"El Octavo Día: Escribir con claridad, mover la luz"
Don Alfonso Reyes, cada vez menos citado y mucho menos leído por los jóvenes, llamaba “traslación” a su traducción al español del clásico de “La Odisea”.
¿Estaba siendo modesto, del mismo modo que José Emilio Pacheco le llamaba “aproximaciones” a las suyas, o solo deseaba con singularidad acuñar un nuevo término?
En la Alta Edad Media la palabra “traslación” se refería al acto de llevar las reliquias de un santo de un lugar a otro (en “transportar”, podemos rastrear la figura de llevar algo con porteadores).
La palabra transmisión es más reciente: la reinventó personalmente Sir Isaac Newton a la hora de explicar los fenómenos ópticos y el movimiento de la luz, así como la reflexión y refracción, conceptos inéditos que le exigieron a dicho sabio la creación de más neologismos.
Con el tiempo, felizmente, reflexión se volvió sinónimo de iluminar o poner las cosas bajo una nueva luz.
Octavio Paz decía que el poeta, con letra clara, escribe sus verdades oscuras. Hoy cunde el imperio de la letra súper clara, evolucionada por motivos electrónicos, capaz de atrofiar y confundir los significados y significantes.
Los griegos usaban para escribir un punzón llamado stylos… de ahí viene decir que la gente con excelente prosa cuenta con un buen estilo. El nombre de un objeto manual se volvió, con el peso de los siglos, en un concepto abstracto y peculiar.
El stylo moderno es la mordacidad y el veneno que estilan las sentenciosas frases con las que nos sacuden las redes sociales.
Antes, unos cuantos pensadores cambiaban el mundo sentados desde un escritorio. Hoy todo mundo cree que puede hacer lo mismo sin pensar mucho aquello que comparten en su Facebook, Twitter o lo que venga.
Hay temporadas en las que la comentocracia de las redes sociales se vuelve tan monotemática y tan fiel reflejo de la realidad mexicana, que valdría mejor encenderse con un buen libro.
Para no pocos de nuestros congéneres, estar tres horas sin Internet, sin sumergirse en el rumor de moda, equivale a trasladarse a una isla desierta o ser teletransportados a las llanuras del Planeta Marte.
Y el veneno y el punzón de la envidia afloran, como la semana pasada, con los comentarios sobre Yalitza Aparicio, de un olvidado actor de telenovelas llamado Sergio Goyri.
La última vez que supe de Sergio Goyri fue en una zapatería, ubicada en medio del desierto de Baja California Sur, luego de varias jornadas de ver las deslumbrantes bellezas naturales de la región.
Ahí, cerca de la caja registradora, había una pequeña foto suya en un evento, posando con la hija de la dueña, ya un poco decolorada por los años.
Se la habían tomado en Guadalajara, durante una presentación de una marca de sandalias que ellos vendían, en la cual le tocó ser el anfitrión de las vendedoras de todo el País que ahí se congregaron para la promoción del producto.
Muy lejos de las cámaras de cine y las pasarelas, lejos de la Luz, pero más del lado del filo del punzón que hiere y autoflagela.
“Quién tuviera una musa de fuego”, parece lamentarse en su frase inicial el narrador de una las obras de aquel dramaturgo que, los siglos y las academias, nos han hecho recordar como William Shakespeare.
Hoy todos tenemos fuego en una musa que nos hace querer quemar a los demás y de paso, nos incendia a todos, pero nunca nos ilumina.