|
LaLiga

Matías Almeyda es cesado como entrenador del Sevilla

El argentino deja al club andaluz tres puntos por encima de la zona de descenso luego de la derrota del pasado fin de semana ante el Valencia
23/03/2026 11:12

El técnico argentino Matías Almeyda, destituido este lunes por el Sevilla, ha visto frustrado su sueño en su estreno en los banquillos en LaLiga española por culpa de los malos resultados y de una cuestionada gestión en los últimos partidos, a pesar de su implicación y de su discurso de fe y compromiso para intentar reflotar a un equipo hundido.

Almeyda, de 52 años y quien el 8 de julio llegó al Sevilla con toda la ilusión del mundo para revertir su mal recuerdo de su paso fugaz por un club en el que jugó en una temporada aciaga, la 1996-97, ha sido víctima de la etapa convulsa que vive el otrora equipo campeón, sobre todo en Europa, tanto en el ámbito institucional como económico, social y deportivo.

Deja al Sevilla, un equipo ahora sobrepasado y sin alma, a solo 3 puntos de la zona de descenso. En su presentación el pasado verano, el entrenador de Azul (provincia de Buenos Aires), dejó claro que sabía que llegaba a “un club top” que estaba en plena travesía del desierto, pero prometió aportar su “granito de arena” para que volviera a lo que había “acostumbrado a ser en los últimos tiempos”.

Era, según resaltó, “una oportunidad personal” que no podía dejar pasar y por la que iba a “luchar a muerte”. Sin embargo, el día a día, con el equipo preso de los nervios y muy condicionado por la mala calidad en general de su plantilla, junto con otros factores no manejados con acierto (alineaciones, cambios o cuestionables vaivenes tácticos). Almeyda ha acabado fulminado, a pesar de sus buenas intenciones, buena imagen y fluido discurso en las ruedas de prensa.

El argentino, a pesar de haber demostrado ser un técnico comprometido, respetuoso, implicado e ilusionado con amoldar un Sevilla diferente, ha sido quizás la única voz clara y sincera que se dirigía a la afición, a un sevillismo cada vez más decepcionado e impotente, ante un club a la deriva, con sus seguidores abiertamente enfrentados a la cúpula directiva.

En pleno proceso negociador de la venta de la entidad, que no acaba de concretarse, Almeyda fue el pegamento entre los sentimientos del sevillismo y el club, pero, por mor de los malos resultados y con el equipo al borde de la zona de descenso, no le ha servido de nada. La cuerda siempre se rompe por el lado más débil, en este caso por el del entrenador.

Es verdad que el bonaerense, un profesional brillante en su etapa como jugador e indiscutible internacional con la Albiceleste, quizás se ha perdido en discursos filosóficos, en destacar más con las palabras que con su capacidad para insuflar a su limitada plantilla de las herramientas necesarias, como él siempre ha defendido, para sacar del pozo a un Sevilla desconocido, pésimo por su rendimiento colectivo y en una espiral de descomposición que lo mantiene a la deriva.

A su llegada a la casa del Ramón Sánchez-Pizjuán, el pasado verano, Almeyda aseguró que, cuando le surgió la opción de dirigir al Sevilla, no se lo pensó y convenció a sus dirigentes de que quería, a todas luces, responder a la confianza depositada en él para hacer algo importante en el club, un reto que adoptó con toda la energía y que ahora se le ha caído.

También reivindicó su capacidad para liderar el proyecto, tras catorce años de carrera “en silencio y por todos los lugares” (el Banfield de su país, Chivas del Guadalajara, San José de la MLS y AEK de Atenas), pero la realidad es tozuda y le ha superado. El Sevilla, decimosexto a solo 3 puntos del descenso, es el equipo más goleado de Primera. 49 tantos encajados. Demasiados.

La última derrota contra un rival directo como el Valencia (0-2), en lo que era una auténtica ‘final’ en la lucha por la permanencia, ha sido la espita para el despido de Almeyda, quien se saltó el guion más clásico en un partido vital, con un once quizás diabólico, con tres delanteros bajitos y con poco físico (el chileno Alexis, muy cuestionado, el francoargentino Maupay y el suizo Vargas, aún sin el físico adecuado al estar recién salido de una lesión), sin una referencia clara arriba.

Sus decisiones en este último encuentro fueron empobreciendo y desordenando al equipo. Sacó antes del descanso por la lesión del lateral Azpilicueta al punta nigeriano Akor Adams, su máximo goleador, para que jugara escorado en la banda derecha y dio entrada muy tarde al carrilero Oso, si bien estaba mermado por haber tenido fiebre.

Más allá de decisiones técnicas más o menos acertadas, Almeyda, un entrenador que se mostró como honrado, honesto, sincero y sin pelos en la lengua para analizar y diagnosticar las bondades y defectos del empobrecido Sevilla actual, quizás llegó en el peor momento posible a este desafío, a su primer reto en LaLiga.

El argentino se despide con la ilusión frustrada de no haberle podido aportar más a un equipo en caída libre, más allá de su anecdótica única campaña en la que vistió como jugador la camiseta blanquirroja hace casi treinta años.

Con división de opiniones, también deja una buena imagen en el sevillismo, pero los resultados mandan y se va con la impotencia de no haber triunfado en un Sevilla a la deriva, casi descabezado y que, tras cuatro años coqueteando con ello, teme pegar un ‘Segundazo”.