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Columna

Las Alas de Titika: Elogio de la imperfección

LAS ALAS DE TITIKA
16/04/2021

Lo nuevo necesita amigos y lo sucedido merece no ser olvidado. En un rincón de Europa, hace 112 abriles, nació una mujer que mantuvo firme sus convicciones hasta los 103 años que duró su vida. Su trabajo constante en las zonas del cerebro la hicieron ganadora del Premio Nobel de Medicina en 1986. En este colorido mes va un recuerdo para Rita Levi-Montalcini.

Entre su larga existencia y su prolífica producción científica Rita Levi también escribió libros que mostraban otro tipo de intereses; luchó por una educación más equitativa y por el derecho y emancipación de las mujeres. Una de las obras que da cuenta de su vida, donde nos permite conocer quién fue esta longeva italiana es el Elogio de la imperfección; una publicación de sus memorias donde ella misma narra la tarea diaria que emprendió en busca del conocimiento y la justicia.

Una niñez acompañada con hermanos y una adultez compartida con colegas y amigos. Aunque en la vida de Rita estuvo presente la coquetería de algo que describe como un posible compañero, ella no dudó en optar por una vida sin hijos y sin marido. Si bien fue una hija respetuosa y amorosa, la imagen de su padre le dejó claro que no quería repetir un matrimonio como el que llevó su madre. Así fue que decidió estudiar medicina y hacer sus primeros experimentos con vísceras de pollo.

El trabajo que desarrolló Rita Levi tiene que ver con la fisiología del cerebro; las funciones que éste desarrolla y los procesos biológicos que se llevan a cabo en nuestro sistema cerebral; facultades intelectuales y emotivas de las que no somos del todo responsables. Conocimiento que la llevaba a cuestionarse si deberíamos de alegrarnos de pertenecer a una especie tan expuesta a las trágicas consecuencias del predominio de las facultades emotivas sobre las cognitivas.

En el Elogio de la imperfección existen pasajes fascinantes que uno se va dejando acompañar por una lectura que en todo momento da muestra de lucidez. Momentos de vida tan dolorosos como haber sido testigo de un régimen autoritario y fulminante, como el vivido en la segunda guerra mundial y vivir la muerte de los seres que tanto amó. Otros también de nobilísima ternura cuando memora la empática cercanía que sostuvo con su hermana Paola, quien en los momentos de distancia la mantuvo unida al vínculo familiar con cartas que rescataron el olvido de todo aquello que había sido la vida en el país que la vio nacer, cuando por cuestiones académicas tuvo que emigrar a otro continente.

El razonamiento inundó la existencia de Levi-Montalcini: “Los hijos del hombre difieren de los de otros mamíferos en la lentitud de su desarrollo somático e intelectual, por lo que depende de los progenitores o de quien hace las veces de ellos durante el largo periodo que va del nacimiento a la pubertad. La lentitud de la maduración de las facultades cerebrales favorece el desarrollo de ese estupendo y complejo artefacto que es el cerebro del Homo sapiens, pero la prolongada dependencia del adulto deja una huella indeleble en las estructuras nerviosas del individuo que pasa de ser menor de edad a formar parte de la sociedad humana. El llamado periodo crítico, que en el polluelo y en los mamíferos abarca los primeros días o semanas de vida, se prolonga en el hombre no solamente hasta la pubertad, sino toda la vida; desde que nace hasta que muere”.

Conocedora de la condición humana como lo fue en su formación de neurocirujana, tenía la siguiente máxima: “el cuerpo hace lo que quiere. Yo no soy mi cuerpo soy mi mente”. Así fue como desde pequeña fue aclarando su gusto por la educación y el conocimiento. Su hacer fue tan revolucionario en su época que no tuvo conflicto en decidir dedicar su vida a sus estudios y su profesión, labores que le dieron grandes satisfacciones personales y uno de los mayores reconocimientos públicos.

majuliahl@gmail.com