‘Grita, grita, hasta que alguien te escuche’: joven cuenta cómo superó sus pensamientos de inexistencia
Ana no sabía que quería vivir y durante años tampoco supo que estaba sufriendo; pensaba que así era la vida, que era normal sentirse rebasada, y guardarse lo que le pasaba.
A los 17 años apareció por primera vez la idea de no existir, pero no llegó de golpe, se fue formando después de años de violencia familiar, dificultades que nadie entendía y emociones que ella misma no sabía cómo explicar.
Cuando finalmente encontró palabras para lo que estaba viviendo, también tuvo que aceptar algo más difícil: que la vida que había conocido no era la única que podía tener.
Hoy, después de terapia, de un diagnóstico que le permitió entenderse y de encontrar personas que la escucharon sin juzgarla.
“Por primera vez aprendí a vivir porque no sabía cómo vivir, o sea, sólo sabía la disfuncionalidad, la tristeza”.
Mudarse de ciudad y comenzar una nueva etapa escolar alrededor de los 17 años le permitió mirar su vida con cierta distancia.
Fue entonces cuando empezó a darse cuenta de que algunas cosas que había vivido en su familia y que para ella eran normales no tenían por qué serlo.
Había crecido en un entorno con violencia emocional y, en ocasiones, física. Pero cuando esa es la realidad que una persona conoce desde pequeña, explica, puede ser difícil identificarla como algo que está haciendo daño.
A eso se sumaban problemas que tampoco sabía cómo explicar.
Durante años tuvo dificultades para concentrarse y para realizar actividades que parecían sencillas para otras personas. En su casa, recuerda, muchas veces esas dificultades fueron interpretadas como flojera o como falta de voluntad.
La escuela se convirtió en un martirio y tiempo después supo que tenía Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, pero para entonces ya había acumulado experiencias que habían afectado su autoestima y la forma en que se veía a sí misma.
Comenzar terapia fue una de las primeras veces que pudo intentar ponerles nombre. Pero nombrar lo que había vivido tampoco significaba que automáticamente dejara de doler.
Tuvo que hacer un duelo por la vida que había imaginado y aceptar que algunas cosas de su pasado no podían cambiarse.
“Eran años de no saber cómo describir cómo me sentía y... el hecho de que había un nombre... me dio esa tarea de poder digerirlas y tener como mi propio duelo de no tener una vida como yo la quería, pero sí, una vida nueva”, explica.
Fue alrededor de esa edad cuando comenzaron también los pensamientos de no querer existir.
Ella no recuerda un momento específico que los haya provocado. Habla más bien de algo que se fue acumulando: años de sentirse mal, de no poder controlar determinadas circunstancias y de no saber qué hacer con lo que sentía.
A los 18 años, cuando comenzó la universidad, la situación se hizo todavía más complicada.
La vida universitaria no era como la había imaginado y las dificultades escolares volvieron a pesar. Sentía que nadie entendía por qué para ella algunas cosas resultaban tan difíciles.
No tuvo un intento de suicidio, pero sí llegó a pensar en hacerse daño.
En ese momento, las autolesiones se convirtieron para ella en una forma de intentar hacer visible algo que sentía que los demás no podían ver.
“Quiero lastimarme o quiero que vean que realmente esto me está afectando”, recuerda.
Hoy reconoce que no era la mejor manera de pedir ayuda, pero también entiende a la adolescente que no conocía otra forma de decir que estaba sufriendo.
Durante ese proceso hubo otro problema: tampoco se sintió escuchada siempre por los profesionales a los que acudió.
Recibió un diagnóstico psiquiátrico que consideró erróneo y pasó por consultas en las que sentía que no lograba explicar lo que estaba viviendo.
Hasta que encontró a un psiquiatra con quien pudo sentirse comprendida y recibió un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad.
Para ella, conocer el diagnóstico no significó quedarse atrapada en una etiqueta. Significó entenderse.
“El conocerme me ayudó mucho a seguir adelante, porque no me conocía. O sea, como que siempre decides solo seguir adelante, estar mal”, dice.
También hubo personas que fueron importantes en ese camino: una amiga que había vivido experiencias similares, su madre y una mujer que atendía una línea de salud mental de su universidad y con quien pudo hablar sin sentirse juzgada.
Porque una de las cosas que más recuerda de los momentos difíciles es precisamente haberse sentido sola.
