Metidos en la carrera del día, nada cuesta más que desconectarse y sorprenderse. El hastío no te deja desistir y de repente te sorprendes atendiendo con devoción las cosas más ordinarias: sonidos, aromas, miradas y memorias de todo tipo... hasta que llega un día en el que algo se te revela de la forma más inesperada. El color amarillo de esa flor que has visto en el jardín, el pasto verde brillante por el que has caminado en el verano, el crujir de las ramas en la punta de los árboles, el golpeteo ininterrumpido de la lluvia, la nueva grieta en la pared o el laborioso caminito que marcan las hormigas... empiezas a vivirlo todo con la mayor atención y cuando menos esperas pasa lo inesperado.
Una noche de insomnio, por inercia, tomas ese libro que no logras terminar. Apenas dos líneas, brota un suceso del pasado con una claridad tan transparente que te hace dudar que el tiempo haya transcurrido. No buscabas nada, ni siquiera un ensalmo para aliviar la involuntaria vigía; sin embargo, el recuerdo llega como revelación luminosa apenas retomas la lectura. Las dos líneas que citaba el autor correspondían al poeta que nunca habías leído. No podías creer que eran las mismas líneas que él te había escrito montones de años atrás. ¿Conocía el poema completo o sólo esas dos líneas?, eso ya nunca lo sabrás. Ahora las dos líneas llegaban a ti de manera silenciosa como para descifrar enigmas atrapados en el tiempo. Surgieron otras preguntas. ¿Quién fue la musa del autor?, ¿quién le provocó inspiración tan delicada y sublime hacía más de ciento veinte años?, ¿a quién le había confiado su ser? Un ser noble y vulnerable con corazón abierto y frágil, que presa del amor, escribió: “...sólo tengo mis sueños; sueños que extiendo bajo tus pies, he extendido mis sueños bajo tus pies; pisa suavemente porque pisas mis sueños”. Cuando la leíste por primera vez no te dijeron nada, ahora te revelaban todo un universo.
La noche insomne te dio respuestas sensibles. Entendiste que sí, que estás hecha de muchas vidas, y que una sola no alcanza para coincidir en los saberes y misterios que se revelan. Te das cuenta —como otras veces— que debieron pasar montones de años para encontrar el hilo que quedó suelto aquel día. Un hilo que ahora retomas para colocarlo en su debido lugar y así seguir entretejiendo. Te preguntas cuántos otros como tú tendrán su noche reveladora, o cuántos otros supieron leer y entender in situ, lo más hondo del mensaje y evitar por años la confusión. Una noche insomne que termina en apacible bienestar. Ese bienestar que da el entendimiento, y que no importa cuánto se tarde en llegar porque cuando se revela te sacará una sonrisa y un deseo genuino de que otros se ahorren malestares y dolores. Ese dolor frustrante que da la incomprensión. ¿Por qué habríamos de esperar para otros la misma suerte?, ¿por qué habríamos de seguir pisando, por ignorancia, los sueños que nos son confiados? Aquel día sentí que había pisado sus sueños, esta noche supe que había pisado los míos.
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