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Columna

‘Música nueva para nuevos tiempos’

El trabajo del director de orquesta no se limita a crear acuerdos entre sus músicos, sino también con su público y con su entorno. La palabra “sinfonía”, con la cual todos los músicos estamos familiarizados, tiene un significado práctico en el uso cotidiano del griego de nuestros días. El prefijo “syn” alude “a lo que se hace en conjunto”, “a la vez”, mientras que “foné” refiere “a la capacidad del habla, a la voz humana y al sonido”. Actualmente, en Grecia no es extraño escuchar en una conversación común:

—¿Simfonís? [¿Estás de acuerdo?]

“Symphonia” apunta a la cualidad del consenso sonoro, habitar simultáneamente “la misma voz”. La música sinfónica implica el acuerdo general de los intérpretes. Asimismo, es asombroso notar que dicho pacto alcanza, envuelve, involucra a la audiencia. En este nivel de comunicación no caben ideas ni se defienden opiniones, tampoco hay lugar para puntos de vista divergentes. Es, como la misma palabra lo dice, un “estar de acuerdo” bajo el abrigo de un pacto artístico.

Desde septiembre de 2017, la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (OSSLA), en la cual tengo la oportunidad de colaborar como director titular desde entonces, ha interpretado 89 conciertos sinfónicos y 94 conciertos de música de cámara. Claudio Abbado recordaba que un intérprete habituado a la música de cámara es un músico que sabe escuchar, y que las orquestas ideales se conforman por este tipo de artistas. Me atrevería a afirmar que la OSSLA es una de las orquestas sinfónicas que interpreta con más frecuencia música de cámara, género que involucra solos, dúos, tríos, cuartetos y otras plantillas más o menos pequeñas, que en su origen habrían de presentarse en una “camera” o en un espacio con dimensiones de una habitación. Tan sólo en el último año, en el contexto de la pandemia, los integrantes de la OSSLA han interpretado un concierto de cámara por semana en el ciclo “Virtuosos y Virtuales”, lo que suma cincuenta conciertos. La práctica de este tipo de repertorio tiene su antecedente en el ciclo de los “Café Concierto”, que se remonta al origen de la agrupación misma, y que se ha efectuado desde entonces el primer trimestre de cada año. Antes de migrar a un formato “a distancia”, se realizaron en los últimos cuatro años, 44 conciertos de cámara presenciales en 16 sedes de Culiacán: el Teatro Pablo de Villavicencio, el Ágora del ISIC, el MASIN, el Auditorio de la UAdeO, la Torre Académica y Casa de Cultura de la UAS, el Auditorio y la explanada del Jardín Botánico, la Biblioteca Gilberto Owen, el teatro MIA, las Parroquias de Nuestra Señora de Guadalupe (La Lomita) y otras tres más.

El próximo jueves 21 de octubre, la OSSLA dará inicio a la celebración de sus primeros veinte años con un programa titulado “Música nueva para nuevos tiempos”, y que coincide con la celebración de mis dos décadas como director de orquesta, recorrido que me brindado la posibilidad de ser un vínculo de acuerdos entre compositores, intérpretes y público. Con esta nueva presentación, la orquesta alcanzará su concierto sinfónico número noventa en esta gestión, para lo que hemos preparado un programa que incluye dos estrenos mundiales: el Concierto para viola de Andrea Chamizo (México, 1988) y “Coltzin”, obra de Juanra Urrusti (México, 1985). El programa abrirá con el “Concierto para Coloratura Soprano” de Glière, en la voz de Penélope Luna. Asimismo haremos un homenaje a los inicios de la OSSLA al cerrar con el “Jarabe”, de Eduardo Gamboa, la primera obra interpretada por la orquesta en su presentación oficial del 25 de octubre de 2001, en aquellos días en que Juan S. Millán, Ronaldo González, Gerardo Ascencio, Gordon Campbell fundaron la agrupación con una plantilla inicial de entonces una treintena de músicos.

Si bien, el ahora dicho popular “veinte años no es nada” tiene un significado concreto en el género del tango, los primeros “veinte años” de la OSSLA significan, más bien, “el comienzo” de un porvenir lleno de expectativas.

Si bien, el ahora dicho popular “veinte años no es nada” tiene un significado concreto en el género del tango, los primeros “veinte años” de la OSSLA significan, más bien, “el comienzo” de un porvenir lleno de expectativas.
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