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Desapariciones y amparos

José Isaías y David Antonio perdieron sus alas en el infierno sinaloense y por indiferencia institucional

Los jóvenes estudiantes para piloto de avión fueron privados de la libertad desde el 31 de marzo de 2025; sus familias aseguran que la Fiscalía General del Estado no ha hecho nada por ellos
11/03/2026 04:00


Primera de dos partes


José Isaías y David Antonio fueron secuestrados por un grupo armado el 31 de marzo del 2025 a las afueras del Colegio del Aire de Sinaloa, en la colonia Guadalupe de Culiacán.

Ya pasaron más de 11 meses y no han aparecido, mientras el Estado se sume en una de la guerra entre facciones criminales más sangrienta de su historia.

Lo peor es que las autoridades están rebasadas, denuncian sus padres llenos de frustración y amargura: no los buscan ni tampoco investigan.

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Los pasos de los muchachos desaparecidos venían desde la sindicatura de Costa Rica, al sur de Culiacán.

David Antonio y José Isaías tenían el mismo sueño de volar de allí, literalmente, y desde contextos diferentes eligieron estudiar en el Colegio del Aire de Sinaloa.

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Justo ahí, en las inmediaciones de la escuela ubicada por la Calle Río Piaxtla, es donde, al llegar, los esperaba un grupo armado de al menos cuatro hombres que portaban armas largas; los sometieron, los esposaron y los subieron a otro vehículo.

En cuestión de segundos, los sueños de David y José quedaron pausados; y sus familias destrozadas por el limbo de la ausencia y el infierno de un sistema que no quiere buscar a los desaparecidos.

De marzo a la fecha han pasado casi 12 meses y la Fiscalía General del Estado ha hecho poco o nada por dar respuestas a la familia.

Los padres de los muchachos denuncian que las evidencias que pudieron quedar registradas en el lugar de los hechos fueron investigadas semanas después, cuando las huellas ya se habían borrado y los pasos de los culpables desaparecieron.

Las historias de los dos se cruzaron ese lunes 31 de marzo. Ambos jóvenes emprendieron camino hacia Culiacán, con la bendición de sus madres y con una promesa cotidiana rota, que antes siempre se cumplía “Nos vemos en la tarde, ma’”.


David Antonio y su necesidad de volar

David Antonio se despidió de su madre en la mañana de ese lunes, acostumbrado al amor materno incondicional, se acercó a Martha para que acariciara su mejilla, uno de esos gestos maternos que no se olvidan y dejan un sabor a bendición etérea que acompaña todo el día.

Vestido con su uniforme blanco, que gritaba que ya quería ser piloto, se asomó a la calle a donde ya llegaba José Isaías para salir a Culiacán, era momento de volver a clases.

Martha lo despidió desde la ventana llena de orgullo y esa preocupación eterna de madre.

“Nos vemos en la tarde, ma’”, le dijo.

Tanto Martha como su esposo, Sergio, se oponían a que David tomara camino hasta Culiacán por temor a que quedara en medio del fuego cruzado o que lo confundieran, temores completamente válidos cuando vives en un Sinaloa en que los muertos se cuentan por miles, junto a los desaparecidos.

Las discusiones no llevaban a ningún lado, pues la decisión ya la había tomado su hijo: quería ser piloto, quería crecer y salir del ciclo económico que tenía a su familia trabajando para vivir al día.

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Martha y Sergio le mostraban las noticias diarias en las que los jóvenes desaparecen, pero David se sentía seguro de su vida ajena a cualquier menester criminal que lo pueda poner en la mira.

“Nos duele, porque somos personas que no andamos metidos en nada de eso, ni ellos tampoco, por lo mismo estábamos muy al pendiente de él, por lo que pasa ahorita. ¿Por qué es así?, nos preguntaba, si no ando metido en nada ni usted tampoco ¿qué nos va a pasar? Eso es con la gente que anda así”, recordó así Sergio la plática.

Sus padres no dudaban de ser una familia “derecha”, trabajadora y honrada, pero la desconfianza era hacia el exterior, hacia los demonios de traje táctico y armas largas que rondan impunes por todo Sinaloa.

Sergio Ruelas, su padre, se revuelve en la silla con las palabras atoradas entre el llanto y la entereza, sostiene en brazos a una de sus hijas y suelta frases en las que se reprende por haber dejado ir a su hijo, pero se corrige sabiendo que tenía que dejarlo volar y encontrar su camino. Y es que ¿qué padre adivinaría que esa despedida casual sería la última?

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“El día que se fue yo le dije: entonces hijo, ¿no vas a hacer caso?”, recordó.

“No papá, yo quiero estudiar, me gustó eso, yo quiero estudiar. Algo tengo que estudiar, yo no me quiero quedar así”, le respondió.

“Está bien hijo, le dije, que te vaya bien, que Dios te bendiga y si va a hacer las cosas, hágalo todo bien apá, échale muchas ganas y hágalo bien... Fue lo último que hablé con él”.

