sabores y dolores

LAS ALAS DE TITIKA
25/09/2026 19:26

Para algunos budistas vivir un día es vivir una vida; naces cada mañana y mueres al anochecer. Cuando escuchas eso por primera vez, te quedas en silencio y sueles dar razón: darías la vida por revivir aquel minuto, o igual tomar conciencia y saberte satisfecho y listo para partir en cualquier momento. En planos menos zen, pasan los días y sentimos que nada sucede y que el mundo sigue igual, que no cambiamos, que no hemos aprendido nada, que la vida no vale y que hay gente que ni volviendo a nacer. Como mexicanos asentimos que nacemos y morimos un poco cada día. Sabemos de alegrías, frustraciones, colores, sabores, amores y una que otra tristeza. Procuramos que la balanza no vaya hacia las convenciones huecas, o a las frases de moda: “felicidades por otra hermosa vuelta al Sol”, “vuela alto...”; pero recaemos y además repartimos “bendiciones” a diestra y siniestra. Así somos, tan momentáneamente astronómicos como educados y le deseamos provecho a los otros comensales en el puesto de tacos cuando nos retiramos. La verdad esas reglas de etiqueta ni las monarquías la tienen.

Aquí nos las arreglamos muy bien, y no es que se trate de aguantar: de aguantar el dolor, el castigo, el picante o el tequila o lo que pretendan que aguatemos. Cada uno sabe su lugar y tiene la certeza de sentirse bien porque ha hecho lo mejor posible. ¿Hay duda?, cada uno con su cruz. En lo personal, sí quisiera llegar a ese epítome y repetir lo que dijo aquel señor cuando salió de su casa, una tarde del 2020. Salió rascándose la panza, se sentó en el portal y viendo al horizonte, dijo: “que bien me siento, realmente me siento bien. No le debo nada a nadie, nadie me puede venir a reclamar que le hice un daño, nadie me puede sacar del lugar en el que vivo y duermo, porque me lo he ganado. Nos lo hemos ganado. Nadie me puede decir que le robé, o le negué ayuda cuando lo necesitó. Le procuré honradamente un bienestar a mis hijos, y cada uno eligió, libremente, su propio camino. Duermo tranquilo y vivo en paz. Creo que esto es lo más parecido a la felicidad. Me puedo ir en el momento que sea. Es más, este año me gusta para morirme”. Así fue. Ese año murió mi padre, el último día del mes de septiembre se lo llevó la pandemia. Se fue en el mes patrio, en el mes tricolor. Se fue en el mes que nació mi madre. En el mes del aniversario de Culiacán, del Noroeste, en el mes de los temblores, de los 43 estudiantes de Ayotzinapa... En el mes de las Torres Gemelas, de Fredy Mercury, de Amy Winehouse, de David Foster Wallace...

Así somos. En el mes de septiembre nos empieza a cambiar el ánimo con el anuncio de las ferias de libro, del pan, del chocolate, las enchiladas, el mole y el café. Con la preparación de los altares de muerto, las tradiciones se huelen y se tocan. Se espera la venida de los paisanos y los planes de los grandes encuentros familiares que, no importa que hayan sido un desastre el año pasado, éste será mejor. Siempre queda la esperanza. La algarabía y el tumulto en los restaurantes no dan tregua. La sobremesa sorprende con conversaciones sesudas sobre el origen de los chiles en nogada; que si van capeados, que si el jerez es el toque, que se comen solos, que mejor con arroz, con bolillo, con vino rosado... En este mes se descarta la discusión de si las quesadillas van solas o llevan queso. El desayuno alcanza a la comida y que no falte la selfi.

Este septiembre no podía más que leer el último de Fabrizio Mejía Madrid, Memorias de neoliberalismo, que entre tantas referencias y consultas aquí estoy desentrañando entre personajes reales y ficticios: ¿el poeta apodado el Buñuelo, con su ONG llamada El Ángel Exterminador, hace referencia al cine de Buñuel, a Octavio Paz o nada que ver?

Septiembre pletórico. México lindo y querido, si muero lejos de ti...

Para algunos budistas vivir un día es vivir una vida; naces cada mañana y mueres al anochecer. Cuando escuchas eso por primera vez, te quedas en silencio y sueles dar razón: darías la vida por revivir aquel minuto, o igual tomar conciencia y saberte satisfecho y listo para partir en cualquier momento.