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"Expresiones de la Ciudad"

"Entre Silvio Rodríguez y Gloria Gaynor"
La ruta del paladar
06/11/2015 10:19

    No sé a usted, pero yo, cuando cumplí los 30 años, haga de cuenta que me cambió la vida. Quiero decir, y digo, que siempre tuve la impresión de que tener cualesquier veintitantos de años, así faltara un minuto para llegarle a los 30, pues como que todavía estaba en el bando de los jovenzuelos. Ah, pero decir tengo 30, sentía que ya, en definitiva, casi debía correr por mi tarjeta del Instituto de la Senectud, o como diablos se llame el lugar donde lo fichan a uno como viejo.
    A lo mejor algo se me pegó de aquel síndrome tan distintivo de los años 60, de aquella revolución cultural a cargo de la juventud para quien todo aquel que pasara de los 30 ya era un ruco; una generación que creía férreamente que, llegada la juventud, era llegar a la plenitud de la vida, de modo que morir joven era a veces lo ideal. Y mire que así lo creían, que para eso la chavalada ya tenía su panteón de ídolos entronizados, encabezado desde luego por James Dean.
    Pero para no hacerle mucho al cuento, pues déjeme y le digo que yo no pertenezco a esa generación, sino a la que sigue. Digamos que soy de la generación sándwich: ni de aquí ni de allá.
    Quizá por eso uno de pronto es tan ambiguo, tan asumidor de poses viejas como de nuevas, por decirle nuevo a lo que empezó a estilarse en la década de los 80. Y para que se dé un quemón, allí está el asunto de los gustos musicales, que cuando uno no escucha a Silvio Rodríguez cantándole a la revolución, tiene pegado el oído a Gloria Gaynor con su eterno I will survive.
    El caso es que los años se me han venido acumulando entre juguitos de zanahoria para conservar la lozanía de mi piel tipo piedra pómez, entre trotaditas mañaneras para que los huesos estén al tiro, y entre alucinaciones frente al tocador: "espejito, chiquito, bonito, ¿quién es el más jovencito?". Y pues me la creí, oiga, uy, sí, cómo no: tan chavalillo como cualquier adolescente adorador de la mano amiga, tradición que obliga.
    Pero los años son perros, oiga, porque por más que uno busque esconderlos, le brotan a uno como sudor sinaloense. Y a veces, lo peor, es que se aparecen por donde uno menos se espera, así se ande vestido como los jóvenes que pululan en las discotecas aledañas a la plazuela Obregón, así se traigan cortecitos de pelo muy de moda, con todo y tenis y mochila al hombro. Salen porque salen. ¡Cómo de que no!
    Pues que me cayó el veinte, oiga, pero no de aquellos de cobre -para acoplar la frase a los tiempos que corren- sino uno de esos billetes de a 20 con ventana y todo, de esos que hasta se pueden lavar, tan a tono con los lavaderos de dinero en Sinaloa. Pero ya, dejando esta cápsula cultural patrocinada por mí, mire que me cayó el veinte de los años, pero no por las arrugas, al fin que a ésas ni las veo, que para eso tengo mi espejito mágico.
    No, mire, ¡perra vida!, se me empezaron a revelar caminando por las calles, así, con cremita y suavecito, como no queriendo la cosa, viendo y viendo, que los edificios, las casas, que los comercios. En un de repente, como iluminado por una luz genital, fui cayendo en cuenta de cómo en algunos puntos la fisonomía urbana había cambiado, distinta a la que vi y viví en mis años mozos y verdaderamente juveniles.
    Eso lo sentí cuando, por ejemplo, trotaba por el andador del ya no tan nuevo Malecón nuevo. Oiga, nunca de los jamases se me ocurrió siquiera que yo iba a andar por esos rumbos haciendo ejercicio, si lo que yo venía era la espesura de arbustos, álamos y sauces. Y jamás, pero jamás llegué a pensar que iba a tener al Puerto de Liverpool a mis pies, muy en contraste con las tostadas de la Filo. Son los años, mijito, ¡son los méndigos años!
    Igual me pasó un día parado en el cruce de Obregón y Madero, cuando mis juveniles ojos que nada miran si no es con lentes, se posaron en el edificio Paladium Plaza. Sí, cómo no: allí había una gasolinera, recordé. Y la maquinita de la memoria se fue pa' tras, dale que dale, instalándome en una adolescencia ya lejana que fue testigo de aquel establecimiento.
    Hace poco estuve conversando con cierta amiga en uno de los cafés que están al pie del edificio la Lonja. Entre plática y plática le dije que en años viejos, sobre los altos de ese edificio, habían estado las oficinas de Hacienda; que yo mismito, siendo plebe, fui allí a tramitar mi registro federal de causantes.
    Y que allá, en los pollos de Paliza y Ángel Flores, estaba un banco. Mi amiga se me quedaba viendo, como diciéndome, la muy méndiga: ya estás viejo, mijito, ya estás viejo.
    Qué esperancitas que en mi niñez uno se imaginara poblados aquellos cerros que circundaban a la antena del canal 3 de televisión. Si hasta de cacería me iba yo con la plebada a esos lares. Y recuerdo que desde los altos de donde está ahora el Hospital del ISSSTE, puros chiribitales veía hacia el Oriente de la carretera internacional, excepto el cuartel militar, Oriente de Culiacán que ahora está repleto de colonias populares.
    Ahora que ya está media urbanizada la Isla Musala pero que algunos la nombran Isla de Manhatan; y que ya existe cerca de allí, camino a Imala, el fraccionamiento Los Ángeles; y cuando recuerdo que ya tengo al Puerto de Liverpool a mis pies, pues qué espejito mágico ni qué diablos; lo que me urge ahora es mejorar mi inglés y que un cirujano y un especialista en pieles me conviertan en gringo.
    Pero el caso es que frente a mis narices y a mis años la ciudad ha cambiado, el paisaje urbano de Culiacán, en mucho, ya no es el mismo que vi y viví cuando apenas se me empezaba a revelar la vida, cuando todavía era yo como adolescente, ese adolescente contemplativo de sí mismo del que nos hablaba Octavio Paz: suspendido un instante ante la infinita riqueza del mundo. Un adolescente sorprendido de ser.
    Quizá lo extraordinario de toda esta revelación de la que he venido hablando, fuera de los perros años que no me dejan de acosar, sea el hecho de no vivir desvinculado del pasado, de no estar al margen de la historia de nuestra ciudad. Y me gusta. Lo prefiero así, a vivir ese presentismo ominoso de tanto estúpido analfabeta; lo prefiero así, a vivir ese individualismo rapaz de tanto imbécil que cree que la vida se cierra de sus pies a su cabeza.
    Ya veré luego cómo sigo resolviendo lo de los años. Quizá me compre un espejito más cumplidor; o a lo mejor en definitiva me quito los lentes cada vez que vaya al espejo. Pero de que los años salen, salen porque salen. Y alégueles. Y punto.

    Comentarios: jbernal@uas.uasnet.mx.