Mientras ocurre la desbordante y frenética marcha feminista, en marzo del 2020, una pluma laboriosa escribe la historia de cinco mujeres.

Mientras en la calle estallan consignas sobre el derecho que cada una tiene sobre su propio cuerpo, la escritora narra una historia de fraternidad entre Laura y Alina.

Mientras madres de todo el país exigen el regreso de las hijas desaparecidas, Alina lucha por entender que Inés se aferre a la vida contra todo pronóstico médico.

En contexto tan poderoso nace La hija única, de Guadalupe Nettel; una novela aparentemente sencilla, llena de conocimiento sobre la maternidad y sabiduría sobre el sentir de las mujeres.

Alina es una joven profesionista a quien la vida ha sorprendido con un embarazo al que los médicos no le auguran feliz término.

La nonato se ha desarrollado casi sin cerebro, una microlisencefalia que echa abajo todo buen pronóstico. Los padres, Alina y Aurelio, se preparan para un funeral, habiendo desecho toda la decoración de la habitación infantil, pero surge el milagro. Nace Inés y en torno a ella gira una encarnada historia. En sus vidas aparece Marlene, una nana peculiar de quien Alina llega a sentir celos de todo tipo. Por otro lado una madre y un hijo, Doris y Nicolás, muestran lo difícil que suele ser vivir bajo un mismo techo violentado.

Si bien la historia es real y conmovedora, con personajes sensibles y letrados, la trama es, para mi gusto, de lo más hermoso. Todo transcurre en paralelo al anidamiento de unas palomas que llegan al balcón de Laura. Mientras el embarazo de Alina, su amiga, le provoca cuestionamientos sobre su propio rol de hija y, a su vez, le refuerza el deseo de no convertirse en madre, en su ventana una silente paloma prepara el nido para depositar en él un huevecillo del que saldrá un enclenque y desplumado pajarraco.

Sincronizar la vida de los personajes que transcurre afuera llena de dificultades, con la serenidad que ocurre en el anidamiento de un ave me pareció un recurso sublime. Te lleva del caos a la calma, de las voces al silencio, del tumulto a la soledad. Esos saltos, aunados a las referencias budistas que Nettel destaca en toda la obra, es algo que ella logra muy bien. Así me pareció también en su libro de cuentos El matrimonio de los peces rojos.

En tiempos actuales, donde las puertas de los departamentos tienen doble chapa y cámaras de seguridad, todos desearíamos tener una vecina como Laura. Saber que ella aparecerá cuando Doris, derrumbada por la viudez, padece los insultos y agresiones de su hijo de apenas ocho años es una acto de sororidad al que ahora, parece, todas estamos más sensibles.

Además de rescatar a Doris —ex guitarrista de una banda de rock—, acompaña a Nicolás, el hijo, quien bien ha aprendido la violencia que el padre ejercía sobre ellos; Laura lo lleva a pasear, le ayuda con las tareas y le prepara sandwiches para la escuela.

Padres primerizos con una hija excepcional, médicos a quienes sorprende la voluntad, terapeutas con métodos poco convencionales, una madre entrometida que reprocha la soltería de su hija, un hijo que repite los patrones violentos de su padre, un colectivo feminista donde se escuchan nuevas narrativas sobre maternidad, aborto y libertad, pasajes budistas que muestran formas menos ortodoxas de percibir la vida, personajes viajeras y estudiosas, barrios gentrificados que contrastan con la pobreza, lazos indestructiblemente fraternos, madres sustitutas, crianza colectiva... pero sobre todo la belleza que dibuja el anidamiento de un ave con el amor y la esperanza de lograr una nueva vida; la de Inés.

La hija única muestra nuevos enfoques y estructuras de familia. Una escritura del universo Nettel, de esas lecturas que se vuelven indispensables.

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