"Expresiones de la Ciudad"
Qué atrabancados somos los sinaloenses. Y mire que para muestra está Joaquín Guzmán Loera, que lo era, lo es y será, como dice el corrido. ¡Fugarse otra vez de un penal de alta seguridad! Ay, México de mi alma.
Para que usted se ilumine un poquito sobre por qué podríamos ser de este modo los norteños, dese una vuelta por las páginas del ensayo "Entre sonorenses y sinaloenses. Afinidades y diferencias", de don Antonio Nakayama.
La mía es una edición amarillenta, de 1991, cuando el Instituto Sinaloense de Cultura todavía se llamaba Difocur. Que yo sepa, este manuscrito de apenas 68 páginas no se ha vuelto a publicar. Y está delicioso, como cuando dice que los unos y los otros somos decidores, broncos, generosos, incultos, alegres, apáticos, confiados y dueños de una franqueza que raya en la grosería.
Como que me llamo Julio, le juro por mis muertos más frescos que no lo va a encontrar en ningún escaparte de las tiendas bien. En todo caso, consígalo por allí, a lo mejor con el vecino, o de a buenas asista a cualquiera de las librerías de viejo que hay por la ciudad, como la del Archi, en el parque Revolución.
Me encantaría decirle que vaya a la biblioteca del Isic, pero a doña María Luisa Miranda se le fugó, igualito que el Chapo, por el túnel de la ignominia. Uta, pues nos cayó encima la temporada vacacional, y no es nadita de peor usar el tiempo para sacar pendientes.
Hace tiempo tenía el propósito de hacer piratería cibernética para bajar piezas de mi gusto para hacerme un disco, aunque esto de disco ya está como muy caduco.
Quizá suene mejor decir, en consonancia con el lenguaje de los días que corren, que las canciones las voy a convertir en formato mp3, luego las voy a almacenar en una USB y también haré un respaldo en el disco duro externo. Qué palabrerío, oiga, cómo se nos ha venido ensanchando el habla con la explosión del internet y la madre que lo parió, el crecimiento de las tecnologías y aparatos que la acompañan, y la aparición de las redes sociales. Pero, en fin.
El caso es que desde hace tres días estoy dale que te pego sobre el Youtube buscando mis preferidas. Y quiero decirle, y le digo; le quiero presumir, y le presumo, que en el instante en que le doy a la tecla disfruto -como el Chapo pero distinto- la libertad a que me mueven temas exquisitos, como el Barcarolle que cantan Anna Netrebko y Elina Garanca. Es un canto hermoso, de esos que te mueven la fibra de remate.
También la bajé con orquesta, justo el soundtrack de la película Medianoche en París, porque allí la tocan en algo como un cabaret cuando el personaje reaparece en los años 30. También tengo la 5ª Sinfonía de Beethoven, aunque con cierto ruidito en los recuerdos, porque ha de saber usted que allá por los años 80 esa clásica de Luwdin los de mi generación la bailamos en las pista porque, aunque a usted le parezca inaudito, un ocurrente la arregló como música disco.
O Fortuna también ingresó a mi colección. Aunque tengo la obra completa de Carmina Burana, se me antojó hurtarme una versión cantada en vivo.
Para Elisa, de Chopin, pues qué le puedo decir, tan evocadora; y por cierto tan usada en esos videos cursis de pajaritos y florecitas. Uy, El coro de los Esclavos, de la ópera El Nabuco, de Verdi, cosa grande de mis apetencias. Y me hice también del primer movimiento de Las Cuatro Estaciones, de Vivaldi, con la que corro también por lo cursi, pues me hace flotar en ambientes primaverales.
Y si escucho La Polonesa Heroica, de Chopin, pues el asunto se pone que arde, porque es una composición furiosa, determinante y hasta te puede dar un empujoncito para decidirte a hacer lo que no has decidido hacer.
La Danza Húngara No.5 y Las Bodas de Luis Alonso, pues en nostalgia por aquellas noches de bohemia con el Cachi Anaya tocando el violín a un lado de la mesa. En cuanto a Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega, una majestuosidad del repertorio de la guitarra clásica, pues es un tema de toda la vida, de reuniones maravillosas con Manuel Tanamachi bailando sus deditos sobre las cuerdas.
Entre muchas varias, también bajé El Brindis, aria de la ópera La Traviata, de Verdi, porque es un estallido de contento, interpretado por Roberto Alagna y Tiziana Fabbricini. Y así.
Pues con todo esto, oiga, aquí casual para ver si desde el otro mundo don Antonio Nakayama le baja un poquito a aquello de la ignorancia norteña. Pero de todos modos sigue rifando José Alfredo. Eso que ni qué. Y punto.
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