“Cómprame algo, cómprame algo”, le decía a mi madre en el súper; ella molesta y bajito me decía que no tenía dinero. Asocio el recuerdo con los ataques de pánico: ambas carencias; al menos en aquel tiempo tenía a mi madre conmigo. Fui al médico y le dije que me de algo más fuerte, algo que me anestesie cuando me vienen las crisis.
Apenas se asoma el verano me empiezo a acalambrar de miedo pensando que cualquier rato me llega uno en la calle y me dejará paralizada ante el desprecio de los desconocidos; tan acarrerados siempre que ni manera de que me den una manita. Nomás de imaginarme el cuadro me entra el ansia y llega de nuevo su voz bajita diciéndome que no tiene dinero; sí, la voz lejana de mi madre.
Justo me acaba de pasar. Estaba del otro lado del torniquete, con el boleto en la mano, el cuerpo doblado, la cara amarilla —una vez me la vi con un espejito en el camión y juro que estaba amarilla-verdosa de puro susto— y el descorazonado policía no movió ni un dedo. Me dejó ahí con el susto y me dijo que hiciera fila, que esperara mi turno. Empecé a transformarme, mi boca abyecta arrojó como disparo los tacos de guisado que me acababa de comer.
Empecé a sudar y los de la cola me dejaron pasar; más bien creo que abrieron cancha para evitar la salpicadera. Todavía doblada, y a como pude, atravesé el torniquete, pese al poli. Lo logré. Estaba del otro lado, más cerca del vagón y con la panza vacía. Me tallé la boca con la manga y me fui enderezando.
El policía, el azul malparido, me seguía con la mirada esperando perderme de vista, seguro quería que me tragaran las vías, lo único que consiguió fue ver mi brazo levantado con la mano empuñada y el dedo medio levantado haciéndole saber lo malhora que había sido.
“Pásate por abajo”, también me decía mi madre cuando llegábamos al metro. Se quedó tan ardida y sin dinero la vez que mi padre se largó, que yo pensé que cuando eso pasara estaría bien contenta pues cada que él regresaba se recordaban a las respectivas madres; así fui conociendo las cualidades de las abuelas: siempre la una peor que la otra y así un buen rato hasta que el viejo se ladeaba y caía dormido.
Luego conocí a las abuelas y no eran lo que ellos decían; con el tiempo supe que bien vale conocer a la familia por uno mismo y no aliarse por anticipado. “No es fácil aguantar a un briago jodido”; en palabras de mi madre, eso es lo que él era. Pero un día se largó de a buenas y ella se quedó, no precisamente sentada en el sillón azul, aparte de mí —que ya no hallaba qué hacer conmigo— estaba mi hermano que bien salió una fichita. Pero yo qué culpa ¡ni madres! Me le ponía al tú por tú y me decía que le bajara de calor, que ni le saliera con que sufría por mi padre, porque ella no tenía tiempo de limpiar lagrimitas, menos de llevarme con un loquero como hacían con tanto abandonado que andaba por allí jodiendo todo el día.
Justo al tiempo, justo ahora, en plena crisis, como una revelación... la entendí. Entendí su mundo, pero ella no entendió nunca que yo extrañara a mi padre. Nunca le dije de los ataques y convulsiones que me daban desde entonces, y sin que supiera busqué cómo curarme, pero la carencia me impidió seguir un tratamiento. ‹‹No tengo dinero››, sigue resonando la voz de mi madre cada que atravieso el torniquete del metro. Pero hoy, justo hoy, me tocó una crisis y las puñeteras miradas de menosprecio. Para ellos, yo sólo era una rota descompuesta.
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