"El duro camino de Lucía"
Son las 15:00 horas. Es tiempo de que Lucía Villarreal García recoja a su hijo Luis Ángel al Centro de Atención Múltiple #14 ubicado en Costa Rica.
Esto no es una tarea sencilla, dado que la mujer de 52 años tiene que recorrer más de 4 kilómetros de carretera y terracería empujando un triciclo con su hijo que pesa casi 50 kilos y que tiene síndrome de Down para llevarlo al centro de estudios, y otros cuatro para regresar a Campo Nuevo, ejido donde vive con su familia.
Es una tarde calurosa y sofocante en Costa Rica. El termómetro sobrepasa los 35 grados y el aire que se siente en el ambiente no es refrescante sino asfixiante. En ese entorno Lucía está lista para recoger a su niño después de un día más de clases y de haber terminado su jornada de trabajo limpiando casas. Revela que gana 100 pesos por casa.
Las maestras cuentan que "Angelito" es un niño muy tranquilo y que se desenvuelve bien en clase. En el CAM es un pequeño muy querido, y cada día que va, es un paso más hacia una mejor calidad de vida para el niño de 11 años; sin embargo no así para su madre, que cada día se desgasta más por el bienestar de su hijo.
Y es que Lucía no sólo lucha contra el clima, la pobreza en la que viven ella y su familia o la condición del más pequeño de sus cinco hijos, también pelea contra su hipertensión y problemas de articulaciones. El temblor de sus codos al agarrar el triciclo denota el desgaste que ha sido el llevar a su hijo a esta escuela especial desde que "Angelito" tenía 11 meses de nacido.
"Cuando estaba chiquito me lo amarraba en el pecho y me lo llevaba, pero míralo ahora, ta' bien grandote, y eso que mal come, no sé cómo está así de gordito, pero la verdad ya me está pegando la edad, ya no puedo caminar mucho y los codos y las rodillas no las aguanto", detalla Lucía.
El niño en cuanto sabe que es hora de irse a casa, toma su sombrero de paja y se sienta en su triciclo para que su mamá se lo lleve. Él sólo lo ve como un paseo, y disfruta cada minuto del recorrido. Lo que no sabe es que cada vez que él se sube a su vehículo, comienza el viacrucis de su madre.
En el trayecto mucha gente saluda a Lucía y a Ángel. Ya son conocidos en el lugar.
"Éale Angelito", le gritan saliendo del CAM. El pequeño pesa casi 50 kilos, y el triciclo unos cinco más.
El primer obstáculo que se cruza por su camino son las banquetas. Para pasar cada una es necesario levantar el triciclo con todo y niño. Por cada obstáculo superado, el rostro de Ángel esboza una sonrisa. Le gusta sentir que vuela durante el camino.
Pero si hay algo que asusta a Ángel y a Lucía es el entronque de la carretera Culiacán-Eldorado. Normalmente Lucía tiene que sortear los automóviles que a toda velocidad buscan llegar o cruzar la sindicatura lo más rápido posible.
Quiere un terreno
Al pasar la carretera, Lucía cuenta un poco de su vida. Dice que nació en Zacatecas hace 52 años, se casó a los 14 años y desde entonces vive en Campo Nuevo, Ejido de Costa Rica. Su marido es ocho años mayor que ella. Nunca han tenido una casa a su nombre, desde el comienzo invadieron junto con otros vecinos el lugar, desde entonces no se han movido de ahí.
Señala que lo que más le gustaría es tener un terreno, pues asegura que por la falta de este las autoridades no le han construido su casa.
"Una vez vinieron, y según me iban a construir tres cuartitos, pero como no tengo ningún terreno, pues no me hicieron nada; lo que más quisiera yo es un terrenito, me acuerdo que aquí por la Zapata hace 20 años costaban 3 mil pesos y se me hacía muy caro, ahora cuestan más de 40 mil pesos y se me hace imposible", lamenta.
Apoyo insuficiente
Tereso Nevárez Millán, director del CAM 14, también está al tanto de la difícil situación que vive Lucía. Dice que él trata de ayudarla lo más que se pueda, sin embargo admite que no es suficiente.
"Yo sé que están mal, yo sé lo que batalla, aquí le damos pan y harina (en el CAM hay un taller de panadería) de lo que nos sobra, ya ella se lo lleva en el triciclo con el niño y pues le da lo que puede", menciona.
"Esta escuela es de tiempo completo, y sí, el niño aprende, pero ella nos ha dicho que una de las principales razones por la cual lo trae aquí es porque le damos de comer al niño, él come mejor aquí que en su casa, ella se sacrifica para que él coma bien, nada le costaría dejar al niño en su casa y trabajar para llevar dinero, pero no, ella hace lo mejor para el niño, sacrifica su salud para el bienestar de su hijo", reconoce.
