El Mundial sacó la cohesión social de su escondite temporalmente, el reto es canalizar esta energía indomable hacia la reconstrucción civil urgente.
La urgencia de festejar algo
Es un hecho, la gente está cansada de tantas malas noticias, el colectivo mental está saturado. Le urge festejar y mostrar ese México patriótico, generoso, que reacciona y se organiza admirablemente en los temblores y en las catástrofes para ayudar a quienes más lo necesitan, por su iniciativa y cuenta.
El Mundial nos ha vuelto a recordar nuestra propia identidad a través de un milagro colectivo: la afición incondicional a la selección. En ella esperamos lo mejor. Millones salieron a festejar la victoria sobre Ecuador nacionalmente; bajo las alas del Ángel de la Independencia abrazados bajo la tormenta, tiritando, apretujados como sardinas, vibrando bajo una misma identidad, festejando por horas estoicamente. Y lo haremos hoy domingo por el magnífico desempeño de la selección y por las buenas cosas que nos ha devuelto y nos transmite.
Pero “El mexicano no quiere vengarse de su condición; quiere olvidarla. Nuestra pobreza puede medirse por la suntuosidad de nuestras fiestas.” comenta Octavio Paz. Por eso mojarse en la lluvia o pasar frío por la selección significa un “sacrificio heroico” disfrutable. “Aguantar eso en una protesta política se percibe como una victimización doble. Esta exige confrontar el dolor, el miedo y la rabia, lo cual agota mentalmente”.
Nacionalismo monolítico
La selección mexicana es de los pocos símbolos que unifica a todas las clases sociales, regiones e ideologías sin causar conflictos, al contrario: nos abrazamos, festejamos y lloramos. El sociólogo Samuel Ramos apunta que “la masa busca en una camiseta la cohesión que su vida civil no puede darle”.
Esa entrega demuestra que el tejido social de México no está muerto: está refugiado en el estadio.
No padecemos de apatía, sino de un severo desgaste provocado por décadas de decepción y por la tiranía gradual de un régimen que prometió soluciones, multiplicó el abandono y lo ahoga en mentiras.
El espejo social
El Mundial es el espejo de una inagotable potencia social. El reto es redirigir esa fuerza para salvar a nuestra patria y sobre todo para salvarnos de nosotros mismos, recordándonos nuestra fraternidad y unidad. Lo contrario a la violencia. Los mexicanos no somos esa identidad aunque lo parezca, es artificial y lamentablemente el estado solo la administra, menos en las elecciones.
Usan el miedo como parálisis política “es más fácil unirse para gritar un gol efímero que para enfrentar un peligro sistémico; lo primero ofrece comunión sin riesgos, lo segundo exige un coraje que el sistema penaliza.” Afirma Rossana Reguillo experta en movimientos sociales y violencia.
Espionaje colectivo
Sabiendo del enorme potencial social, del creciente malestar por los malos resultados, el estado quiere imponer la vigilancia digital si la gente se deja y entrega sus datos personales, con un pretexto. Temen la insubordinación.
Así tu celular, que es una herramienta de coordinación, sería tu propio espía que le reporta al régimen lo que dices, con quien te comunicas y el riesgo de ver tus cuentas. En China vayas donde vayas las cámaras te detectan y pueden apagar tu celular imposibilitando tus transacciones a través de él, allá circula más el dinero electrónico. Esto es el sueño de los países totalitarios para perpetuarse.
¿Ha salvado democracias el futbol?
Algunas. En Egipto (2011) la disciplina táctica de los aficionados organizados abandonó las gradas para blindar la Plaza Tahrir, convirtiéndose en la fuerza física que derrocó a la férrea dictadura de Hosni Mubarak que desató la Primavera Árabe.
En Chile (2019), los hinchas bravos de los clubes rivales más grandes firmaron una tregua histórica: dejaron de pelear entre sí para unirse contra la desigualdad. Asimismo, en Brasil (1982), la “Democracia Corinthiana” liderada por el futbolista Sócrates saltó a la cancha con pancartas que exigían el fin del régimen militar. Ellos demostraron que la pasión popular es el combustible más puro para encender la conciencia de una nación.
Con el futbol no se juega.
La tragedia del Maracaná. En 1950 Brasil festejaba la victoria contra Uruguay 1-0 en el bolsillo, éste en el minuto 66 y 79 metió 2 goles. Hubo un silencio total. 2 murieron de infarto en el estadio, hubo decenas de suicidios en la semana, el portero brasileiro fue culpado toda su vida. La tragedia fue la expectativa nacional evaporada.
Salvador y Honduras en las eliminatorias para el mundial de 1970 de México, Salvador ganó en tiempos extras, se desató la furia colectiva e invadió Honduras el 14 de julio, hubo 2 mil a 6 mil muertos más 100 mil desplazados. La guerra duró 100 horas. Croacia contra Serbia ocasionó 100 heridos en el estadio en 1990 y fue el preludio de otra larga guerra.
Anécdotas simpáticas
En el de 1986 sucedió algo muy simpático, el mexicano Hugo Sánchez llegó como la gran estrella del Real Madrid con 2 Pichichis y con muy altas expectativas pero solo metió un gol y falló un penalti crucial. Cuando la prensa cuestionó al director técnico Bora Milutinovic sobre su delantero estrella dijo “el mejor gol que vi de Hugo Sánchez en este mundial fue el del anuncio del choco milk” donde lanzaba una increíble chilena.
Cambiar de cancha
Si somos capaces de resistir el diluvio por un juego, somos capaces de tomar el timón de nuestra historia. La calle nos pertenece, solo falta cambiar la cancha y la camiseta del conformismo por el uniforme de la dignidad. Las tiranías tiemblan cuando el coloso despierta.