Anacleto González Flores, beato
De más allá del mar océano llamado Atlántico habían llegado grupos inmigrantes desde la Castilla española para ocupar un lugar llamado Los Altos, en la Nueva España, pues a causa de la resistencia de los naturales Chichimecas la población conquistadora se encontraba muy disminuida.
Los recién llegados ocuparon la región, mezclándose con los pocos chichimecas ahí restantes, la mayoría de los habitantes eran de origen castizo, con un alto número judíos de grupo sefardí. Todos ellos ya convertidos en fervientes católicos practicantes y con el tiempo serían un semillero de mártires mexicanos
A inicios del Siglo XX, cuando se desató la crisis, producto del recrudecimiento de algunos herederos anticlericales del conflicto armado llamado la revolución mexicana.
El 14 de junio de 1926, el entonces presidente Plutarco Elías Calles promulgó una ley que se conocería como la ley calles, tratando de imponer reducciones dentro de la militancia a la iglesia católica, pretendiendo limitar el número de ministros religiosos y a la vez de intervenir en la organización interna de la institución. Ante esta situación la jerarquía católica reaccionó suspendiendo el culto en los templos.
Esto causaría una reacción del pueblo católico, lanzándose a la defensa del ejercicio de su fe, en la llamada la Revolución Cristera, con una inicial participación de alrededor de 25000 miembros, la mayoría surgida del pueblo sencillo, que se vio agraviado.
En este ambiente surgieron varios líderes, auténticos caudillos de las causas populares. Cabe destacar que las fracciones seguidoras de Emiliano Zapata y Francisco Villa, a quienes ya habían mandado eliminar, Venustiano Carranza y Plutarco Elías Calles, fueron simpatizantes algunos, pero otros participaron como miembros activos del movimiento cristero.
En esta gesta revolucionaria es donde surgen las figuras femeninas, mujeres revolucionarias, quienes acompañaron a sus esposos en la defensa del derecho de la práctica de su fe.
El joven abogado Anacleto González Flores se convertiría en un auténtico caudillo y líder, encabezando un movimiento de resistencia pacífica. Fue fundador de la Acción Católica Juvenil Mexicana, conocida como ACJM, también lo fue de la Unión Popular y del Movimiento de la Fortaleza de la Patria.
Anacleto González Flores nació en Tepatitlán, Jalisco, en los Altos, el 13 de julio de 1888, hijo de Valentín González Sánchez y de María Flores Navarro y fue el Presbítero Miguel Pérez Rubio quien lo inscribió, como hijo de Dios, en la iglesia católica, administrándole el sacramento del bautismo.
El persistente ejemplo de sus padres le infundió una profunda conciencia de su vocación católica y en su juventud fue el ejemplo de un misionero, que predicó en su comunidad, quien lo condujo a ser un apasionado de su fe, apoyado en los dones de oratoria que había recibido.
Cuando el gobernador de Jalisco Manuel M. Diéguez emitió un decreto obstaculizando el culto católico, el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez respondió suspendiendo los oficios religiosos, como una protesta, lo cual causó, en el pueblo, indignación en contra del decreto gubernamental. La respuesta popular no se hizo esperar, encabezados por Anacleto se logró la revocación del decreto el 14 de febrero de 1919
Al frente de la ACJM, expresó que la tiranía se vence, no por la violencia, sino por la palabra y la organización y así organizó el movimiento denominado Fuerza Popular, destinado a defender los baluartes cristianos.
El 1 de abril de 1927 los federales incursionaron a su casa llevándole ante el general Ferreira enemigo permanente de Anacleto, quien le exigía revelar el lugar donde estaba el arzobispo y los nombres de sus seguidores, a lo cual Anacleto se negó.
Después de torturarlo, colgándolo de los dedos pulgares, arrancándole las plantas de los pies y lo golpearon despiadadamente hasta dislocarle un brazo. El general mandó atravesarlo una y otra vez con sus bayonetas, hasta que murió. Tenía la edad de 38 años.
Hoy la iglesia lo reconoces como beato, en su proceso para declararlo santo, un mártir mexicano que desde el cielo intercede por esta nación, a la que pertenece y por la que se entregó.