Debió sospechar desde ese día que le pidió un cigarro. Pero si tú no fumas. Eso crees tú. Le dio un beso y se marchó. ¿Qué era eso? Se había ido. Sí, se fue. Desconcertado, no supo qué hacer, qué decir, qué sentir. Seguro volverá. ¿Cuándo empezó a fumar? Quién era ella, en quién se había convertido. Intentó dormir. Quiso pensar que se trataba de un sueño, pero no. Ella no estaba y era domingo. Ella siempre estaba a su lado, pegadita a él los domingos. Le había dicho que eran sus días más perros; no soportaba hacer nada sin él. Qué hacía ahora. Se fue un domingo con cigarro en mano. Qué imagen. ¿Qué diría él si se encontrara a una mujer, un domingo, caminando sola y fumando? Le diría algo o sólo la vería pasar de largo. Se preguntaría qué hacía una mujer sola, avanzando con determinación como si acabara de dejar a alguien derrotado en la cama en la peor de las derrotas.
Cómo se verá caminando sola por la calle aventando humo a placer. Que pensarán de ella los otros, esos con quien tropiece en la banqueta; porque seguro se tropezará, no da paso seguro sin mí, menos un domingo a esa hora. ¿Qué hora es?, ¿ya tomaría café?, espero que sí, si no, no funciona. ¿Sin el café?, ¿sin mí? No, no funciona sin mí, eso yo lo sé; y menos el día siete. Aunque este día siete en realidad es el ocho. Llevo, o lleva, ocho días que me dejó, y justo hoy es 8, ese ocho del que todas hablan. Tan tranquila que vivía conmigo. Sin sobresaltos, con su amor acendrado. Habría jurado que no se envolvería en el discurso ajeno, pero ellas la inquietaron.
Era él, acabado. Un domingo, sin entender ese “ya no te quiero”. Él, que había consolado a sus amigos en el bar, diciéndoles: “se le pasará”, “es una crisis, todas las parejas tienen crisis”; sin embargo, a ellos nunca les habían dicho “ya no siento nada por ti”. ¿O a ellos les pasaba lo mismo y no decían nada? Les daría pena, por qué habrían de decirlo, de contarlo como si fuera un triunfo que ellas los dejaran y decidieran andar solas. Qué se estaban creyendo. Las otras ganaban terreno, las estaban convenciendo de largarse, de abandonarlos así nomás como si ellos no contaran.
¿Qué haría si la viera caminar con seguridad, con esa entereza del principio? Le diría que el cuento de los cachorros huérfanos en la calle, en la lluvia, era sólo una más de sus torpes salidas cuando no llegaba a dormir. Trataría de convencerla, decirle la verdad, que él es hombre y los hombres... mejor no, no le diría nada. Podría ser que si abría la boca ahora sí se desencantara de verdad. Sólo la vería caminar y amaría su andar, su libertad. La contemplaría. Ella no se percataría de su existencia, llevaría prisa. En la plaza la esperaban, no debía faltar ninguna. Apenas llegó, aventó el cigarrillo al piso y lo aplastó con la punta del zapato. Se olvidó de que alguna vez alguien le inventó una historia de perros abandonados. Eso ya era pasado y ella, ahora, estaba lista para sumarse a la nueva historia. Esa que escribirían los demás sobre todas ellas.
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