Con su mejor estilo In memoria de Raúl Ávila
El mejor estilo es el que no se nota. Por lo tanto, si lo que sigue se nota, no está en su mejor estilo. Siempre lo repetía en las reuniones de Comité Editorial, que fue donde lo conocí. Me apropié de esa su frase —que años después supe que él la aprendió a su vez de su querido maestro, Antonio Alatorre, así lo dijo en el relato post mortem que escribió en su honor, en 2011— y con ésta inicio también yo este humilde reconocimiento, ahora que recién me entero de su muerte. El 11 de febrero murió el querido maestro, lingüista del Colegio de México, Raúl Ávila.
Saber que cada mes estaría sentada en la mesa donde se discutirían los artículos a publicarse en la revista Ciencia, de la AMC, me llenaba de entusiasmo. Siempre procuraba quedar a su lado. En esos encuentros de doctos yo escuchaba y anotaba conceptos, pero escuchar los del doctor Ávila era todo un deleite. Cuando veía que se le iba delineando la carótida, sabía que esa discusión iba con todo. Era un férreo defensor del español y del cuidado de cada término. Ahí aprendí lo que es discutir y argumentar, también a levantar la mano y a dar mi opinión. Aunque no tenía voto empecé a ganar voz.
Aprovechaba el momento y siempre que le preguntaba en corto, aprendía más de él. Le molestaba que la gente portara con orgullo las marcas en la ropa: “si quieren publicidad, que la paguen”. No me la creía que estaba colaborando con el autor de uno de mis libros de la carrera —La lengua y los hablantes—. Ese privilegio no es algo común en los estados, por lo menos no en mis tiempos. De los más de 120 textos, entre artículos y libros, que publicó, y sobre sus proyectos del español en los medios de comunicación masiva, se puede consultar en internet con sólo escribir su nombre, pero de su pasión por el conocimiento es algo que, definitivamente, sólo apreciabas al tenerlo cerca. En las ininterrumpidas reuniones —durante diez años—, yo procuraba quedar a su lado, y él al lado del doctor Guzmán Arenas, experto en cómputo, con quien discutía, entre otras cosas, acerca de programas que pudieran medir la frecuencia de las palabras en los textos y en los discursos. El ingeniero y el lingüista entraban en un diálogo interminable.
No alcancé a entregarle un ejemplar de Quiénes son (editorial UAS) donde aparece la entrevista que le hice; fue mi primer personaje científico publicado en la columna ConCiencia, en este diario. Tampoco supo que, gracias a él, a ese primer texto que antes de enviar a la redacción del periódico él leyó y dijo: no me parece mal —demasiado para mí— me dio la confianza para seguir escribiendo. Con el tiempo supe que me faltaba, entre muchísimas cosas ‘creatividad’, otra palabra, además de ‘estilo’, que Raúl Ávila le aprendió también a Alatorre... y yo, una joven recién llegada a la capital chilanga, me enamoré de sus mundos y ya no supe bien a bien de quién aprendí que todo podía ser sujeto a discusión; esa máxima ha sido, durante todo este tiempo, una gran lección. Al doctor Ávila le debo el entusiasmo por el conocimiento y el haber colaborado en un proyecto científico. Él fue lo más cercano que estuve de hacer una carrera académica. En paz descanse, el querido maestro Raúl Ávila. Un abrazo con todo mi cariño a Marianne.
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