Mientras charla, el padre de familia no sabe dónde poner sus manos que parecen querer escapar, el dolor lo consume desde dentro, como un animal rabioso contra el que lucha para no desmoronarse, no sabe cómo proteger a su hijo donde quiera que se encuentre. No sabe a quién dirigirse. No sabe qué hacer.


‘Flaca, levantaron al Junior’

Ese día Graciela entró a trabajar tarde y tuvo oportunidad de mirar a su muchacho, al Junior, como le decía, quien se preparó para irse a clases mientras platicaban trivialidades matutinas.

José Isaías se aferró al sueño de volar luego de pasar unos años trabajando de sol a sol en Estados Unidos, atrapado en la rutina del obrero moderno que vive para trabajar con el anhelo de juntar los suficientes dólares para regresar a sus raíces.

Su madre, al igual que todas las madres, cada vez que veía el reloj era tarde para que no llegara su muchacho de la calle.

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Preocupada por el infierno sinaloense que se padece desde hace más de 18 meses, prefería tenerlo en casa hasta que todo pasara, pero el espíritu libre de José necesitaba libertad y buscaba sus alas en el Colegio del Aire de Sinaloa, junto a David.

Esos años trabajando lejos de casa le dieron el impulso económico para sostener sus estudios, como si José tuviera un plan preciso para cumplir sus sueños. Graciela sabía que no podía detener el ímpetu de su hijo, pero el temor de que la guerra los alcanzara era muy fuerte.

José Isaías se despidió con un fuerte abrazo y apapacho de su madre.

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Graciela sonríe ante el recuerdo de su hijo amoroso y su mirada vidriosa se pierde en la última escena en la que ve salir a su retoño perfumado, recién bañado y emocionado rumbo a la casa de David para partir a Culiacán.

“Nos vemos en la tarde, ma’”, recuerda que le dijo.

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Lo que supo después fue hasta pasadas las 10:00, Graciela estaba escroleando en el celular casi sin ver, esperando nerviosa ese mensaje diario de su hijo que nada más le avisaba que ya había llegado a la escuela, pero el mensaje no llegaba. Lo que sí llegó fue una llamada de su prima.

“Flaca, levantaron al Junior”, le dijo.


Vivir entre el infierno de la burocracia y las sillas vacías

“Yo pensaba que el Gobierno actuaba de otra manera que inmediatamente lo ayudaba a uno y todo eso, uno no se da cuenta hasta que le pasan estas cosas. Fui yo solo, no hallaba ni qué hacer, me llevaron allá, fui y puse todo, tomaron nota de todo, nos pidieron hasta fotos de ellos y todo eso”, dijo Sergio como un reclamo.

Los investigadores se enojan cuando les hablamos, dice.

Lo dice con vergüenza y rabia. No está pidiendo un favor, pero tampoco está acostumbrado a ver que los servidores públicos hagan su trabajo.

Sergio insistió dos meses para que tomaran las huellas dactilares del auto de José, pues según los videos, se observa que los captores tocaron las puertas, pero tras cuatro semanas a la intemperie esas huellas desaparecieron y los investigadores desecharon las pruebas.

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Sus palabras salían con enojo, frustración y hasta decepción. Él ya no cree en el Gobierno, no cree en los policías, solo quiere volver a ver a su hijo, quiere verlo convertirse en hombre, en piloto. Quiere verlo volar.

“Pues pedirle al Gobierno ya no, oiga, porque estamos dándonos cuenta que no, pues no lo van a hacer, pero ya a estas alturas nos dimos cuenta que la vida no es como nosotros creíamos. Ahorita ya no nomás nos queda pues la fe en Dios. Es lo que tiene que, pues que no soltamos la fe y tenemos la esperanza de que pues que nuestros hijos vuelvan”, señaló.

Graciela y Martha coinciden en una conclusión que les parte las entrañas como cuchillo.

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“Estamos muertas en vida”, dijeron.

Estos casi 12 meses han sido de enfermedades, de insomnio y de tener que levantarse cada mañana con los ojos rotos de tanto llorar.

Graciela dejó su trabajo al no poder concentrarse por estar esperando la llamada que le avise que su hijo ya apareció, Martha enfermó de hipertensión y ya no escucha por su oído izquierdo.

Sergio tiene que salir a trabajar, pero lleva el corazón partido y su mente dándole vueltas a sus últimas palabras a su hijo.

Él acepta que no puede quebrarse, pues es el sostén económico de su familia, pero sus ojos y sus manos dan lectura de un hombre reducido de dolor por su muchacho desaparecido.

Los padres de David y la madre de José lucen cansados, enojados y rotos.

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Graciela no puede hilar más palabras sin que la voz se le quiebre al pensar en José.

Martha es presa de las enfermedades y su cuerpo no parece resistir más el dolor de no ver a David, y Sergio sólo baja la mirada para esconder su llanto bajo la visera de su cachucha, frustrado por saberse abandonado por quienes lo deberían cuidar y en quienes encontró el rostro duro de la indiferencia institucional.