comportamiento del mar, las mareas y los caminos de la comunidad. Pero dice que nunca había vivido una inundación como esta.
En su casa, el agua alcanzó lo suficiente para dañar buena parte de sus pertenencias. El “freezer”, refrigerador, la estufa, las camas, los roperos, su ropa y cobijas.
La cuenta que hace Santa Isabel ronda los 60 mil pesos, perdidos en la sal del mar.
Pero hay una pérdida que le preocupa particularmente. El “freezer”, un congelador tipo cofre que es utilizado para guardar camarón y pescado.
Lo había preparado para la temporada de camarón, porque para una familia de pescadores los equipos de conservación forman parte de las herramientas con las que se trabaja.
“Ya estaba preparada para la zafra y se me mojó todo. Se me echó a perder el freezer, el refrigerador y la estufa. Y la verdad es lo que más me pesa”, cuenta.
Ahora el agua todavía permanece en algunos puntos de la comunidad.
Santa Isabel camina por las viviendas cercanas y muestra lo que dejó la inundación.
Hay motocicletas completamente cubiertas.
Los propietarios temen que el agua salada haya alcanzado los mecanismos y provocado daños que no podrán resolverse simplemente dejando que las unidades se sequen.
Los refrigeradores corrieron una suerte similar.
En prácticamente todas las casas que se inundaron, los aparatos quedaron bajo el agua o resultaron afectados por la humedad y la salinidad.
El problema tampoco termina con las pertenencias dañadas.
Las familias necesitan comer.
Algunas lograron salvar parte de sus despensas al colocar los productos en lugares altos. Otras enfrentan ahora el problema de no poder salir con facilidad de sus viviendas para comprar alimentos.
Las casas que se encuentran en las partes más bajas permanecen rodeadas por agua.
El refrigerador que antes servía para guardar comida ahora es parte de las pérdidas.
La motocicleta que permitía salir a comprar o trabajar está secándose en el patio, sin saber si va a prender o no.
La casa, que debería ser el lugar seguro, todavía tiene el camino de entrada convertido en un estanque.
Dormir fuera de casa
En la primaria Lázaro Cárdenas, las aulas dejaron por un momento su función habitual.
El Ayuntamiento de Navolato instaló ahí un albergue para las personas que no pudieron pasar la noche en sus casas.
El Ayuntamiento desplegó un operativo para atender a los afectados y, con respaldo de la Secretaría de Marina y el Ejército Mexicano, comenzó la entrega de comida caliente.
Ahí la pasaron la noche 23 personas, entre ellos 3 menores de edad, en un salón de clases y con solo la ropa que tenían puesta pues no había manera de cargar con más.
A mediodía de este lunes había menos personas que las 23 registradas, pues los más jóvenes fueron a las casas inundadas para comenzar a limpiarlas y tratar de volver a instalarse.
La Secretaría de Bienestar también llevó cobijas y apoyos a las viviendas.
Son medidas para atravesar la emergencia inmediata.
Pero los habitantes saben que cuando el agua se retire comenzará otra parte del problema: saber qué quedó funcionando y qué tendrá que ser reemplazado.
Por eso Santa Isabel pide que las autoridades no se limiten a llevar comida y cobijas.
“Pedimos al Gobierno, al que sea, que vengan y nos apoyen, porque la realidad de las cosas es que hay mucha pérdida. Somos familias que aquí mismo tenemos nuestras familias y todos estamos jodidos. No hay para dónde irse”, dice.
La mujer que esperaba a su hija
Entre los catres de la primaria estaba Rosalinda Mora Ramírez.
Ella no llegó al campo pesquero para quedarse, a pesar de tener una casa ahí.
Había acudido para recibir su tarjeta del Bienestar. Normalmente vive con una de sus hijas en otra comunidad.
Pero la inundación cambió sus planes.
El agua la alcanzó en Las Aguamitas y tuvo que ser rescatada.
Llegó al albergue prácticamente con lo que llevaba puesto.
Sus hijas viven en distintas comunidades: una en Lo de Barrón, con quien esperaba poder reunirse.
Una de ellas le había dicho que fuera a Las Aguamitas para recibir la tarjeta.
“Madre, se vaya para allá porque le van a dar la tarjeta”, recuerda Rosalinda que le dijo su hija.
Fue.
Y ahí se quedó atrapada. Ahora esperaba que su hija pudiera ir por ella.
No tenía saldo para comunicarse directamente y dependía de que su familia pudiera localizarla.
Además, el vehículo con el que podrían recogerla tenía un problema: la batería había sido prestada y todavía no se la devolvían.
“Pues no dejan salir. No dejan salir, si no pues ya me hubiera ido, pero... ¿A dónde me voy a ir?”, dice.
Su casa también quedó afectada.
