Desplazados de Las Víboras hallan refugio en Costa Rica; aseguran que ya no quieren volver
En Las Víboras nada más se puede observar a un viejo reposando del calor en la entrada junto al canal, como si pasara el día cuidando a unos chivos mal trechos que deambulan por las siete calles del pueblo solitario.
Al fondo, el polvo se levanta en remolinos escandalosos que rompen en las paredes de la escuelita comunitaria de la Congregación Lombardo Toledano, como se llama desde 2010 este pueblo.
Las más de 80 familias que vivían allí, se fueron después de que un emisario armado llegara a tocar las puertas de cada casa.
“Se tienen que ir del pueblo, es por su seguridad. Luego vuelven”, les dijo.
Después de eso, todo se convirtió en una lucha contra la intemperie, el miedo y el desprendimiento de las añoranzas al dejar sus raíces.
El pueblo, se encuentra a ocho kilómetros de Costa Rica, a 11 kilómetros de Villa Juárez y a poco más de 22 de Culiacán, está rodeado de parcelas y canales de riego. Parecía un buen lugar para vivir y el desarrollo de su escuela hacía pensar que todo era crecimiento positivo.
Aún casi todos los pobladores y vecinos conocen al pueblo como Las Víboras.
Está anclado a la precariedad del aislamiento, sus pobladores renegaban históricamente de las condiciones geográficas ya que es una zona hundida, en donde cada lluvia tenía la garantía de meter agua a sus casas.
La situación, según recuerdan, se agravó cuando se construyeron granjas camaroneras en la zona, ocasionando más afectaciones, como el reblandecimiento del suelo y la permanencia de animales e insectos como plaga.
La imagen más nostálgica y dolorosa del éxodo de Las Víboras es la de la escuelita: un aula en un terreno que sirve de cancha de voleibol o de futbol, y el resto de un inmenso patio de juegos.
Todo en el centro de la comunidad, porque el pulso de la vida en el pueblo giraba gracias a los poco más de 30 niños y niñas que acudían a sus clases y actividades.
Pero la escuelita se quedó sola, como el pueblo, a principios de 2025, poco después de que la guerra del Cártel de Sinaloa estallara y tomara su forma eterna de hoy.
Los maestros dejaron de asistir; y no por miedo, que si lo tenían, sino porque los transportes ya no llegaban hasta ese punto, debido a los narcobloqueos y extorsiones.
Poco a poco el pueblo fue perdiendo su brillo, sus habitantes cuentan, en una tertulia improvisada bajo una palapa, que la guerra no los alcanzó directamente, de vez en cuando escuchaban disparos a lo lejos y las sirenas rompían el silencio del campo.
Nunca hubo un enfrentamiento ni “levantones” masivos como en otros pueblos cercanos.
El hecho fue que la violencia llegó, disfrazada de una amistosa solicitud de dejar sus vida atrás, y las familias de Las Víboras lo tomaron como el menor de los males posibles en una guerra donde el cartel se erosiona violentamente.
El éxodo culminó en una invasión masiva en la comunidad de Costa Rica, al menos 15 hectáreas de terreno colonizado por familias sin hogar, nómadas sin pueblo y ahora, desplazados por la violencia.
Las casas, la mayoría con no más cimientos que maderos clavados en la tierra negra, están hechas de troncos y lámina galvanizada.
Por las carteras y la falta de árboles, el calor es abrasador al medio día y ni los vientos logran refrescar.
En el centro de la nueva colonia se reunieron algunas mujeres a contar su historia. Una de ellas acompañada de su padre: fundador de Las Víboras, su hija y su nieta. Cuatro generaciones arrancadas de sus raíces y arrojadas en un páramo caluroso a empezar su vida desde cero.
Ninguna mujer dijo su nombre, sus rostros temerosos por saberse vulnerables apenas y revelaron detalles del éxodo y su nueva vida. Al pasar los minutos comenzaron a encaminar la plática en confianza.
“Entonces, a veces batalla mucho la gente para despegarse, pues del pueblo, ¿no? que me voy lunes, cuando trabajo y ya no me quiero regresar, llorando los primeros días. Pasaba llorando. Pues todo el esfuerzo perdido ¿no?”, dijo una de las mujeres.
Ya entrada la plática en la palapa improvisada de la nueva colonia, los relatos se vuelven nostálgicos y dolorosos.
La memoria de la matriarca invoca imágenes alegres de los niños desfilando en las fiestas patrias, aquella vez que, en Día de Muertos, los más extrovertidos se pintaron el rostro de calaveras y por alguna razón, de fantasmas.
Hoy nadie quiere volver a Las Víboras; por el calor, por las inundaciones o por el miedo. Las casas van perdiendo el brillo y los patios son reclamados por las malas hierbas. La escuelita cubierta de polvo guarda memorias de mejores días pegadas en sus paredes, los pupitres están arrinconados junto a un montón de libros de texto de carátulas coloridas.