“Ninguno se conoce bien si no ha sufrido”, el problema es atorarnos en el sufrimiento y qué tanto mejoramos con él.
Sin rollos
Si comprendiésemos de verdad la diferencia entre el dolor y el sufrimiento se notaría: le encontraríamos sentido al dolor por lo tanto dolería menos, seríamos más relajados, menos encerrados en nosotros mismos, menos complicados, menos amargados, más agradecidos, más humildes y serviciales, viviríamos más el presente y sobre todo tendríamos más paz en las dificultades.
No se trata de aprender a no sufrir, sino de aprender del sufrimiento. Ese gran maestro despreciado que nos señala cargar la cruz pero la arrojamos, haciendo así más pesado el caminar, porque quien desprecia la cruz carga más cruces en la espalda.
El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional dependiendo que tan necios seamos. Sucede una paradoja con el sufrimiento, por un lado lo evitamos y por otro vivimos inmersos en él sin darnos cuenta. Basta examinarse de qué lado oscila más la balanza entre él y la felicidad en el día a día...
El sufrimiento atrapa
Al estar culpándonos, al estar resentidos, al odiar, maldecir, querer vengarnos, con los remordimientos, sentirnos menos o creernos más, depender de la opinión de otros, hablar mal de ellos, no sentirnos valorados, despreciados, la indiferencia, sentirnos la víctima y ser victimario, la lista es larga.
Nos libera
Y quita un enorme peso de la espalda al abrazar lo que odiamos de nosotros y tememos descubrir, al perdonarnos continuamente, al perdonar de corazón a otros y al sentirnos perdonados, al ser misericordiosos, ver lo positivo, amarlos tal como son no como quisiéramos, respetarlos así, servirles, ayudarles sin esperar a cambio, cumplir bien con el deber, al vencernos en cosas pequeñas.
Aprovechemos
Estos días excepcionales de semana santa para examinarnos a la luz de las grandes verdades que caminan al lado: la muerte, la enfermedad, el dolor, entre ellas:
¿Qué tanto estamos preparados para la eternidad? ¿A qué o a quienes vivimos aferrados con el corazón atado? ¿Qué debemos soltar para vivir ligeros y libres? ¿Qué o quién es nuestro verdadero Dios?
Quien aprende a convivir con las espinas inevitables descubre su grandeza interior. Abundan los héroes en los hospitales. Nelson Mandela supo que si no perdonaba de corazón a quienes lo humillaron y forzaron por 27 años en la prisión, seguiría preso estando libre.
No le temas al silencio, busca esa soledad que es buena consejera porque nos revela los pendientes existenciales y permite examinarnos ante el creador.
Un ladrón de vida
Al sufrir largamente no todos obtienen el diploma de la paz mental, es también una espada afilada que hiere y puede pervertir el corazón. A veces resulta insoportable, comprendamos y no juzguemos.
Al padecerlo puede anestesiar el gozo de vivir y de sentirse bien aunque haya dificultades. Quizás el peor sufrimiento es el auto infligido, ese que sigue una arraigada costumbre de estarse fastidiando, como si obedeciese a un mandato imperioso íntimo de hacerse daño. Un círculo vicioso de desamor cuando estamos hechos para amarnos y amar al prójimo.
La neurociencia descubrió que el sufrimiento es una adicción, y como tal busca alimentarse a sí mismo, recopilando las malas noticias, la nota roja y la política por ejemplo, rumiando pensamientos negativos en la mente. Es dibujada en las historietas como una nube con rayos encima de la cabeza.
Su lógica perversa
Saber sufrir implica reducir el sufrimiento. El sufrimiento persistente puede desbalancear emocionalmente, así las adicciones ofrecen un oasis, una puerta de escape.
Pero aún las adicciones más placenteras tienen su dosis de dolor. Duele traicionar, duele engañar, hacer el mal, abusar de la comida y bebida, herir a los queridos, usar sustancias que causan dolor produciendo así un múltiple sufrimiento por las consecuencias.
Las adicciones fuertes producen cierta locura temporal y enajenan. La persona se vuelve extraña para sí misma como para los demás. Es un infierno. La perturbación inclina al mal, la paz mental al equilibrio.
Con las sustancias adictivas
Observamos 4 cosas: 1. Producen un autoengaño que se justifica, reduciendo la escucha y la ayuda, 2. Al dañarse a sí mismo y a los que más quiere le da motivos para odiarse. 3. Reduce la personalidad y debilita la voluntad, porque aparentemente, solo, no puede salir del hoyo por más que lo intente, aunque suceden milagros y 4. Merma la autoestima por el impulso de hacerse daño.
Los vicios tienen su razón de ser como mecanismos de defensa, de autoafirmación, de sentirse bien, pasar del aburrimiento a la euforia, no sentir el vacío, el rechazo, pero cobran muy caro sus parciales beneficios temporales.
La paciencia es más fuertes que la audacia porque enseña a vivir con algo que no depende de ellos. Los familiares que cuidan a los drogadictos y alcohólicos suelen ser heroicos con su paciencia. Un aplauso bien merecido a todos ellos.
La bendita fragilidad
Decía Bossuet el místico francés del s. XVII “la más peligrosa de todas las debilidades es el temor de parecer débil” que contrasta con ese afán de ser exitoso y aparentarlo para ganar la estima ajena. Añadía “La vida es una escuela donde el maestro es el dolor, ninguno se conoce bien si no ha sufrido”.
Algunos amigos que leen esto optaron por la escuela de la felicidad en la ética y con la caridad, la vida les ha multiplicado sus esfuerzos ahorrándose sufrimientos innecesarios.