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"Columna"

"Expresiones de la ciudad"

"Rivas Loaiza, un mortal como cualquiera"
La ruta del paladar
14/11/2015 08:12

    Por bruto. Zaca, zaca. ¡Por imbécil! Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se ensarta, se oía a lo lejos en aquella plaza, no sé, quizá desde una rocola, o desde algún estéreo de automóvil. O tal vez en voz de uno de los grupos que amenizaban la fiesta popular. La frase de la canción, oiga, que ni mandada a hacer. A la pura medida. Por andármelas dando de influyente, por decir, mira, sí, al que ordena aquí yo lo conozco, te juro que fuimos revolucionarios. Que a la hora del mitin. Que con aquello de que no hay PRI que dure 100 años ni pueblo que lo aguante. Que salario mínimo al Presidente para que vea lo que se siente. Y así.
    Casi brincaba de contento cuando arribamos a Tamazula, Durango. Íbamos en caravana. Que los de teatro, que los de danza. Listos para el escenario. Y yo que me apersono con Jaime Rivas Loaiza, el presidente municipal, el mismo con el que compartí, junto con muchos, toda aquella etapa juvenil de los sueños. Y el hombre que ni me mira. Y yo que me voy para atrás. Y luego que nos dicen que a los de la caravana los van a mandar a dormir al suelo. Y que a los chavales de danza les iban a dar Korn flakes de cenar. Y yo que me amargo el viaje. Por bruto. Por imbécil. Y casi a punto de cachetadas, zaca, zaca, me volteaba a un lado y a otro la cabeza.
    La vida, digo yo. La misma que te trae como en rueda de feria. De eso ya pasó mucho tiempo y más bien guardo gratos recuerdos de Rivas Loaiza, los de aquellos días de Heberto Castillo, el hombre que tenía un sol por corazón. Y aparte yo era muy joven. Y muy rebelde. Y muy contestón. Y pues en cuanto a Jaime, él nunca ganaría un concurso de Mr. Simpatía. Júrelo. Ni en la etapa de la lucha social que compartimos. Ni cuando presidente, supongo. Y ahora, pues quién sabe, oiga. Cada uno por su rumbo y sus asuntos. Y así está bien.
    Cuento esta historia porque hace unos días y sin ningún tiento de mi parte, traté personalmente a Moisés Aarón Rivas Loaiza, el presidente municipal. Y hermano de Jaime. Y digo que si ningún tiento porque a mí el poder no me sorprende, ni soy afecto a pertenecer a la corte de aduladores, ni intento conseguir prebendas. Ni nada. Cuando uno piensa y actúa de este modo, entonces tienes ganada la libertad de mirar de frente al otro, sin pretensiones, sin córrele porque te pego. Sólo dejar que la vida fluya por el cauce normal. Y la charla. Y el intercambio de opiniones. Y la broma. Y el estarse a gusto de las cosas.
    Pero quiero decir, y digo, que lo más común en los días que nos mandamos es toparse con políticos que ay, Virgen Santa, quítamelos de la vista, por engreídos, porque a veces emanan una tibia y tierna brisa de podrida grandeza, porque adviertes hedentina en el entorno, porque son amantes de los aduladores impávidos, porque se ríen un huevo y parte del otro a costa de lo demás, porque forman parte de los demasiados sinvergüenzas por metro cuadrado, porque ellos casi siempre están dispuestos a calentarse las manos en cualquier hoguera donde ardan otros, porque muchos son canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena, porque por lo regular son personas teóricamente respetables. Y así.
    Y sin embargo quiero decir, y también digo, que al político que conocí es de otro modo. El Moisés Aarón Rivas Loaiza que estuvo en mi casa dio visos de ser un mortal como cualquier otro, diciendo cosas no por rizar el rizo, sino porque en verdad las cree, sin ánimos de quedar bien, sin carraspearse la garganta para guardar el tono, sin esa sonrisa tan fácil como la de los escualos hambrientos. Y que habrá de joderse como Dios manda, supongo, haciéndose responsable de sus actos como presidente de un lugar como el nuestro, que a decir verdad, oiga, no se presta a delicatessen. Luego de conocerlo, admito que me gusta que tal sea el fulano que nos gobierna. Hasta ahora. Porque en política nunca se sabe. Pero nos dimos la mano y a estas alturas del partido no me ando con marrullerías.
    Días después de su presencia en aquella reunión tipo social, Rivas Loaiza me hizo llegar lo que yo titulo Libro Rojo, una edición especial donde están impresos los proyectos de obra física que tiene en desarrollo la administración municipal. Estoy encantado, quiero que lo sepa. En lo particular puse ojo al proyecto de remodelación del Parque Revolución, el único lugar, fíjese usted, que tenía Culiacán para grandes eventos. Allí, lo recuerdo muy bien, aplaudí a rabiar a mi Lola Beltrán. Fue en algún año de la década de los 70. El gobernador Alfonso Calderón le rindió tributo. Y yo estuve allí. Y a Lola le di un abrazo. Y fui feliz. Y punto.
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