Arrepentimientos
Lucía comparte que si de algo se arrepiente en la vida es no haberle inculcado el estudio a cada uno de sus hijos. Le da un poco de risa el saber que Ángel ha sido el pequeño que más ha estudiado en toda su familia.
"La verdad sí me arrepiento, uno por la necesidad pone a los hijos a trabajar en el campo, a hacer lo que uno hace, y no ve más allá, pero la necesidad manda, te encuentras en un lugar donde no sabes qué hacer, y la situación hace que ellos trabajen con uno, ellos se daban cuenta de que si trabajaban con uno, pues comen mejor, y pues trabajaban", menciona.
"Angelito es el que más ha ido a la escuela, lo llevo desde que tenía meses de nacido hasta ahorita", rememora.
Lucía se enteró que estaba embarazada hasta que tenía cinco meses de embarazo. No lo creía posible, dada la edad que tenía en ese entonces.
Cuando nació Ángel le dijeron que la razón por la cual había nacido con síndrome de Down fue por la edad que tenían ella y su esposo, 41 y 49 años, respectivamente.
Angelito ve un camión y le dice "mini". Ve una vaca y le dice "aca". Ve a un tractor y le dice "anica". Él va maravillado disfrutando del camino, sin embargo cuando se ven las "acas" y las "anicas" también empieza el camino empedrado, lo más complicado del trayecto.
En estas fechas la época no es tan desfavorable para Lucía y Ángel. El calor es fuerte pero no como en otra época del año; sin embargo cuando llueve o cuando el termómetro llega a los 40 grados el camino es insufrible.
"Ahorita acaban de arreglar, había un cochinero en el camino, mire todo lo que está al lado del camino, todo eso estaba aquí, era muy difícil el pasar", destaca.
Es la zona más difícil para transitar, pero es la que más disfruta Ángel. Cada vez que el triciclo brinca una piedra, grita de diversión.
Todo el camino va golpeando la charola del vehículo que es llevado por su mamá, que para ese entonces está totalmente fatigada; lo más complicado del camino, llega al final.
Ella recuerda cuando Malova, durante su campaña por la Gubernatura, fue personalmente al ejido donde vive. El entonces candidato ahí les prometió que en su Gobierno ya no iban a haber casas de lámina y cartón. Lucía le creyó, y votó por él.
"Él vino, y cuando prometió eso, pues me convenció, y pues una le creyó, pero la verdad ni se pararon, ahorita la única persona que me ha apoyado, y fue con esta carreola fue Guadalupe Dávalos, pero desde que es síndica ya no me han apoyado", cuenta.
Carencias
Falta un poco para llegar a su casa, y Lucía muestra cansancio por el recorrido. Se nota en su respiración acelerada, el sudor de su frente y su lento caminar.
Lucía comparte que lo único que recibe del Gobierno actualmente es el programa Prospera, el cual le otorga mil 200 pesos cada dos meses.
"Una vez vinieron, no me iban a dar nada, pero vieron a Angelito y se pusieron a platicar con él y pues me dieron el apoyo, no todos tienen, a mí me lo dieron por él", detalla.
A lo lejos se vislumbran unas casas entre los sembradíos. Mientras se adentra al ejido, el olor se vuelve nauseabundo. Lucía explica que esto es debido a que en el lugar no hay drenaje, y toda la gente atiende sus necesidades fisiológicas en donde puede.
Justo antes de llegar a su casa se ve un pedazo de concreto de unos 40 centímetros. Debajo de él hay dos bloques del mismo material. Esto sirve de rampa para poder bajar por el terreno por donde llega a su casa.
Al llegar, la señora abre las puertas de su casa, ofrece agua y dice que sabe que un terreno tal vez sea complicado, es lo que más quiere, sin embargo también dice que si se tiene que quedar ahí, unas láminas para su vivienda le servirían de mucha ayuda.
Ángel le dice a su mamá que tiene sed y hambre. Ella le dice que en un momento le dará de comer; abre el refrigerador y en él hay tres huevos, dos cebollas, cuatro envases de refresco de dos litros, cada uno con menos de la mitad de producto; una lata de salsa casera abierta; una bandeja transparente de frijoles y seis elotes; de esta comida se alimenta toda la familia de Lucía, la cual consta de 11 miembros.
Sin embargo para su mala suerte, a Ángel le hace daño el elote, lo indigesta, por lo que él come nada más frijoles todos los días, a veces lentejas; o cuando le va bien limpiando casas lleva un poco de pollo para su familia, pero hoy, su hijo comerá por cuarto día consecutivo frijoles.
PARA APOYAR
Si gusta ayudar a Lucía y a Ángel puede contactarse con ella al celular 6673-43-88-15. Asimismo puede comunicarse a esta casa editorial al teléfono 759-81-00 extensiones 673, 680 y 638.