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Las alas de Titika

A 100 años... las formas del amor

LAS ALAS DE TITIKA
31/07/2026 12:04

“Por qué te casaste. Para no dormir sola porque me dan miedo los ratones que salen de noche”. De niña, pensaba que todos se casaban por amor, de grande supo que cada persona tiene sus propias y más extrañas razones. Para ser libre, para salirse de casa, para no perder valor, para tener hijos, para salir acompañada, para viajar por el mundo, para tener a quién cuidar, para no cuidar a nadie, para vestirme de novia... por ninguna de las anteriores. Pues para casarme, ¿quién quiere estar sola?

Ella las escuchó y dijo que se había casado porque había entendido la importancia de atestiguarse; para que alguien más dé razón de ti, de que viviste y fuiste una realidad y no un avatar o esa otra persona que la IA dice que fuiste, pero que no fuiste. Puede ser con esa persona que amas o te ama —que no siempre es recíproco— o a quien no amas, pues cada cual tiene su razón. “Alguien que dé razón de mí”, que diga que sí existes, que eres —eras— brillante, sensible o gris. Que sí viviste, vives, y eres una feliz escritora , panadero, modista, pescador, piloto, futbolista, modelo, clavadista... alguien íntimo que narre tu esfuerzo o tu infortunio, todo lo que hubo detrás de tu historia visible... algo así como un biógrafo de cabecera que cuente y dé a saber algo valioso sobre ti...

La veía afanosa y pensé en todo lo anterior. Por ella conocí su propia historia de amor.

Por ella supe que existió Manuel Enríquez, un violinista, compositor y pedagogo de Ocotlán, Jalisco. Debieron pasar 100 años para saber que él existió, que fue embajador cultural y que mostró la música mexicana de concierto al mundo entero. Que musicalizó más de 10 películas mexicanas y que, para una neófita como yo, la manera de acercarse a su música es justo a través de una película, nada menos que con el cuento ‘Muñeca reina’, de Carlos Fuentes, llevado a la pantalla en 1972. Una vez que ves la película —con gran reparto— te atreves a decir que todo el mérito —al menos para mí— se lo lleva la música y las sonrisas de Ofelia Medina y Rocío Brambila. El dramatismo y la alegría que se interna en la historia no habría sido posible acentuarlo sin la música del maestro Enríquez...

Por ella conocí al músico, al maestro que innovó en las formas. Por ella que le sobrevivió, que fue su esposa, que viajó con él, que lo acompañó hasta su muerte. Por ella que ha sido depositaria de su legado, una promotora de su obra, de su compañero, su esposo. Por ella supe de su brillantez. Por ella conocí una hermosa historia de amor, la de ellos. Por ella que lo recuerda, que quiere que otros conozcan quién fue él.

Gracias a ella, a Susana Enríquez, su viuda, la pintora, la maestra, la escritora, la promotora, la guía, la mujer que vive del otro lado del mundo. La mexicana que se asentó en Australia, que monta exposiciones de pintura en distintos lugares. La artista que viene y va, que lleva y trae, que investiga y restaura, que contempla silenciosa los tonos del mar y los azules del cielo; los de Australia, los de México, los de la música.

Yo quiero dar razón de ella, de la pintora que me contó su inspiradora historia, de la mujer cálida que te recibe en su casa y comparte su mesa y su sazón, de la escritora que entrevista a mujeres migrantes, de la amiga que te enseña que vivir en confianza y alegría es lo mejor. Hoy, en plenos festejos del centenario del maestro Enríquez, me dio por pensar en los motivos por los que se juntan las personas. Por qué deciden compartir la vida y la intimidad con alguien más. Por saber si alguien tendría el amor suficiente para decir y contarle a otros quién eres tú; una historia de amor como la de Susana, un amor como el de Manuel. ¿Alguien contaría tu historia?

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