El oficio de ser el patrón

FACTOR HUMANO
17/10/2026 17:58

Quejarse subraya el error ajeno, y victimizarse dificulta la solución. Sin embargo, el espejo de la realidad insiste en que nos veamos en él.

La foto actual

Amanece. En las salas de urgencias del IMSS y del ISSSTE, gente dormida en las sillas espera ser atendida, amontonada y exhausta. A cientos de kilómetros de ahí, un tren nuevo cruza la selva yucateca operado por militares y financiado en 96% con subsidios.

Esa es la foto de hoy.

Pero hay algo más grave: el tejido social se descompone más. Ya no es solo la disputa entre facciones; la violencia ocurre a domicilio y cobra la vida de inocentes, entre ellos una mujer embarazada.

Perdón por decirlo, pero la realidad cambia cuando sientes su horror de cerca: cuando el vecino armado se pone un pasamontañas para no ser reconocido en el poblado, o cuando no recibes ayuda para encontrar a tu hijo. Pero hay algo peor: no sentir en la piel el dolor del prójimo ni la debacle nacional.

Hay que reconocerlo, estamos anestesiados y nos hemos malacostumbrado a lo intolerable. México está herido, pero no por fuerzas extranjeras, sino por la omisión y la permisividad de los propios mexicanos.

Un pueblo así, ¿qué tipo de gobierno merece?

Los datos incomodan. En las cinco elecciones presidenciales de 2000 a 2024, la abstención promedió casi un 40%; otros siguen condicionando su voto por apoyos pequeños; otros votan y creen que con eso cumplen.

¿Qué cambió?

Por muchas décadas los ciudadanos de este país vivimos en relativa paz, a pesar de las grandes crisis que empezaron hace 50 años en 1976. Incluso hoy sabemos ser comunidad ante las calamidades de la naturaleza, pero no ante un poder concentrado.

Un poder sin patrón se vuelve abusivo y desmedido, del color que sea.

Hace décadas vivíamos en paz sin exigirle cuentas al gobierno. Le diste las llaves de tu casa —el país— y te olvidaste de vigilarlo. Esa ausencia ante el poder trajo graves consecuencias.

El costo de la ausencia

Así se acomodó una triple carga para el ciudadano: una gobierno que cobra impuestos y reforma la Constitución a su medida para justificar sus excesos como los jueces del acordeón; un crimen organizado que cobra hasta por respirar; y un aparato militar que patrulla sin desarticular a fondo la violencia, mientras sus empresas piden para 2027 más de 127 millones de pesos diarios en recursos públicos. Pagamos, en vidas y en dinero, tres veces por el mismo país.

La gran lección de la historia

Sin embargo, el espejo de la realidad insiste en que nos veamos en él y dejemos, por un momento, de señalar hacia afuera. Esa foto de hoy nos encara a aprender y a asumir lo que nunca asumimos.

Voy a decir algo incómodo: seguimos repitiendo las crisis y los errores porque no hemos madurado cívicamente ni hemos sido propositivos. Esa es la gran lección que la historia nos restriega en la cara: hacernos responsables de nuestro gobierno.

Sacudámonos el fatalismo de creer que no podemos arreglarlo: ese pesimismo y esa apatía son justo lo que perpetúa las inercias del poder.

Dejemos de esperar líderes salvadores que arriesguen lo que tú temes arriesgar. Los partidos han sido rebasados; solos no pueden pero los necesitamos para organizarnos nacionalmente y exigir al gobierno que cumpla su función, para lo cual se necesita la legitimidad ciudadana.

Los indicadores de la madurez ciudadana

¿Qué podemos hacer? Lo resumo en una palabra: empoderémonos. Estamos atrapados en los diagnósticos, y abundan; leer tantas malas noticias solo apesadumbra. Dejemos de ser solo críticos y busquemos soluciones factibles:

1. Un plan de cinco urgencias, con metas medibles. Impunidad, inseguridad, salud, corrupción y uso del gasto público, empezando por la impunidad, la llaga dolorosa que infecta todo. Cada urgencia con una meta de número y fecha: cuánto deben bajar los homicidios, cuánto debe acortarse la espera en las urgencias del IMSS. Si la exigencia no es sistemática, la autoridad aprende a administrar la protesta con simulación y a posponer las reformas de fondo mientras reparte apoyos.

2. Primero el plan, luego los candidatos. Hay personas honestas que quieren mejorar el país. No importa solo quiénes sean, sino el qué urgencias comunes representen para restaurarlo.

3. Mesas ciudadanas, de la colonia a lo nacional. Que la voz del pueblo retumbe. Empecemos con vecinos, colectivos, universidades y cámaras en cada municipio, con delegados a una mesa estatal y de ahí a una nacional. El plan debe quedar consensuado mientras definimos juntos a los candidaturas -ya vamos atrasados- y cada aspirante tendrá que firmarlo y medirse contra él. Ya electos, estas mesas vigilarán a los gobernantes con las metas a la vista.

4. Proteger el voto. Aterricemos: inscríbete como observador en el INE por internet o en el organismo electoral de tu estado, y participa como representante electoral para vigilar la transparencia de todo el proceso.

Aprendamos la lección y hagamos cosas nuevas para no repetir los errores: asume que tú eres el patrón del gobierno y él es tu empleado. Es un cambio de paradigma radical que provoca amaneceres con buenas noticias.

Quejarse subraya el error ajeno, y victimizarse dificulta la solución. Sin embargo, el espejo de la realidad insiste en que nos veamos en él.