"Doña Juana, la ‘madre’ de los palmillenses"
P ALMILLAS, Escuinapa._ Doña Juana Chávez Sánchez siempre soñó con tener en sus brazos a un niño; su amor por ellos la llevo a tener cientos mientras practicó el oficio de su abuela como partera de esta comunidad.
Por sus conocimientos y sabiduría, hay algunos de esos niños que la llaman mamá, un título que consiguió al ser la primera en recibir a los palmillenses, en el mayor acto de amor que se tiene por la vida y preservarla.
“Yo veía a mi abuela (Juliana Maldonado) parterear, me gustaba y decían ‘acuesten a esa niña’, pero yo quería estar ahí, es algo que me gustaba, tenía doce años cuando empecé a ser partera”, relata.
Sin conocimiento alguno sobre medicina, no puso objeción cuando la Secretaría de Salud llamó a preparar a las 180 parteras que había en el sur del estado y que tenían cursos en Mazatlán.
Se propuso aprender lo mejor posible sobre el oficio para que los partos fueran mejores, para que los niños nacieran bien y ayudar a que las madres no sufrieran durante el proceso.
Aunque recuerda que el primer parto atendido fue de una niña que nació muerta.
La madre venía de la sierra. Cuando llegó al pueblo, los dolores habían desaparecido, ya no sentía que el bebé se moviera. Doña Juana le puso una inyección para que la criatura bajara y pudiera sacarla, pero esta venía con moretes y sin vida.
“He visto nacer casi a todo Palmillas, atendía a gente de Acaponeta, de la sierra, de todos lados…, en 70 años vi nacer a cientos, y también morir a algunos de los que traje a la vida”.
Doña Juana habla con lucidez, no parece cargar con una vida de 98 años, eso es algo que solo le recuerdan sus pies y manos, cuya agilidad ha desaparecido, razón por la cual abandonó el oficio que tanto le apasionaba: atender a mujeres embarazadas.
Comenta que ahora solo puede dar algunas recomendaciones a madres en espera, sobarlas y, tal vez, decirles el sexo del bebé.
“Nunca me ha fallado”, asegura. “Los niños a los 40 días se sienten ya formaditos, las mujeres tardan más, a los seis meses se sienten, eso sí, ellas nacen en el tiempo exacto”.
La nonagenaria cuenta que su oficio como partera lo combinó con la venta de tejunio, bebida que elaboraba para ayudar en el sustento familiar y para mantener a sus cinco hijos.
Ha vivido la vida con amor, y con amor ha recibido a quienes llega al mundo, ha cumplido con su tarea, ha desarrollado lo que ha querido, y ha sido reconocida incluso por médicos que le han brindado su apoyo. La vida ha sido una noble tarea que ha desempeñado con agrado.
“De volver a nacer, volvería a ser partera”, dice. “Es ver la naturaleza y a Dios en cada nacimiento para dar la palabra mamá a quien empieza a formar a un ser humano”.