El retorno de Ulises
No pierden su vigencia
¿Por qué la Ilíada y la Odisea, atribuidas a Homero, han sobrevivido 2 mil 700 años y siguen cautivando?
La Ilíada narra unos días del último año de la guerra de Troya y se centra en la ira como motor de la historia, así como en las heridas emocionales que deja “la gloria” de la victoria.
La Odisea puede leerse como la historia de Ulises que dice querer volver a casa, pero se demora veinte años: diez en la guerra de Troya y diez en el camino de regreso. Un dios lo retiene con sus hombres, una tormenta los desvía, una isla lo seduce, un monstruo los amenaza. El canto de las sirenas no es un episodio más: es muy revelador.
Las tres versiones de las sirenas
En Homero, el canto de las sirenas ofrece saciar la curiosidad: saber todo lo que ha pasado y lo que pasará en el mundo. Es una tentación exterior -ad extra- pero aniquila la voluntad de quien la escucha, así los hombres mueren deshechos por sí mismos. Nada que ver con la popular imagen de una seducción sensual que los enloquece.
Para el cineasta Christopher Nolan, el canto se convierte en introspección, ad intra: la verdad aterradora que nadie se atreve a conocer. A nuestro juicio, es el clímax de la película.
Obediencia y humildad
Obedeciendo a la hechicera Circe, humilde y desconfiando de sus propias fuerzas a pesar de ser el más astuto y victorioso de los reyes griegos, Ulises pide que lo amarren fuertemente al mástil del navío y que, por más que lo suplique, no lo suelten. A sus hombres les pide que se tapen los oídos con cera derretida.
Al oír el canto, Ulises llora y grita, desconsolado, desgarrado. Ya pasado el peligro, le preguntan:
”¿Cómo es el canto de las sirenas?”
Responde: Es todo lo que quieres que sea. Después, todo lo que quisieras nunca haber deseado. Es el delicioso escozor que quieres rascar, pero está debajo de la piel y no alcanzas; así, el escozor se vuelve insoportable. Te muestra que lo que más quieres es lo que menos puedes tener. Y lo que menos puedes tener es lo que ya tenías... y perdiste. Fue el canto de las promesas que no pude cumplir. Me dijo que, en realidad, no quiero volver a casa.
Su respuesta deja a la sala de cine en un profundo silencio. Atrapa emocionalmente. Pero en sí misma es una contradicción que exige digerirse.
Un canto universal
Las sirenas confrontan lo que Ulises más íntimamente desea con aquello que menos quiere enfrentar y recordar: la devastación de la culpa por los horrores cometidos al saquear Troya, el haber ofendido a los dioses, el no haber honrado a sus hombres muertos. Todo eso le dificulta regresar a casa y cumplir sus promesas.
Ulises palpa una contradicción entre las verdades que siente -las emocionales- y las que entiende -las racionales. Unas nos mueven; las otras se comprenden. No siempre coinciden: solemos hacer lo que no queremos, y ahí se abre un vacío desconcertante. Querer resolver ese misterio a fuerza de intelecto no nos libera: nos enreda más.
Los niveles de verdad
Hay distintos niveles de verdades: las que se esconden porque aterrorizan; las de fondo, que nos liberan al confrontarlas; las aparentes, que nos confunden; las verdades a medias, que juzgan y etiquetan. Lo que nos decimos a nosotros mismos, y lo que nos cuentan de otros, pueden reducir la identidad a una etiqueta. Esto nos extravía como Ulises. Somos mucho más que una etiqueta y que la foto del momento actual. Hay otra verdad pendiente...
El conflicto entre el anhelo y la conducta
El canto le revela a Ulises su dolorosa realidad. Eso lo desgarra, pero contarlo —cosa muy distinta a guardárselo— desarma el mecanismo que lo ataba a otro mástil invisible: la culpa que lo sometía al pasado y sometía su voluntad, un caldo de cultivo para la adicción.
Confesar las culpas
Hacerlo requiere valentía para afrontar los monstruos interiores que más nos avergüenzan y que dificultan cumplir lo anhelado. Las verdades liberadoras surgen al confesar lo que no queremos decir. Pero hay que saber a quién decírselo: hay verdades que matan a quienes más queremos. Por eso la gente paga para ser escuchada por un profesional, y se arrodilla para ser perdonada ante un confesor.
Solos, imposible
La autosuficiencia y el aislamiento emocional —incluso rodeados de familia— dificultan la tarea de mejorar. Al liberar lo oculto, se gana libertad. A ese silencio cómplice con uno mismo se le llama, con acierto, el demonio mudo.
Enfrentar con humildad el mayor desafío, acompañado por sus hombres, y decir lo que sintió en el canto de las sirenas, le facilitó a Ulises el camino de regreso.
A nosotros, reconocer lo que somos en este momento nos ayuda a encontrar nuestro propio regreso a casa: nuestra verdadera identidad.