El fuego que consumió parte de la vida de Monserrat: a tres años del ataque que aún no tiene sentencia
En 2023 intentaron asesinar a Monserrat. Su entonces pareja, Octavio, la roció con alcohol y le prendió fuego con un encendedor, provocándole quemaduras en la cara y parte del cuerpo. Tres años después, él aún no recibe una sentencia, pero para ella el infierno continúa: el miedo y las amenazas marcaron su cotidianidad tras el ataque, mientras espera una condena que le permita retomar su vida.
Era tarde aquel 10 de mayo cuando Monserrat decidió dejar a su pareja. Luego de la última de muchas discusiones que sostenían a diario, fue por sus maletas y le avisó a Octavio que ya no era feliz, que quería irse. Él no se inmutó y la ignoró.
“Yo le dije: ‘¿Sabes qué? Yo quiero irme. Ya no me siento a gusto, por favor, deja que me vaya’. Él no me contestó. Se subió al segundo piso y yo me metí al cuarto donde teníamos las maletas para agarrar una pequeña. Yo ya me iba”.
Ella comenzó a hacer una maleta rápida, con la mente lejos de ahí, pero decidida a dejar esa vida. En esos minutos, mientras trataba de meter su vida en una maleta de 10 kilos, Octavio subió al segundo piso sin decir una palabra.
Como último acto dentro de la casa, se tomó unos minutos para hacer una oración frente al altar de la Santa Muerte, de quien era devota.
“Yo me metí al cuarto donde teníamos las maletas y ahí tenía el altar. Yo le prendí una veladora a la Santa Muerte y, con el cerillo, la apagué con la mano. Y me subí al segundo piso con la maleta”.
Ella recuerda esa escena como el preludio del ataque, una forma de retrasar el momento en que tuvo que volver a mirar aquellos minutos en los que, asegura, vio la muerte en los ojos de Octavio mientras el fuego le consumía la piel.
Ya arriba, preparando las últimas cosas antes de salir, Octavio entró a la recámara. La miró con rabia y le dijo: “¿Me quieres matar o qué?”.
Ella no entendía nada.
“Yo vi el diablo en su rostro, los ojos, la cara... era otra persona. Me sometió al piso, me roció con alcohol y agarró un encendedor. Cuando lo vi con el encendedor le dije: ‘Octavio, por favor, te lo suplico, por tu hermana, por tu mamá’”.
Octavio sometió a Monserrat en el suelo. Con las rodillas la inmovilizó y le sujetó el cuerpo con una mano; con la otra sostenía una botella de alcohol, cuyo contenido le roció encima. Después tomó un encendedor y le prendió fuego.
“Yo te lo juro que gritaba. Pedí ayuda. Él me soltó poquito porque, cuando yo estaba en llamas, iba a volver a agarrar la botella de alcohol para vaciármela. Él me iba a matar. Él no tenía intenciones de darme un susto. Él me iba a matar, me iba a volver a rociar con alcohol”.
Monserrat logró zafarse y tomó su celular para llamar al primer contacto que apareció en la pantalla: una de sus amigas. Todavía envuelta en llamas alcanzó a gritar: “Octavio me está quemando”.
Él comenzó a golpearla. Monserrat no sabe si era para apagar las llamas o para seguir agrediéndola.
Lo que siguió fue una ruta de dolor y miedo. Fue llevada en automóvil de consultorio en consultorio en busca de atención médica, mientras Octavio le repetía una versión de los hechos que lo deslindara de cualquier responsabilidad.
“Después él dijo que yo había prendido fuego a la casa. ¿Cómo crees que yo voy a prender fuego si yo estaba arriba? Yo lo que quería era irme. Él quería que aprendiera a decir que me había quemado con una veladora, que había sido un accidente”.
Fueron varias horas de negativas. Los médicos le decían que debía llevarla de inmediato a un hospital, pero Octavio se negaba. Ella recuerda que durante ese recorrido, ya entrada la noche, solo sentía el dolor insoportable de las quemaduras y escuchaba una y otra vez las amenazas de su entonces pareja.
“Me decía: ‘Si yo te quisiera matar, te hubiera llevado al dique. Ahí te hubiera matado donde nadie se hubiera dado cuenta’. También me decía: ‘Piensa en tu hijo’. Era meterme miedo”.
Cuando por fin Octavio aceptó llevarla a un hospital, el daño ya era grave e irreversible. En una clínica privada recibió atención médica y lograron controlar, al menos parcialmente, el dolor.
Días después fue dada de alta, pero Octavio la llevó nuevamente a la casa.
“Cuando salimos de la clínica él me llevó otra vez a la casa. Me mantenía arriba, él abajo. Me daba pastillas para dormirme. Yo estaba, pero no estaba. Una vez quise irme y bajé las escaleras. Me agarró del cabello, me arrastró de regreso y después me amarró de las muñecas a un perchero para que no me fuera”.
El cautiverio de Monserrat se prolongó por varios días. Poco a poco se fue apagando su espíritu y también su esperanza de salir. Fueron 18 días encerrada, con el dolor y el miedo como única constante.
La salida de ese lugar, que ya no era un hogar, se fraguó con el último recurso que le quedaba. Simuló estar de acuerdo con su captor, ganó su confianza y, cuando encontró una oportunidad, huyó. Pensó que ahí terminaría todo, pero apenas comenzaba otro infierno: el judicial.
El 7 de octubre de 2023 Octavio fue detenido. Veinte días después se celebró la audiencia inicial y un Juez le impuso prisión preventiva mientras avanzaba la investigación. Desde entonces, y pese al paso de casi tres años, el proceso continúa sin sentencia. La audiencia intermedia ni siquiera se ha celebrado.
Durante ese tiempo, Monserrat asegura haber recibido varias amenazas. Justo antes de la primera audiencia, un hombre la atacó y le dejó un mensaje que la atemorizó.
“Antes de la audiencia un hombre llegó a mi casa y me agredió. Yo iba saliendo y me dejó llena de sangre. Me agarró, me puso contra la pared y me dijo: ‘Piensa muy bien lo que vas a decir’”.
Después, ya iniciado el proceso penal, recibió una bolsa de regalo en la puerta de su casa. En su interior había una botella de alcohol y un encendedor. Para Monserrat, aquel mensaje dejó claro que la amenaza seguía presente.
Cuenta que el desgaste psicológico acumulado desde el día del ataque ha sido devastador. No ha logrado recuperar su estabilidad emocional y, sobre todo, dice que hasta dormir se vuelve una tarea imposible por el miedo constante de sentirse vulnerable.
La audiencia intermedia está programada para agosto próximo. En ella se definirá si Octavio acepta un procedimiento abreviado propuesto por la Fiscalía y recibe una pena menor que, según Monserrat, rondaría los 25 años de prisión, o si el caso continúa hasta juicio oral, donde podría enfrentar una pena de hasta 40 años por el delito de feminicidio en grado de tentativa.
Monserrat espera que una sentencia condenatoria contra Octavio le devuelva parte de la tranquilidad que perdió aquella noche y le permita comenzar a reconstruir su vida. Su voz se quiebra al final de la entrevista cuando imagina que el proceso está por terminar y que, después de tres años de espera, podrá volver a levantar la cabeza.
“Mentalmente ya quiero que se acabe esto. Obviamente tengo miedo, mucho miedo, pero mentalmente estoy agotada. Terminé otra vez unas terapias y estoy agotada mentalmente. Siento que ya no puedo. Yo necesito rehacer mi vida completamente”, concluye.