Había días en los que dormir y comer se volvían complicados. Las emociones podían sentirse tan intensas que terminaba agotada por ellas y hasta las actividades básicas podían representar un esfuerzo.
Aprender a manejar esas emociones tomó tiempo. Ella compara lo que vivía con aprender a nadar: puede sentirse que uno sabe manejar las olas pequeñas, hasta que de pronto llega una mucho más grande y no se tienen las herramientas para enfrentarla.
La terapia le permitió adquirir esas herramientas, pero también aprender a dejar de tratarse con tanta dureza. Para ella, ir a terapia no consiste en que alguien te diga qué hacer con tu vida.
“Es una persona que te va a acompañar, que te va a decir: ‘oye, ¿cómo te sientes?’ Es como una persona que no te va a juzgar”, explica.
Por eso considera que encontrar al terapeuta adecuado también es importante.
Su experiencia ocurre mientras en México las muertes por suicidio mantienen una tendencia preocupante.
De acuerdo con las estadísticas preliminares de defunciones registradas del Inegi , en 2025 se contabilizaron 8 mil 709 suicidios en el País, con una tasa de 6.7 por cada 100 mil habitantes.
La tasa nacional pasó de 5.1 en 2015 a 6.7 en 2025.
El grupo de 15 a 29 años presentó la tasa más alta, con 10.2 casos por cada 100 mil habitantes. En ese rango de edad se registraron 3 mil 318 suicidios, el 38.1 por ciento del total nacional, y fue la tercera causa de muerte para ese grupo.
Del total de suicidios registrados en el País durante 2025, el 79.9 por ciento correspondió a hombres y el 20.1 por ciento a mujeres.
En Sinaloa, la Secretaría de Salud informó que actualmente existen 16 unidades de atención a la salud mental, una en cada municipio, y que está por abrirse una unidad más en San Ignacio.
Además de estas unidades, el Estado cuenta con el Hospital Psiquiátrico, servicios de paidopsiquiatría para niñas, niños y adolescentes y una Línea de Salud Mental operada por la Secretaría de Salud y la Comisión Estatal de Prevención de Adicciones.
El Secretario de Salud señaló que la atención de la línea no está limitada a una persona que ya se encuentra en una situación extrema.
También puede utilizarse cuando alguien comienza a sentirse mal, quiere llorar constantemente, se aísla, permanece en cama o simplemente percibe que algo no está bien.
La dependencia reportó, con base en datos federales, alrededor de 160 intentos de suicidio hace dos años, 95 el año pasado y 63 en lo que va de 2026.
Este año, añadió el funcionario, se incorporaron 2 millones de pesos al presupuesto destinado a salud mental.
También destacó la importancia de atender los problemas de salud mental desde edades tempranas, particularmente a través de servicios de paidopsiquiatría, para evitar que las dificultades se acumulen durante años.
Para Ana, una de las lecciones más importantes de su propia experiencia es que no es necesario esperar hasta estar completamente rebasado para pedir ayuda.
Si una persona está acostumbrada a guardarse todo, dice, también tiene que aprender a hacer lo contrario.
Y para quienes están cerca de alguien que atraviesa una situación difícil, considera que escuchar puede ser más importante que intentar solucionar inmediatamente.
Preguntar qué necesita la persona, acompañarla, interesarse por cómo estuvo su día y evitar juzgarla son algunas de las cosas que ella hubiera necesitado escuchar y sentir durante aquellos años.
A quienes están pasando por algo parecido les pide no dejar de buscar ayuda, incluso si las primeras puertas no se abren, pues encontrar a la persona adecuada puede tomar tiempo.
“Grita, grita, grita, grita hasta que alguien te escuche. Alguien te va a escuchar, y nunca te des por vencido porque alguien estaría tan feliz de conocerte”, dice.
También recuerda que todavía quedan personas por conocer y momentos que no han ocurrido.
“No has conocido a todas las personas que vas a amar”.
Ella tampoco conocía todavía la vida que tendría.
Ahora dice que puede disfrutar cosas cotidianas que antes le parecían imposibles. No asegura que las dificultades hayan desaparecido, pero sí que aprendió a reconocer lo que siente y a pedir ayuda cuando la necesita.
Durante mucho tiempo quiso dejar de existir, pero hoy lo que siente es distinto.
“Hasta me da miedo morir porque realmente quiero vivir porque nunca tuve esa oportunidad”.