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COPA DEL MUNDO

Luis Suárez: héroe y villano en una noche con desenlace triste

El Pistolero cumplió su mejor actuación en Qatar 2022 y volvió a interpretar un papel similar al de hace doce años, cuando se transformó en mito Celeste y pesadilla africana; pero el final, absolutamente distinto, lo dejó con el corazón roto

AL WAKRAH._ Si Friedrich Nietzsche hubiese estado sentado en las gradas del estadio Al Janoub para ver Uruguay-Ghana hubiese apuntado en su libreta que, al menos en el futbol, el ciclo de su eterno retorno se cumple cada 12 años.

Con matices, otros actores secundarios y un desenlace triste para ambos, el trámite tuvo muchas coincidencias con el que protagonizaron en los cuartos de final de Sudáfrica 2010: un penal fallado por los africanos, una reacción inmediata de los uruguayos y un mismo protagonista que, como todo protagonista, es héroe o villano según la perspectiva.

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Luis Suárez siempre está en los momentos calientes: en un escenario cargado de emociones, en una noche en la que recibió ovaciones y abucheos, apareció en todo su esplendor para redondear su mejor partido en Qatar 2022. La noche parecía un sueño para el 9, pero terminó en pesadilla: con el mito ya sentado en el banco, el gol de República de Corea ante Portugal conmovió a una Celeste, a un equipo y a una hinchada, que ya pensaba en un hipotético cruce de octavos de final frente a Brasil.

Hwang Hee-Chan anotó el segundo tanto cuando ya era tiempo cumplido en Education City y todavía faltaban más de diez minutos en Al Janoub. En la tribuna, los charrúas más atentos al celular empezaron a correr la voz.

“Gol de Corea”, escupió uno con una bronca tímida, con el temor del mensaje que transmite malas noticias. De aquella frase descorazonada surgió un rugido ascendente que bajó hasta el entrenador Diego Alonso: los hinchas pedían, ahora a los gritos, que su equipo fuera hacia adelante en busca del milagro, en busca del tercer gol y de la clasificación.

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Casi al mismo tiempo, mientras Alonso hacía señas enloquecido para ajustar la formación, Suárez se quebraba, frustrado e impotente por no poder cambiar la historia sobre el campo de juego en su última oportunidad mundialista.

Antes de la desesperación, antes de las urgencias, antes de las lágrimas, el Pistolero había disparado en Qatar con intervenciones determinantes en las dos dianas de Giorgian De Arrascaeta.

En el primero, tras un grosero error de la zaga central ghanesa, recibió sobre el vértice izquierdo, recortó hacia adentro y sacó un derechazo que el arquero Lawrence Ati-Zigi apenas alcanzó a desviar para dejarle servida la pelota al 10 que sólo tuvo que empujarla al gol. Seis minutos después, con un repentino toque de derecha para desdibujar a su marcador, asistió otra vez al goleador de la noche que capturó la pelota de aire con una volea inatajable para el 2-0 parcial.

Suárez fue el mejor del encuentro, amén del artillero de la noche. Activo e intenso, asumió la historia y la utilizó en su favor. Luchó con los centrales rivales, habló permanentemente con el árbitro y dominó el panorama con su personalidad. Al mito lo activan estos desafíos, lo alimentan los enemigos. Tan completa fue su actuación que incluso salió del área para generar juego y rubricar un caño memorable ante Iñaki Williams casi contra el córner izquierdo.

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En una jornada en la que fue abucheado desde el anuncio inicial por los hinchas africanos, su carácter impuso condiciones favorables para una Celeste que tenía todo controlado después de 35 minutos. Si la dinámica inicial se había inclinado en su favor tras el penal atajado por Sergio Rochet, la aparición del crack sudamericano que brilló en la última Copa Libertadores con la camiseta del Flamengo suponía el entierro definitivo de una Ghana atrapada por los fantasmas de un pasado convertido en presente.

Uruguay no sufría en Al Janoub. Más allá de alguna arremetida de Mohammed Kudus, el MVP de la travesía ghanesa, los africanos se sabían eliminados. Pero la Celeste, en control absoluto, no aceleraba en busca de una mayor diferencia de gol, como si no supiera que un triunfo de la República de Corea ante Portugal lo dejaba afuera de la Copa Mundial, como si no fuera consciente de que la eliminación podía llegar en cualquier momento.

Y el gol coreano llegó, agónico y asfixiante, en un cierre que trastocó las certezas que la Celeste había construido. Alonso ya había realizado sus cinco modificaciones y debió reacomodar su estructura con los centrales Sebastián Coates y José Giménez como centrodelanteros mientras Suárez -que había salido a los 64’ bajo una ovación de su pueblo- y de Arrascaeta -el artífice de una revolución en el ataque charrúa- ya habían salido.

Fue durante esos últimos 15 minutos, cuando Uruguay se repetía en centros sin destino y arremetidas con más corazón que futbol, que Suárez volvió a taparse la cara con su camiseta para esconderse del mundo. Hace 12 años lo había hecho, expulsado tras atajar un remate con destino de gol, para no ver el penal que Asamoah Gyan tiró por encima del travesaño.

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Este 2 de diciembre, desconsolado y con el corazón roto, lo hizo para disimular su conmoción y evitar lo que finalmente pasó: que las cámaras lo captaran y que su tristeza fuera transmitida al mundo. Pero hasta en la pantalla gigante de Al Janoub apareció su llanto: los hinchas ghaneses, tal vez como una pequeña revancha de Sudáfrica 2010, lo abuchearon por enésima vez.

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