Cuando habla de ella, la voz se le desgasta.
Pide cosas básicas para volver a empezar: un refrigerador, una estufa, un cilindro de gas, ropa y despensa.
“Con lo que gusten”, responde cuando le preguntan qué apoyo necesita.
Pero antes de hablar de pérdidas materiales recuerda el momento en que vio llegar el agua.
“Ay, mijo, sentí que me iba a ahogar”, cuenta.
La sacaron en medio de la emergencia.
Ahora permanece en el albergue mientras espera poder regresar o que alguien vaya por ella.
Otra vez el mar
Aurora Felícitas Arce Morales también conoce lo que significa vivir frente al mar.
Ha pasado toda su vida en Las Aguamitas.
Frente a su casa el agua subió, aunque no alcanzó a entrar completamente.
“Es agua de la marea, porque la marea está bien fuerte”, explica.
Mientras habla, recuerda que durante años le advertían que el mar podía salir de su sitio.
Dice que esta vez lo vio avanzar.
En Las Aguamitas, cuenta, el agua comenzó a entrar por detrás y por delante de algunas viviendas.
Su hermana tuvo que ser sacada en una lancha.
Ella consiguió salir hacia el bordo de la carretera.
Ahora sabe que tendrá que esperar a que el agua se retire antes de regresar con normalidad.
No es la primera vez que una crecida obliga a los habitantes a salir.
Hace alrededor de 20 años, recuerda, también fueron evacuados.
Entonces salieron en panga y posteriormente fueron trasladados en camiones a la cabecera municipal de Navolato.
La diferencia ahora está en las dimensiones de las pérdidas que todavía no alcanzan a contabilizar.
Vivir del agua
Las Aguamitas se formó alrededor de la pesca.
Los primeros habitantes llegaron porque encontraron en ese lugar una oportunidad para trabajar en el mar.
La bahía y los esteros ofrecían las condiciones para desarrollar la actividad. La salida hacia mar abierto convirtió a la zona en un punto adecuado para los pescadores.
Durante décadas, las familias aprendieron a convivir con las mareas. El mar les daba alimento y trabajo. Les daba una temporada de camarón, pescado y otros productos.
Pero también les imponía sus condiciones.
Esta vez las condiciones llegaron hasta las casas.
El agua salada no solamente inundó habitaciones. Alcanzó muebles, electrodomésticos, vehículos y equipos que los pescadores habían adquirido para trabajar.
Por eso los habitantes consideran necesario un recorrido integral de las autoridades y una evaluación de los daños que incluya también a quienes perdieron herramientas de trabajo.
La atención, dicen, no puede terminar con la entrega de una despensa.
El campo pesquero necesita saber qué se perdió y qué puede recuperarse.
También qué apoyo habrá para quienes tendrán que reponer equipos indispensables para la temporada de camarón.
El mar también llegó a otros campos
Las Aguamitas no fue el único punto afectado.
En Yameto, Altata, Dautillos y El Tetuán también se registraron afectaciones relacionadas con el incremento del nivel del mar.
En estos campos pesqueros, el agua alcanzó las zonas bajas y dejó viviendas y espacios de trabajo afectados.
La particularidad de esta emergencia es que el agua no llegó desde el cielo, llegó desde el océano.
Los habitantes lo repiten al contar lo ocurrido: no fue una inundación provocada por una lluvia que se acumuló en las calles. Fue el mar el que avanzó.
El mismo mar que cada mañana representa la posibilidad de conseguir alimento.
El mismo que durante décadas permitió que Las Aguamitas creciera. El mismo que hizo que sus primeros habitantes decidieran quedarse.
Cuando baje el agua
Todavía quedan charcos donde antes había caminos.
Hay casas a las que no se puede entrar sin mojarse las piernas.
Hay refrigeradores que ya no enfrían. Freezers que dejaron de funcionar justo cuando comenzaba la temporada para la que fueron preparados. Motocicletas cuyo futuro depende de cuánto tiempo permanecieron bajo el agua salada. Hay camas y colchones que deberán desecharse. Hay familias que todavía esperan regresar a sus casas. Y hay un saldo de daños que todavía no termina de escribirse.
Santa Isabel mira alrededor y vuelve a explicar por qué, a pesar de todo, las familias siguen ahí.
“Tenemos que salir adelante. Al final del día, ustedes viven aquí cerquita del mar porque somos pescadores, pues. Es lo único que tenemos”, dice.
En Las Aguamitas no pueden alejarse del mar para resolver el problema que el mar les dejó. Su trabajo está ahí. Su historia también.
Por eso la contradicción permanece frente a sus casas inundadas: aquello que durante seis décadas fue sustento, camino y fuente de vida entró esta vez por las puertas.
Ahora toca esperar a que el agua termine de bajar.