Había una vez... un hombre que nació en la colonia equivocada. Eso pensaba de niño, pero de grande se dio cuenta de que sólo cuesta más nacer en un lugar que en otro. Lugar es destino; el estigmatizado código postal del que pocos logran zafarse. No él.
En su caso, nacer en la Gabriel Leyva y no en la Chapultepec —la famosa Chapule— sólo le dejó clara una cosa: aferrarse a su sueño y quemar las naves. De niño, era sencillo cruzar la Obregón (avenida central de Culiacán) todos los días para ir a la escuela y sentirse en la Chapule. Observar el orden, las banquetas, las casas, el espacio, los jardines... le provocó preguntas infantiles: ¿por qué él no vivía ahí?
Empezó a conocer los contrastes y a sentir las diferencias. Las famosas y marcadas diferencias. A propósito, dicen que la diferencia central la hace la madre; la de él nunca soltó su mano, lo impulsó a estudiar y le cantaba al dormir; quizá sin ser consciente de eso, sostuvo cada noche el sueño de su hijo. Bromeaban y él le decía que la cigüeña lo había soltado unas calles adelante, en la Teresa Villegas. Reían. Cada vez afirmo la idea de que si las niñas son influenciadas por los padres —conozco a muchas que han hecho lo que ellos quieren—, el destino de los niños se marca poderosamente por el deseo de sus madres.
En la actualidad, el noble sueño de un niño tiene que ser doblemente sostenido por su madre. No se diga el de las niñas que aprenderán de sus padres a no edificar a personajes conflictuados.
Los riesgos que ahora acechan en las calles —y en las palmas de las manos pequeñitas sosteniendo celulares— son más viles y tenebrosos que en los tiempos de Melé; ese es el nombre del niño que supo aferrarse a su sueño. Sus amigos sabían que no había beca a la que Melé no aspirara. Se formó en la educación pública. Tal parece que la Obregón trazó su larga ruta, pues la recorrió de extremo a extremo para llegar al TEC de Culiacán.
Luego saltó a la UNAM con su beca de maestría; becas que daban para habitar un cuarto sencillo y como lujo extremo, tomar un café con dona en la capital chilanga. Había que ahorrar para lo que seguía después. Siguió Europa y luego —se dice fácil, no fue ni luego ni fácil— un organismo internacional en el que Melé es asesor en Ciencia. Poco se conocen estas historias sinaloenses. Poco sabemos de esfuerzo y dedicación en estos tiempos.
¿Pero quién es Melé?, un personaje culichi que bien honraría aparecer en la lista de Sinaloenses Ejemplares en el Mundo, en el ámbito de Ciencia; si es que ese programa aún continúa. Desconozco los criterios de selección, pero la de Melé es una historia que vale la pena contar y mucho más conocer. Puede ser que algún niño de ahora se inspire... que un adolescente sepa y se convenza de que no todo está perdido y tenga claro que los sueños (los propios, no los ajenos) suelen hacerse realidad.
PD: Contemos las otras historias; necesitamos conocerlas. Dejemos de ser carne de cañón.
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